La sombra del mayoral Capítulo 8
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Capítulo 8

Los cuatro pastores contemplaban al mayoral con la boca abierta. De vez en cuando, el Gurriato soltaba alguna broma mientras el aspecto de Andrés se transformaba ante sus ojos.

Gilbert le había entregado un traje como parte del pago por su trabajo: camisa de lino blanca, chaleco, calzones y una casaca de paño azul que convertirían a Andrés en un hombre irreconocible cuando regresara a Sigueruelo.

Completaban el conjunto unos zapatos de piel de vaca recién lustrados, una capa larga y un sombrero de tres picos.

Se sentía extraño, casi disfrazado, y tuvo que reprimir el impulso de arrancarse aquella ropa.

Mientras se ajustaba la casaca, se decía que el perfume a heno que llenaba el aire no combinaba en absoluto con esa indumentaria elegante.

Aun así, sus hombres lo animaron a asistir a la tertulia a la que el veterinario francés lo había invitado días atrás.

También acudiría Bourgeois, con quien había quedado en la entrada del edificio principal para ir en carruaje.

Al salir del recinto, Andrés se detuvo unos segundos frente al arco de la entrada y leyó la frase grabada en piedra: «Cuida del rebaño y de sus pastores».

Suspiró porque aquello, pensó con amargura, no se estaba cumpliendo.

Los animales seguían pariendo, pero el clima no ayudaba.

A pesar de los cuidados constantes de los pastores, ya habían muerto más de cuarenta ovejas y numerosos corderos.

El frío, persistente e implacable, unido a un brote de viruela ovina, estaba haciendo estragos en el rebaño.

El ánimo de los hombres comenzaba a flaquear.

El cansancio, el dolor por las pérdidas y la sensación de impotencia se mezclaban en sus rostros cada mañana.

Más de una vez, entre susurros, alguno se preguntaba qué mente insensata había decidido llevar a las merinas hasta Rambouillet, tan lejos de su tierra y de su clima.

Lo que en un principio se presentó como una misión honorable comenzaba a parecer un castigo.

«¡Lo que intentamos hacer no tiene ninguna lógica!

», había gritado el Gurriato durante una discusión con Andrés.

«Toda la vida, desde hace siglos, nuestros antepasados han llevado las ovejas a Extremadura porque las tierras de Segovia son demasiado frías.

¡Y ahora nosotros… nosotros las hemos traído a una muerte segura por congelación!

¡No quedará ni una! ¡Si es que no nos congelamos nosotros antes de verlo! ».

El mayoral, aunque no lo expresaba en voz alta, compartía en parte la opinión del pastor.

Sin embargo, logró convencerlos para que se quedaran.

Cada día que pasaba viendo morir a sus merinas, Andrés sentía cómo también se le escurrían entre los dedos la esperanza y las ganas de transmitir a los franceses sus conocimientos.

Tal vez por eso, Gilbert y Bourgeois decidieron invitarlo a la tertulia que se celebraba aquella mañana en el salón de monsieur y madame Delorme.

El gerente de la granja, que apareció envuelto en una gruesa capa negra, llevaba guantes y un sombrero calado sobre el embozo.

Indicó al mayoral que subiera al carruaje, ya aparcado frente a la puerta, e iniciaron la marcha.

Una niebla espesa cubría los campos con su humedad, así que los dos hombres se taparon con gruesas mantas para protegerse del frío.

Cuando el cochero anunció su llegada, Andrés bajó en primer lugar y sujetó la puerta a su acompañante.

Se encontraban en la calle principal, la única adoquinada y a cuyos lados se situaban edificios de piedra de más de dos pisos.

Corría por el centro de la calzada un reguero de agua sucia que Andrés evitó para no mancharse los zapatos nuevos.

El mayoral siguió a Bourgeois hasta una casa señorial de muros blancos y tejado de pizarra.

Subieron tres escalones y llamaron a la puerta de madera que se alzaba ante ellos.