Capítulo 12
La chimenea que presidía el comedor no tenía nada que envidiar a la del salón.
Construida en piedra tallada, se alzaba al fondo de la estancia, proyectando sombras danzantes sobre las paredes enteladas.
Tres gruesos troncos ardían despacio, crepitando con fuerza, y esparcían un calor que aliviaba el frío de aquel día húmedo y gris de invierno.
El humo ascendía en espirales invisibles, por un conducto empotrado en la pared, hasta desaparecer por los tubos de piedra que coronaban el tejado.
Un ligero aroma a leña quemada impregnaba el ambiente, mezclándose con el delicado perfume de los platos que los criados iban colocando sobre la larga mesa de roble.
Las velas de varios candelabros iluminaban el comedor con una luz suave, reflejándose en la porcelana blanca y los cubiertos de plata. A cada lado de la mesa, los invitados tomaban asiento entre gestos de cortesía y frases de estudiada elegancia.
Andrés, aún algo cohibido, se ubicó donde le indicaron, esforzándose por parecer natural entre tanta etiqueta.
Sus manos, curtidas por el trabajo en el campo, contrastaban con la blancura de los manteles y el refinamiento de la vajilla.
Observaba todo con una mezcla de asombro y contención, sabiendo que aquella noche sería difícil de olvidar.
—Yo también me dedico al comercio con España —comentó monsieur Delorme—. Pero se trata de productos mucho más fáciles de traer que las merinas. ¡Solo a mi estimado amigo Gilbert se le ocurriría semejante locura!
Todos rieron ante la ocurrencia mientras los criados depositaban suculentos pasteles sobre la mesa, sirviendo té y café al gusto de los comensales.
—Naranjas —declaró Inés, lanzando una mirada discreta al mayoral.
—Exacto, este es nuestro nuevo producto de importación —añadió monsieur Delorme, señalando una fuente de plata que contenía una docena de ellas—.Y les puedo asegurar que el negocio será redondo.
Se escucharon varias risas, aprobaciones al respecto, y todos quisieron degustar aquella fruta que raramente crecía por la zona. Tras saborearla, la encontraron algo agria, pero a la vez exquisita.
Inés Delorme se encontraba sentada en uno de los extremos de la mesa, justo frente a su marido.
A su derecha estaba madame Bernorville, con el señor Bourgeois a su izquierda.
Andrés, ocupaba un lugar entre Gilbert y Bourgeois.
Mantenía la vista baja, esforzándose por evitar a la señora de la casa, cuyos ojos sentía posarse sobre él con demasiada frecuencia.
Durante la comida, el mayoral apenas pronunció una o dos palabras, más ocupado en seguir la conversación que fluía en francés y en observar los gestos y maneras de los comensales, temeroso de cometer algún desliz.
Uno de los temas principales de conversación de aquella tertulia, dada la procedencia de los invitados, fue el de la producción de lana merina.
—Sin duda, la mejor del mundo —afirmó madame Bernorville mientras cortaba en su plato una porción de tarta de manzana.
—Tengo entendido que con ella se confeccionan los trajes de invierno de la reina —comentó Inés.
—Así es. No hay otra lana que se use en la corte de Versalles.
—Más bien «que se derroche» —apuntó monsieur Delorme, provocando de nuevo las sonrisas entre sus invitados.
—Hablando de María Antonieta… —dijo el abad Tessier—. Parece ser que están construyendo una lechería para ella en el palacio de Rambouillet.
—¿Aquí? —se interesó Gilbert.
—Sí, ya sabéis que la reina adora el campo y los animales. Quieren que se parezca al Trianón de Versalles, donde pueda degustar lácteos de primerísima calidad.
—He escuchado hablar de ello —intervino Inés—. Al parecer, monsieur Hubert Robert es el encargado de la decoración.
—¿El famoso pintor? —preguntó el abad.
—El mismo.
—Además, el mobiliario será de caoba, traerán los mejores juegos de porcelana de Sèvres y han encargado unos lienzos y unas esculturas maravillosas.
—Otro ejemplo de cómo las mujeres solo sirven para malgastar nuestro dinero y llevarnos a la ruina —gruñó monsieur Delorme, provocando alguna sonrisa forzada entre los invitados.
—Conociendo a María Antonieta, estoy segura de que la decoración será de una gran exquisitez y elegancia —declaró Inés, ignorando las palabras de su marido.
—Preparaos, señor Gil, que lo mismo veis un día a la mismísima reina paseando cerca de vuestros establos —comentó divertida madame Bernorville.
—No me la imagino manchando sus zapatos de terciopelo con cagarrutas de oveja —añadió Gilbert, lo que arrancó las carcajadas del grupo.
La tertulia continuó mientras la comida desaparecía de los platos de porcelana y sobre la mesa solo quedaban algunas migas de pan como único recuerdo del banquete.
Inés fue la primera en levantarse. Un mayordomo se acercó discretamente y le susurró algo al oído. Ella se excusó, alegando que debía atender un asunto urgente, y abandonó la estancia con paso sereno.
Uno a uno, los invitados comenzaron a marcharse.
Los dos profesores de Veterinaria de la Escuela de Alfort fueron los primeros en despedirse, pues les esperaba un largo camino de regreso.
Gilbert se acercó a Andrés y le prometió que pronto pasaría por la granja para buscar una solución a la grave pérdida de merinas.
También se retiró madame Bernorville, no sin antes manifestar su disgusto por no haber podido pasar más tiempo en compañía de Inés.
Cuando se quedaron solos, monsieur Delorme invitó a Bourgeois y al mayoral a sentarse de nuevo en las butacas del salón, frente al calor de la chimenea.
—Mi mujer me va a llevar a la ruina —se quejó, sin preocuparse de que Andrés también estuviera escuchando.
—¿Qué ha pasado esta vez? —quiso saber el gerente.
—Como siempre… Se ha gastado lo que no tenemos en un tejido. ¡En un trozo de tela!
El gerente de la granja asintió como si no fuese la primera vez que escuchaba esa historia.
—¿Qué pasó con las joyas que le regaló la reina la última vez que vino a Rambouillet? ¿Las pudisteis vender? —preguntó Bourgeois.
—Todavía estoy en ello —respondió Delorme—. Nadie compra con esta crisis económica. El país está al borde de la bancarrota.
—Lo sé, lo sé…
—Bourgeois, somos viejos amigos y sé que sois fiel a la monarquía, pero esta situación tiene que acabar.
—La guerra en Estados Unidos ha sido un golpe para las arcas de nuestra patria, pero nos recuperaremos, como siempre hemos…
—No —le cortó Delorme, levantando la mano—. No ha sido solo la guerra, sabéis de sobra la enorme cantidad de dinero que se derrocha en la corte de Versalles mientras el pueblo se muere de hambre. Eso es lo que nos lleva a la ruina.
—¿Desde cuándo os habéis vuelto un revolucionario? —preguntó Bourgeois con sarcasmo.
—Podéis reíros si queréis, pero cada vez estoy más de acuerdo con Montesquieu y El espíritu de las leyes. Creo que la clave está en la separación de poderes.
—No puedo creer lo que escuchan mis oídos.
—Vamos, Bourgeois, sois un hombre sensato. Me ahogan las deudas… Si no pagáramos tantos impuestos, sabéis que no tendría apuros económicos y que mi mujer podría comprarse todos los vestidos que quisiera, ya que es para lo único que sirve —declaró con una carcajada.
—Estamos pasando por un mal momento, pero estoy seguro de que nuestro rey nos sacará de esta.
—Os equivocáis, querido amigo. El rey y la reina solo se preocupan de sus bailes en el palacio de Versalles. Somos nosotros los que damos de comer a este país y los que conseguimos que progrese.
—Es tarde —indicó Bourgeois al tiempo que se levantaba, cada vez más incómodo ante el inesperado discurso de su amigo. Las ideas ilustradas estaban calando cada vez más en la población.
Monsieur Delorme los acompañó hasta la puerta mientras los criados ayudaban a los dos hombres a colocarse las capas.
Uno de los sirvientes ya había salido hacia los establos para avisar al cochero y preparar el carruaje.
Estaban a punto de desaparecer tras la puerta cuando apareció Inés.
Bajaba los escalones de dos en dos y llevaba un libro en la mano.
—¡Esperad! Me gustaría daros un presente, señor Gil —le dijo ella, ignorando la mirada de sorpresa de su marido—. En agradecimiento por los servicios prestados a este país. Espero que os guste. —Andrés sintió un calor repentino que no venía solo de la gruesa capa con la que se acababa de cubrir.
Pasaron varios segundos, en los que Inés le ofrecía el libro con el brazo tendido sin obtener respuesta. Finalmente, Bourgeois tomó la palabra por él:
—Muchas gracias, señora, lo aceptará con gusto. ¿Verdad, señor Gil?
El mayoral lo cogió y lo escondió dentro de la capa antes de marcharse hacia el coche, que ya esperaba tras la verja de la entrada.
Los pastores cuidaban aún del rebaño cuando llegó a la granja, así que fue directo a la estancia en la que dormían.
Se quitó la capa, echó varios troncos a la lumbre y, con el libro entre las manos, se sentó en una silla.
Leyó el título sin dificultad: La pícara Justina, de Francisco López de Úbeda.
Al abrirlo, el corazón le dio un vuelco.
En la primera página, un pequeño papel contenía un mensaje firmado por Inés.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe y cuatro hombres entraron enfurecidos, gritando hacia él.