La sombra del mayoral Capítulo 10
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Capítulo 10

Abrió la puerta una criada que, después de recibirlos con una inclinación de cabeza, les indicó que subieran al piso de arriba.

Antes de llegar a las escaleras, dos sirvientes se apresuraron a ayudarles a retirar capas y sombreros para colgarlos en un perchero situado en el recibidor.

El ambiente era cálido y contrastaba con el frío de fuera, que Andrés sentía pegado a su ropa.

Gilbert ya se encontraba en la casa cuando llegaron los dos invitados procedentes de la Real Granja de Rambouillet. Al verse, se saludaron con amabilidad y el veterinario les presentó a los otros asistentes, que conversaban sentados en butacas, en torno a la chimenea.

El comedor era tan amplio que Andrés tuvo la impresión de que solo esa estancia era tres veces el tamaño de su casa. Una elegante alfombra cubría la mayor parte, con varios cuadros de retratos y paisajes colgando de las paredes.

Uno de los extremos de la sala contenía una enorme biblioteca repleta de libros. Andrés jamás había visto nada parecido. Maravillado, recorría con la mirada cada rincón, como si estuviera viviendo un sueño del que no quería despertar.

El primero en levantarse fue el dueño de la casa. Monsieur Delorme era un hombre de cabello blanco y profundas arrugas en la frente, que llevaba el pelo recogido en una coleta y vestía una casaca al estilo francés, medias y zapatos impecables.

Tras un apretón de manos, los invitó a unirse a la tertulia.

Andrés no tuvo tiempo de reaccionar cuando, a su espalda, apareció madame Delorme. Se quedó sin palabras al comprobar que no era la primera vez que veía aquellos ojos azules. Ella le tendió la mano con una sonrisa divertida, sin hacer la menor alusión a su encuentro en el mercado.

Había, además, un hombre rubio y robusto, de modales refinados, a quien Andrés ya conocía por su presencia en la granja.

Era el abad Tessier, doctor en Medicina y miembro de la Academia de Ciencias.

Había sido nombrado consejero de Agricultura en Rambouillet y seguía de cerca la adaptación de las merinas españolas, colaborando estrechamente con Gilbert en la Escuela Veterinaria de Alfort.

—No se habla de otra cosa desde que llegó vuestro rebaño —dijo al mayoral, estrechándole la mano.

Por último, se acercó a ellos madame Bernorville, una mujer entrada en años, elegante y austera, cuya familia dirigía desde hacía generaciones los telares de la corte.

Se acomodaron en los sillones mientras los criados terminaban de preparar la mesa que se encontraba en la sala contigua.

Andrés se esforzó en comprender lo que decían los presentes, pues, aunque cada vez entendía mejor el idioma, seguía resultándole complicado.

Además, se sentía fuera de lugar, como un nativo del Nuevo Mundo recién llegado a Europa, ajeno a unas costumbres y formas que le resultaban extrañas e incómodas.

Gilbert notó su desasosiego y por eso lo invitó a acercarse a la biblioteca.

Andrés agradeció compartir aquel espacio con el veterinario, que además hablaba español.

Mientras intercambiaban ideas sobre cómo mejorar la aclimatación de las merinas, el francés escuchó con atención las penalidades por las que estaban pasando.

Era un hombre sensato, que había visto mundo y, sobre todo, sabía escuchar.

El mayoral ya se encontraba más relajado cuando madame Delorme se unió a la conversación.

Llevaba un vestido azul, a juego con los ojos, ceñido por un corpiño.

Tenía el cabello sin empolvar, recogido en un moño del que caían, hasta reposar sobre los hombros, algunos rizos sueltos.

Andrés, al verla de cerca, notó que algunas arrugas comenzaban a dibujarse en un rostro que, sin embargo, conservaba un brillo juvenil.

—Disculpen que interrumpa, señores, pero he oído que hablaban español —dijo en un perfecto castellano.

—No es en modo alguno una molestia, señora, sino un verdadero placer —indicó Gilbert—. Había olvidado que domináis dos lenguas. Vuestro padre era español, ¿no es cierto?

—Mi madre —corrigió ella, esbozando una sonrisa—. Procedía de una familia del norte de España, interesada en hacer negocios con la de mi padre, en el sur de Francia.

Andrés no supo qué decir. La voz de madame Delorme le había sorprendido tanto como su historia familiar. Asintió con una leve inclinación de cabeza, sin apartar la mirada de aquella mujer que parecía haber salido de un mundo distinto al suyo.

—Menos mal que no hemos dicho cosa alguna en vuestro agravio —bromeó Gilbert.

—Jamás se me ocurriría tal atrevimiento, descuidad —replicó Andrés con semblante grave, sin captar el sarcasmo del veterinario.

Mientras tanto, en el salón, se desataba un acalorado debate sobre los últimos tratados de agricultura.

Monsieur Delorme defendía la postura del marqués de Mirabeau, quien, en su Tratado de filosofía rural, destacaba la primacía económica de la agricultura atribuida a la creación divina.

Por su parte, el abad Tessier argumentaba desde una nueva perspectiva, apoyándose en obras clandestinas, como las de Louis-Sébastien Mercier.

Los invitados, ávidos de opiniones, solicitaron la intervención de Gilbert, quien, tras disculparse con Andrés y madame Delorme, se retiró al calor de la chimenea.

—Es para mí un verdadero honor haber sido convidado a vuestra tertulia —dijo Andrés cuando se quedaron a solas.

Ella le sonrió.

—Os ruego que me llaméis Inés.

—Gracias, pero prefiero dirigirme a vos como madame Delorme —replicó Andrés, sonrojándose.

—¿Y cómo os llamáis vos, señor Gil?

—Andrés.

—Un nombre que os hace justicia entonces. Si no recuerdo mal, significa hombre fuerte —comentó ella, notando el rubor que le provocaba al español—. Contadme, ¿cómo fue vuestro viaje? Tengo entendido que os llevó cuatro meses.

—No fue fácil, señora. Mis hombres sufrieron mucho y los animales también.

—Parece una misión suicida.

—Guiar ovejas es lo único que sé hacer.

—Sois muy valiente.

A Andrés se le secó la boca y comenzó a apretarle el cuello de la camisa.

—Haría cualquier cosa por mejorar la vida de mi familia.

Ella lo miró con gesto sereno y luego señaló la magnífica biblioteca que tenían justo enfrente.

—Decidme, señor Gil, ¿sabéis leer? —El mayoral asintió—. Tal vez posea algún libro en español que pudiera prestaros…

—Oh, no podría aceptarlo. No soy quién para recibir un libro vuestro.

—Esa decisión solo me corresponde a mí —replicó Inés, al mismo tiempo que la voz de su marido los invitaba a pasar al comedor.