Capítulo 11
En la actualidad
Carmen está parada frente al ábside románico de Fuentidueña. Se encuentra en la sala más amplia del museo, creada expresamente para albergar los tres mil bloques de piedra que se enviaron a Nueva York, dentro de más de ochocientas cajas, para reconstruirlo.
Sobre ella se alza un amplio arco que conduce a una bóveda de cañón, culminando en una media cúpula.
Se conserva en su interior, algo deteriorada, la representación pictórica de tres figuras: san Martín de Tours a la izquierda, el arcángel Gabriel a la derecha y, en el centro, el acto de la anunciación.
El capitel sobre la anunciación muestra una escena de la natividad y, bajo el arco triunfal, hay dos columnas cuyos capiteles representan la adoración de los Reyes Magos y a Daniel en el foso de los leones.
Después de observar las figuras con detenimiento, Carmen se acerca a leer varios carteles informativos sobre el origen y posterior traslado de la iglesia. Según los historiadores, fue allí donde el rey Alfonso VIII de Castilla celebró la fiesta de San Martín, un 11 de noviembre de 1174.
La joven se pregunta qué pensaría ese rey si supiera que, casi mil años después, ese lugar acabaría en un museo al otro lado del mundo, junto a cinco claustros franceses y más de cinco mil piezas de arte medieval.
El museo no tiene mucha afluencia y la sala está tranquila. Apenas un par de visitantes se detienen unos minutos antes de seguir su recorrido por los pasillos. Carmen, absorta, extrae el móvil del bolsillo y toma algunas fotos desde varios ángulos.
Todavía tiene el teléfono en la mano cuando una respiración en la nuca le hace dar un respingo.
—Disculpe —dice en inglés un hombre a quien Carmen identifica como empleado del museo, por la chapa que brilla sobre su camisa—, las fotos están prohibidas.
Ella se excusa con una sonrisa incómoda mientras lanza una mirada de reojo al cartel con el icono de la cámara tachada, que no había visto antes, eclipsada por la magnitud del ábside.
—Si lo desea, encontrará imágenes de primerísima calidad en la web del museo. No entiendo por qué la gente insiste en tomar fotos cuando todo está en internet —resopla malhumorado.
Carmen guarda el móvil en el bolsillo.
—Vivimos esclavizados por las pantallas y la inmediatez de las redes sociales —añade ella.
—Así es. Estoy harto de ver cómo los visitantes pasan más tiempo enganchados a sus teléfonos que contemplando estas maravillas —comenta el hombre, señalando hacia la bóveda.
Permanecen unos segundos contemplando las figuras medievales que los rodean, hasta que el trabajador del museo rompe el silencio:
—Por su acento, diría que es usted española, ¿verdad?
Tras la confirmación de Carmen, él cambia de registro dirigiéndose a ella con un marcado acento mexicano:
—No se ofenda, su inglés es excelente, pero aquí casi todos hablamos también español. No solo en el museo, en toda la ciudad.
Ella recuerda los carteles escritos en español en las marquesinas de los autobuses durante su paseo y decide aprovechar que el hombre parece dispuesto a entablar una conversación para preguntarle sobre la iglesia:
—Aparte de la imagen de san Martín que podemos ver aquí, ¿sabe si trajeron algo más relativo a ese santo?
El empleado del museo lo niega y comienza a explicarse:
—Esta iglesia llevaba siglos en estado de abandono cuando comenzó el proceso de traslado.
De su interior no quedaba nada. Lo más probable es que, en algún momento de su historia, hubiera también una talla de madera policromada del santo en el altar mayor, como era habitual en la época.
De hecho, la mayoría de iglesias románicas tenían esculturas o retablos dedicados a su santo titular, pero todo eso se perdió con el tiempo, los saqueos y el abandono.
»Lo que ve ahí —indica señalando con la barbilla hacia el ábside— fue lo que se pudo recuperar y conservar.
Las pinturas murales estaban deterioradas, pero se restauraron lo suficiente como para distinguir a san Martín a un lado, compartiendo espacio con otras figuras bíblicas.
El ábside, cuando llegó aquí, no era más que un conjunto de bloques de piedra embalados.
El interior estaba ya vacío desde hacía tiempo.
La joven siente cómo el peso de la historia se superpone al de la leyenda que la ha traído hasta ahí.
—Es curioso… —continúa el hombre, acariciándose la barbilla, y lo repite varias veces para sí mismo, como si le intrigara más de lo que quiere admitir.
—¿Que le pregunte sobre la iglesia?
—No es tanto por la iglesia en sí. Sé que hay muchas historias y leyendas sobre las piezas que se exhiben aquí…
—¿A qué se refiere entonces? —se inquieta Carmen.
—En mis treinta años trabajando en este museo, nadie me había preguntado por la relevancia de la imagen de san Martín en este ábside. Y ahora, en apenas unas semanas, usted es la segunda persona que menciona algo similar.
A Carmen se le eriza el vello de la nuca. Mira a ambos lados de la sala, pero sigue tan vacía como antes.
—Al parecer —añade, observando el repentino cambio en su expresión—, buscaban algo antiguo y valioso cuyo paradero podría estar indicado por este santo.
—¿Quiénes eran? —pregunta ella, clavando la mirada en sus ojos.
—Bueno…, no podría decirle mucho —responde él tras hacer memoria—. Era una pareja. Un hombre y una mujer, muy bien vestidos.
Carmen intenta calmarse, quizá sea una coincidencia y tal vez no tenga nada que ver con la historia de su abuela. Está a punto de despedirse cuando el empleado del museo añade algo más:
—Juraría que eran europeos como usted, aunque con acento francés.
A Carmen le tiembla la mano, pero la esconde rápido en el bolsillo del pantalón. Agradece las explicaciones con un gesto y se aleja con paso rápido hacia la salida. Le cuesta respirar con normalidad y una inquietud repentina le recorre el cuerpo. No sabe qué es, pero algo no encaja.