Capítulo 13
En la actualidad
Lleva varios días sin salir de casa. Se alimenta de los restos que quedan en la nevera y de pedidos en alguna empresa de comida a domicilio. Se asoma a la ventana de vez en cuando, buscando algún coche negro con matrícula francesa, pero no ha vuelto a verlo.
Al regresar al hotel, después de su encuentro con el empleado del museo en Nueva York, Carmen tuvo la certeza de que alguien la había estado siguiendo durante los últimos meses.
Sin embargo, cuando informó de su inquietud a Ernesto y a Alicia, ellos le quitaron importancia, diciendo que sería tan solo una casualidad.
¿Quién iba a perseguirla por un papel escrito hace doscientos años y una leyenda?
Ernesto se arrepintió de haber llevado tan lejos aquel juego que ahora parecía estar afectando a la salud de su compañera.
Le aconsejaron que dejara de pensar en ello y que se tomara unas vacaciones.
Pero unas de verdad: lejos del pueblo, del pasado y de cualquier historia que oliese a misterio.
Lo que ocurre es que Carmen no tiene ganas de viajar. Lo único que desea es comer helado —preferiblemente de chocolate—, tumbarse en el sofá y ver series.
Por las noches, el sueño no solo le es esquivo, sino que una y otra vez se le aparece en la mente la carta que encontró en casa de su abuela.
En una de esas vigilias, mientras la luz anaranjada de una farola se cuela entre las rendijas de una persiana a medio bajar, vuelve a escuchar, nítidas, las palabras del trabajador del museo.
Algo en ellas la sacude. Se incorpora, sintiendo cómo el letargo se deshace, y una idea le viene a la mente.
—Eso es —murmura para sí misma—, la talla del santo.
Nada más amanecer, toma el bolso y, con profundas ojeras, sube al coche para conducir hasta Fuentidueña. El tiempo ha mejorado respecto a la primera vez que pisó la localidad. El cielo está teñido de añil y los rayos de un sol de verano le acarician la piel al bajar del vehículo.
Se encuentra en el centro del pueblo, cerca de la plaza. Mira a ambos lados de la calle, todavía con ese temor de encontrar de nuevo el coche negro, pero lo único que ve son dos perros tumbados a la sombra de un porche. Sin dudarlo, saca el teléfono y llama a Hugo.
Él responde tras varios segundos y, de fondo, se oyen los mugidos de una o varias vacas. Aunque está ocupado, le dice que podrá regresar pronto y la invita a tomar un café en su casa. Cuelga después de darle la dirección y ella se dirige hacia allí, siguiendo sus indicaciones.
Media hora después, el todoterreno de Hugo aparca junto a la puerta de la casa, a pocos metros de donde ella lo espera, sentada sobre un murete de piedra. Hugo baja del coche, se saludan con una sonrisa y luego él regresa al maletero para recoger unas botas de goma y una mochila.
—Pasa —le indica Hugo, señalando más allá del recibidor, al mismo tiempo que él accede al garaje para dejar las botas—. Ponte cómoda, voy a cambiarme.
Cuando Hugo se dirige al piso de arriba, Carmen entra al interior del salón y, para su sorpresa, un ventanal preside la estancia, abierto a un amplio jardín trasero.
También hay una chimenea, una mesa de madera con cuatro sillas y varios muebles que combinan con las vigas que recorren el techo.
La luz entra a raudales por los cristales, llenando de calidez cada rincón.
Aparece Nero, que se acerca con paso tranquilo y, antes de tumbarse junto al sofá, se deja acariciar por Carmen.
Al bajar, Hugo la encuentra de pie, frente a una de las estanterías.
—¿Los has tallado tú? —pregunta ella, girándose al oírlo llegar.
Él se ha puesto unos vaqueros limpios y una camiseta verde que hace juego con sus ojos.
Aunque se ha echado perfume, su cuerpo todavía desprende ese sutil olor a campo.
Hugo posa la mirada sobre la figura de madera tallada que representa a un animal mitológico y que Carmen señala.
Hay varias más en la estantería: aves, rostros alargados, espirales.
—Sí…, algunos sí. Otros los encontré en el desván de mi abuelo y los fui restaurando —contesta Hugo tocándose la rasta—. Me relaja trabajar la madera.
Carmen acaricia con fascinación una de las tallas. Hugo la observa unos segundos en silencio y luego se dirige a la cocina a por dos cafés al mismo tiempo que lanza una frase al aire:
—Pareces cansada.
—Es que no duermo bien —responde Carmen sin rodeos cuando él le entrega una taza y se sientan.
Hugo frunce el ceño, pero no dice nada, y Carmen duda antes de continuar:
—Y hay algo que quiero contarte —añade dejando la taza sobre la mesa—. ¿Recuerdas la carta que me pasaste sobre Rambouillet?
—Claro. ¿Qué pasa con eso?
—Pues que, gracias a ese documento y a la carta que encontré en casa de mi abuela, hemos descifrado un código secreto.
Hugo parpadea sorprendido.
—¿Cómo en las películas?
—Ya sé que suena a fantasía, pero hace doscientos años alguien robó y escondió unas joyas de la reina María Antonieta.
—¿La de la guillotina?
—Sí, aunque eso fue después. El caso es que nunca aparecieron. Y en las cartas encontradas parece que dejaron pistas sobre su ubicación. Un código numérico, minúsculo, casi invisible, escrito en un borde de la hoja.
—¿Y qué decía ese código?
—Una sola palabra «Fuentidueña».
Incrédulo, Hugo silba antes de decir:
—Así que, al final, sí que era el san Martín de aquí. Pero todo eso se lo llevaron a Nueva York.
—Puede que no todo. ¿Te suena que hubiera una talla de madera del santo?
—Ni idea. Quizá esté en la iglesia actual del pueblo —plantea Hugo, dando un sorbo a su taza de café.
Carmen no tiene tiempo para responder. Nero se levanta y lanza un ladrido. Ambos vuelven la vista, al mismo tiempo, hacia la puerta.