Capítulo 5
En la actualidad
El bar está más tranquilo que de costumbre, con la luz de la tarde filtrándose por los ventanales y tiñendo de dorado las mesas de madera.
Alicia llega empujando el carrito con decisión, sin preocuparse por los baches del suelo ni por el traqueteo de las ruedas.
El bebé duerme, ajeno a lo que le rodea y al ritmo con el que su madre lo conduce entre las mesas.
Carmen y Ernesto ya la esperan, sentados en el fondo, junto a la ventana. Ambos sonríen al verla entrar.
La piloto se sienta con un suspiro aliviado, agradecida por ese paréntesis de calma. Ernesto aparta su taza vacía y le hace espacio en la mesa. El murmullo del local, el tintinear de los cubiertos y alguna que otra risa dispersa crean un ambiente cálido, familiar.
—¿No se va a despertar? —pregunta Ernesto, inclinándose hacia el carrito.
—No, tranquilo. Por el día duerme como un tronco y, cuanto más ruido, mejor —responde Alicia con una sonrisa cansada—. Por la noche ya es otra cosa.
Apenas se han acomodado cuando Carmen saca el móvil del bolsillo interior de su chaqueta y se lo muestra a su amiga.
—Tienes que ver esto —dice, desbloqueando la pantalla.
Ernesto se adelanta, entusiasmado.
—Recibimos un mensaje de Hugo. Resulta que en la carrera de Veterinaria vio algo sobre la exportación de ovejas merinas a Rambouillet y nos ha enviado una carta que descubrieron hace unos meses en los archivos de la Bergerie Nationale.
Carmen le enseña la foto del texto antiguo.
—Fíjate en la fila de números —añade Ernesto, con los ojos brillantes y señalando a un lateral del documento—. Puede que estén relacionados con la carta que encontró Carmen en casa de su abuela.
Alicia observa con atención, asintiendo, aunque su mirada se encuentra con la de su amiga. Le gustaría saber cómo le fue después del concierto, si ha vuelto a saber de Hugo más allá del mensaje. Pero justo cuando está a punto de preguntar, Carmen desvía la vista, y retoma la palabra:
—Podría estar vinculado con algún inventario, o incluso con un archivo militar. Algo que se catalogara por números.
—Esa es la opinión de Carmen, yo creo que es un código para encontrar las joyas que fueron robadas en aquella época —afirma Ernesto, sacando su cuaderno de notas.
Alicia entiende que, por ahora, el otro asunto tendrá que esperar—.
La historia de la humanidad está plagada de este tipo de códigos y cifrados; se trata de mensajes escritos a través de un algoritmo y una clave que solo el emisor y el destinatario conocen.
De esa forma, si alguien lo intercepta, no puede acceder a la información.
—¿Me estás diciendo que esos números desgastados son un mensaje en clave? —pregunta Alicia.
—Estoy seguro —afirma Ernesto, copiándolos en la primera página en blanco de su cuaderno mientras los lee en voz alta—: 85-12, 7, 45, 23, 90, 76, 86, 7, 45, 105, 1.
—Sí, he visto una peli sobre el tema —añade Alicia, levantando el dedo índice—. Por ejemplo, los nazis utilizaban una máquina llamada Enigma para cifrar sus mensajes durante la Segunda Guerra Mundial, lo que fue un verdadero quebradero de cabeza para los Aliados.
—Exacto —aplaude Ernesto—. Pero mucho antes se elaboraban de forma manual. Todas las casas reales y personas influyentes contaban con un gabinete de expertos para ello, existen miles de formas diferentes.
—¡Tiene que ser eso! —exclama Alicia.
Carmen asiste al intercambio de información con semblante serio mientras Ernesto continúa:
—Se puede, por ejemplo, cambiar el orden de las letras de una palabra o sustituir unas letras por otras, incluso por símbolos y, por qué no, por números. Solo se necesita que el emisor y el receptor conozcan la clave.
El azafato habla emocionado, acaba de terminar su cerveza y el calor del bar ha creado unos graciosos coloretes en sus mejillas.
—¿Y cómo vamos a descubrir la clave? —se pregunta Carmen en voz alta, mirando los números una vez más.
—¿Tal vez sean coordenadas? —propone Alicia.
—Es una combinación demasiado larga —responde Ernesto, dudando.
—¿O pasos? —intenta Carmen.
—Podría ser… Pero ¿de dónde a dónde?
—¿San Martín? —aventura Alicia.
—Es muy difuso… —Ernesto suspira—. Esto no nos lleva a ninguna parte.
El bebé comienza a llorar y Alicia lo coge con ternura, ofreciéndole el pecho mientras se balancea suavemente para calmarlo. Ernesto sigue garabateando ideas en la libreta, ajeno al resto.
—No creo que lleguemos a nada —anuncia cansada Carmen.
—Estamos en un callejón sin salida —se queja Alicia.
—Tiene que haber algo más —añade Ernesto, pasándose las manos por el rostro.
—Lo curioso es que en aquella época alguien de mi pueblo supiera leer. Mi abuela apenas fue a la escuela —interviene Carmen—, y su madre ni siquiera sabía escribir su nombre.
—Espera… ¿Qué has dicho? —pregunta Ernesto, alzando la vista.
—Que en el pueblo eran todos campesinos sin educación y…
—No, eso no. Lo de leer. ¡Claro! —Ernesto se ríe—. Escuchadme: ese hombre sabía escribir y, por lo tanto, también leer. Por eso, en la carta que recibe de Francia, se habla de un libro. ¡Tal vez sea su código compartido!
— ¿La pícara Justina? —pregunta Alicia con curiosidad.
En ese momento, el camarero se acerca para retirar los vasos vacíos y les pregunta si quieren otra ronda. Asienten sin mirar.
—A ver, a ver… Que yo me entere —dice Carmen—, ¿podría ser que el código esté oculto en las páginas de ese libro?
Ernesto se inclina sobre su mochila, rebusca unos segundos y saca el ejemplar que ya había enseñado a Carmen en el aeropuerto.
—Pero no vamos a entender gran cosa con ese castellano antiguo…
—¿Qué números hay en el libro? —pregunta Alicia.
—En la portada, aparte del año de publicación…, nada más —murmura Ernesto, hojeando.
—¿Pueden ser las páginas? —continúa Alicia volviendo a dejar a su bebé en el carrito.
Ernesto las revisa concentrado en cada número pero sin encontrar nada que llame su atención.
—¿Y si la primera cifra se refiere a una página y las demás a letras? —sugiere Carmen, que comienza a no ver tan descabellada la idea de Ernesto.
—Puede ser. La primera cifra está separada por un guion —indica Alicia, leyendo—. Las demás van separadas por comas. Eso debe de significar algo.
—Es la página —afirma Carmen—. Tiene que ser eso.
El camarero regresa con tres bebidas y varias tapas.
Ernesto asiente, va directo a la hoja en cuestión y la abre.
Sin dejar de mirarla, Carmen coge el bolígrafo que está sobre la mesa, estira el papel del posavasos y empieza a contar letras con el dedo.
Cada vez que llega a una de las cifras que aparecen en la lista, se para y anota una letra mayúscula debajo de cada número.
Cuando gira el papel hacia los demás, sonríe y Alicia lo lee en voz alta:
—«F-u-e-n-t-i-d-u-e-ñ-a».
—¡Lo sabía! —exclama Ernesto—. ¿Pero cómo lo has hecho?
—Cada número corresponde a una letra, solo hay que contarlas —contesta Carmen, sonriendo—. De pequeña, mi abuela y yo pasábamos horas resolviendo acertijos y adivinanzas.
Ernesto alza su vaso, asombrado.
—Parece que tendremos que volver a Fuentidueña.
—Pero ya estuvimos allí y en la iglesia de San Martín no había nada, literalmente —afirma Alicia.
—Entonces habrá que ir donde la tienen —proclama Ernesto, fijando los ojos en Carmen.
—¿A Nueva York? —pregunta ella, incrédula.
—¿No está dentro de tu planilla del mes?