Capítulo 7
En la actualidad
A doce mil metros de altitud, el tiempo parece suspenderse. Los problemas se vuelven diminutos, como si quedaran en pausa junto con el mundo allá abajo. Dentro del fuselaje de metal, cientos de personas comparten un paréntesis, confinados bajo el mismo techo en movimiento.
—Llévale la bandeja a los pilotos, por favor. Ya sabes: dos menús distintos, para que al menos uno de los dos sobreviva después de probar esta sopa…
Carmen sonríe al escuchar el comentario sarcástico de la sobrecargo.
El humor ácido ya es parte del ritual de cada vuelo, una forma de aliviar el cansancio que se cuela en los gestos y las miradas.
Con precisión, equilibra las bandejas y avanza por el estrecho pasillo.
El aroma metálico del café recién hecho se mezcla con el olor tibio —demasiado tibio— de la sopa.
El comandante le dedica una sonrisa agradecida al recibir las bandejas y Carmen vuelve a la cabina de pasajeros.
Después se sienta y prueba su propia comida con la punta de la cuchara.
No está mal, pero tampoco es lo que uno esperaría de un menú «internacional».
El gesto, tan automático, despierta recuerdos.
Vuelven los primeros viajes a Buenos Aires, cuando cada escala era una promesa de aventuras y calles por descubrir.
México, con su caos vibrante; Lima, con ese aire salino que se adhería a la piel y al uniforme.
Ahora la monotonía ha borrado toda emoción, dando paso a embarques apresurados, pasajeros con prisas y desembarques mecánicos.
En cambio, esa mañana algo es distinto. El hecho de volar rumbo a Nueva York le devuelve un cosquilleo en el estómago, una vibración que no sentía desde hace tiempo.
Las horas pasan en una mezcla de rutina y gestos automáticos: recoger vasos, responder timbres, calmar algún que otro nervio.
Cuando el altavoz anuncia el descenso, Carmen se inclina hacia la ventanilla.
Allí abajo, Nueva York aparece fragmentada en el entramado rectilíneo de Manhattan, el reflejo del río o las manchas verdes de los parques.
El sol se cuela entre las nubes y arranca destellos plateados de los edificios.
El aterrizaje es brusco y, en cuanto el avión frena, comienza la coreografía final: pasajeros levantándose antes de tiempo, compartimentos que se abren, maletas que amenazan con caer. Carmen mantiene la sonrisa profesional, pero dentro siente una repentina impaciencia.
Al salir de la terminal del JFK, el aire espeso del verano la envuelve como un abrazo caluroso.
Coge un taxi junto a sus compañeros y, a través del cristal, Carmen observa el tráfico hipnótico mientras calcula mentalmente el tiempo que les queda.
La compañía les ha asignado un stopover de veinticuatro horas: lo justo para dormir, pasear un poco y, tal vez, si el cuerpo lo permite, descubrir algo nuevo.
En la jerga de la tripulación lo llaman «pernocta», y cada una tiene un sabor distinto según la ciudad.
Sabe que el reloj empieza a correr en cuanto dejan el avión.
Las escalas largas, como esta, son un lujo que ya no disfruta a menudo, desde que vuela también en corto radio.
En esos vuelos apenas hay tiempo para un café antes de volver a embarcar.
Pero hoy Nueva York se abre ante ella como una ventana efímera: una noche y una mañana para vivir lo que pueda, para coleccionar imágenes que quizá no vuelva a ver en años.
Los sonidos de la ciudad —el claxon de un taxi, el murmullo lejano de una sirena— se mezclan con el ruido de la emisora de radio que el chófer acaba de sintonizar. En el cielo, un helicóptero traza un arco perfecto sobre los rascacielos cuando el taxi se para frente a un semáforo en rojo.
«Nueva York es como un imán que atrae todo lo que nos han hecho creer que representa el éxito», piensa Carmen al divisar a un transeúnte que lleva la moda al extremo de lo inverosímil.
Se trata de un joven que parece sentirse como el elegido para protagonizar una comedia urbana de Woody Allen, esa que tal vez alguien —desde el sofá de una ciudad olvidada— esté viendo sin demasiado interés.
Pero basta con bajar la mirada dos segundos para que el hechizo se rompa.
Carmen advierte cómo el joven esquiva las bolsas de basura que invaden la acera y salta cuando una rata se cruza veloz frente a él, desapareciendo entre los hierros oxidados de una alcantarilla.
El taxi arranca de nuevo y Carmen lo pierde de vista.
Nueva York también es eso: el telón de fondo de un glamour que convive con el caos, la suciedad y la realidad sin filtros.
Tras varios minutos más recorriendo calles y avenidas, el taxi se detiene frente al Hotel Wyndham Garden Chinatown.
Al bajar del vehículo, la sobrecargo estira el cuello para mirar los faroles rojos que cuelgan sobre la calle y uno de los tripulantes de cabina comenta que ya tiene fichado un sitio de dumplings «legendarios» a dos manzanas de allí.
Una cosa es dormir con vistas a Central Park y otra distinta pasar la noche bajo el resplandor intermitente de un cartel de neón que dice «Shanghai Cafe», en pleno Chinatown.
Pero sigue siendo Manhattan y aún se puede soñar, aunque eso suponga que cada mañana su habitación huela a noodles y a aceite de sésamo.
—Nueva York, allá vamos —murmura Carmen, con una sonrisa, a la vez que le entrega el pasaporte a la recepcionista, una joven de rostro amable que asiente sin levantar la mirada.