La sombra del mayoral Capítulo 9
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Capítulo 9

En la actualidad

No tiene ni idea de cuántas horas lleva caminando. ¿Dos? ¿Tres? Carmen se lo pregunta al levantar la muñeca y observar desorientada su reloj de pulsera, pues el jet lag la ha despertado a las cuatro de la mañana.

El día anterior solo tuvo tiempo para dar una vuelta rápida por Chinatown con sus compañeros tras llegar al hotel. A media tarde se quedó dormida sin querer, mientras intentaba conectarse —sin éxito— al wifi del hotel.

Así que hoy, con los primeros rayos de sol, ha salido a la calle para aprovechar el tiempo, antes de regresar al aeropuerto.

Aunque son las nueve, la ciudad ya está despierta, tanto como ella: las cafeterías tienen las puertas abiertas, los coches rugen en las avenidas y los ejecutivos caminan a paso rápido hacia sus oficinas, con las camisas remangadas y el café en la mano.

—Tan temprano y ya tanto calor —piensa Carmen en voz alta al ver a un chico limpiarse el sudor de la frente con un pañuelo.

Ella lleva unas zapatillas cómodas, camiseta y pantalones anchos, ropa ligera que deja pasar el poco aire que circula entre los edificios.

Acaba de llegar a Grand Central, la enorme estación de trenes en el corazón de Manhattan.

Después de echar un último vistazo al imponente Edificio Chrysler, que se encuentra en frente, entra por una de las puertas monumentales de la estación y se queda fascinada.

La gente va y viene en su interior como un río en constante movimiento.

Solo un grupo de turistas rompe ese flujo.

Caminan siguiendo metódicamente un paraguas púrpura, que sobresale entre las cabezas, mientras escuchan las explicaciones del guía a través de unos auriculares.

En Nueva York hay gente de todos los colores, clases y trayectorias.

Algunos ganan millones desde el piso sesenta y tres de un rascacielos; otros ahorran hasta el último centavo que consiguen trabajando en negro para enviarlo a su país.

Se cruzan en la lavandería, en los vagones del metro, en los puestos de comida rápida…

y también ahí, en Grand Central, donde más de siete mil personas atraviesan cada hora sus pasillos, conectando Manhattan con los cinco distritos y con el resto del estado.

Carmen se acerca, distraída, al grupo de turistas y alza la vista al techo al mismo tiempo que ellos.

El guía, con voz de teleoperador, explica que las bóvedas de ladrillo blanco fueron diseñadas por Rafael Guastavino, un arquitecto español que acabó teniendo una vida de película en aquella parte del mundo allá por el siglo xix .

Sigue caminando y entra en el espacio central de la estación.

A pesar de la amplitud, siempre parece abarrotado.

Las escaleras están llenas de gente que sube y baja en una coreografía casi perfecta, iluminadas por los ventanales.

Los paneles indican destinos y horarios bajo el reloj central, que según dicen, está adelantado un minuto para que nadie pierda su tren.

Carmen sube las escaleras y se detiene un instante a contemplar la inmensa bóveda verde, decorada con un cielo estrellado.

Después de algunos empujones, avanza para no bloquear el paso.

Sale de la estación y echa un vistazo a una pastelería que vende barras de pan a cinco dólares y dulces del tipo «solo puedo pagarlo si no como nada más en todo el día».

El olor de una pizzería cercana, con carteles que prometen porciones a un dólar, la seduce.

Pide tres y se las come casi antes de salir del local.

Camina en dirección a la Biblioteca Pública de Nueva York, pero gira por la Quinta Avenida antes de llegar a Bryant Park, sin pararse demasiado a mirar los escaparates de lujo.

La Gran Manzana puede ser la ciudad de los sueños, pero es mejor no soñar demasiado si no traes la tarjeta de crédito cargada.

Pasa frente a la catedral de San Patricio, bordea el Rockefeller Center, el MoMA y, al fondo de la avenida, asoman los primeros árboles de Central Park: un oasis entre el cemento.

Está esperando a que cambie el semáforo en la calle 58 para cruzar cuando dos adolescentes comentan a su lado que en ese punto hay wifi gratis.

A su derecha, el logo de una enorme manzana blanca resplandece mientras, en los bancos frente a la tienda, varias personas están absortas en sus pantallas.

Carmen saca el móvil de la mochila, lo activa y continúa avanzando.

Varias carrozas tiradas por caballos esperan junto a la entrada del parque.

Carmen rodea el primer estanque, sorteando a los turistas, y se adentra por un sendero más tranquilo.

Se cruza con algún corredor rezagado, pero la mayoría son paseantes, café en mano, sacando fotos a las ardillas como si fueran animales exóticos.

Se sienta en un banco, saca el móvil otra vez y comprueba que el wifi ha funcionado: ha recibido tres mensajes nuevos.

El primero es de su madre, que pregunta qué tal está y le recuerda que aún le tiene que devolver las llaves de la casa de la abuela.

Carmen echa un vistazo al interior de su bolso y sonríe al comprobar que todavía las lleva dentro.

El segundo y el tercero son de Alicia y de Ernesto. Le piden que los mantenga informados.

—¿Qué espero encontrar? ¿Una señal? ¿Un código secreto? —murmura, entre divertida y escéptica.

Toma aire y se deja envolver por la melodía de un violinista que toca unos metros más allá. The Met Cloisters, uno de los museos de arte medieval más importantes del mundo, no está lejos de allí.