Capítulo 6
El señor Bourgeois pidió que les prepararan dos yeguas y, cuando los mozos las tuvieron listas, se encaminaron hacia la ciudad conversando durante el trayecto sobre sus respectivas aficiones.
—El señor Gilbert me ha dicho que sois un diamante en bruto. Además de vuestra destreza con las merinas y el cuidado del ganado, sabéis leer y, según tengo entendido, os interesáis también por aprender nuestra lengua.
Halagado, Andrés respondió:
—Mi francés aún es pobre, ojalá tuviera más tiempo para aprender.
—Uno de mis amigos en Rambouillet posee una biblioteca formidable. Además, su esposa suele organizar tertulias, a las que a veces soy invitado. Quizá les complazca contar con vuestra presencia.
El mayoral no puso objeción, aunque se sentía ajeno a ese mundo de intelectuales y alta sociedad del que le hablaba Bourgeois.
Llegaron a la plaza del mercado en pleno bullicio.
Los puestos de frutas y verduras rebosaban de género, rodeados de hombres y mujeres —en su mayoría sirvientes— que se afanaban en hacer la compra del día.
También había vacas, burros, cerdos, gallinas y un sinfín de animales que los mercaderes ofrecían a voz en grito al mejor postor.
Las campanas de la iglesia repicaron para anunciar las diez de la mañana justo cuando los dos hombres entregaban las yeguas a un mozo al que Bourgeois dio unas monedas para que se ocupara de ellas.
El francés se despidió del mayoral y, antes de adentrarse en el gentío, quedaron en verse una hora después en el mismo lugar.
Andrés se internó entre la gente, fascinado por la variedad de productos que ofrecían los comerciantes.
Comenzó por la zona destinada a los animales, donde una anciana desdentada intentó venderle varios conejos, que él rechazó con la mano.
Más adelante, un joven regateaba con un mercader por la compra de dos cabras.
El vendedor, visiblemente irritado, se negaba a bajar el precio, gesticulando con vehemencia.
Llegó a una zona con varios puestos de telas. En torno a uno de ellos se arremolinaban varias damas, acompañadas por sus sirvientas.
—Esta seda viene de Oriente, señoras. Toquen, toquen. Aprecien su suavidad —decía el mercader, extendiendo una pieza entre sus manos—. Y esta otra, confeccionada en los talleres de Versalles con la mejor lana del mundo, la de las merinas de España. Miren, miren qué calidad.
Andrés casi se cayó del susto al escuchar su precio en boca de aquel mercader.
Era lana de sus ovejas, tal vez incluso de alguna que él mismo había llevado a esquilar a la vuelta de Extremadura.
El dinero que pedían por un rollo de tela era más de lo que él ganaba como mayoral en un año.
El Gurriato tenía razón: la vida del pastor era profundamente injusta.
Pensó en su mujer y se la imaginó viéndolo entre aquella gente extravagante.
Primero le gritaría, claro —le llamaría «loco», «inconformista»—, pero luego acabaría riéndose con él de los trajes ridículos de aquellas damas, de los adornos en sus capas, de las pelucas blancas y rizadas que sobresalían por encima de la multitud.
Se prometió a sí mismo observar cada detalle para contárselo a sus hijas como si fueran escenas de un cuento inventado, para que soñaran, aunque fuera por un momento, con algo distinto a la dura realidad del campo.
Continuó su recorrido por el mercado hasta detenerse frente a un puesto de frutas y verduras. Le llamó la atención una caja, sobre una carreta, en la que se amontonaban unas frutas redondas. Se acercó con curiosidad, alargando la mano para tocar una de ellas, cuando una voz lo sobresaltó:
—¿Le gustan las naranjas, señor?
Andrés se giró con el susto aún en el cuerpo, sin entender la pregunta en francés. Una mujer esbelta, envuelta en una capa de terciopelo granate, le sonreía con una de las frutas en la mano. Tenía los ojos azules y el cabello oscuro recogido bajo un sombrero adornado con plumas.
—Llene el cesto —ordenó a la sirvienta que la acompañaba sin esperar respuesta del mayoral.
El mercader se acercó de inmediato y besó la mano de la joven con deferencia.
—¿Cómo se halla vuestro esposo, señora?
—Con ganas de probar las frutas que tanto afán le ha costado traer —respondió ella, con una sonrisa elegante.
—Como podéis ver, están en perfecto estado. El frío ayuda a conservarlas.
—¿De dónde proceden?
—Según me informaron, este cargamento viene de Sóller, en la isla de Mallorca. Llegó por barco a puerto francés hace unos días y ha viajado en carretas hasta Rambouillet —explicó el mercader.
Ella asintió y, volviéndose hacia Andrés con gesto curioso, le tendió la naranja que aún sostenía.
—Probadla, no os arrepentiréis.