La sombra del mayoral Capítulo 4
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Capítulo 4

Casimiro lo despertó a gritos. Una oveja estaba pariendo y necesitaban su ayuda.

El zagal, nervioso, llevaba en la mano un candil que iluminaba su rostro de niño.

Andrés miró a través del ventanuco por el que se colaba la luz de la luna, aún faltaban varias horas para el amanecer.

Se levantó del camastro de paja y se calzó las albarcas sobre los peales, que no se había quitado para dormir.

Cogió la chaqueta y la montera mientras el frío de la noche le estremecía al salir de la estancia.

Si las cuentas no le fallaban, era el undécimo cordero que nacía en Rambouillet desde que, semanas antes, comenzara la época de la paridera.

En el establo, las merinas balaban nerviosas, intuyendo la desgracia.

Al llegar a las cuadras, se encontraron al Gurriato en el suelo, arrodillado y con las manos ensangrentadas.

A su lado, la oveja que acababa de parir intentaba reanimar con el hocico el bulto que yacía en el suelo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Andrés.

—He tenido que echarle una mano y ha nacido muerto… Pensé que la merina también se nos iba, estaba perdiendo mucha sangre. Por eso mandé pedir ayuda.

Los hombres observaron cómo la oveja lamía el cuerpecito inerte del cordero. El mayoral la examinó con gesto de preocupación.

—Ya sabéis lo que hay que hacer.

Casimiro mostró una expresión de pánico, tiritaba y se frotaba las manos enrojecidas por el frío. No tenía buen aspecto, y lo que les esperaba no iba a mejorar su situación.

—Ve a dormir.

El chico asintió tras la orden del mayoral y salió corriendo hacia el edificio donde dormían.

Se metió en la cama, temblando bajo las gruesas mantas, mientras a lo lejos escuchaba el balar de las ovejas.

No lograba cerrar los ojos. Con cada respiración, el aire caliente de la boca formaba una nube de vaho que se mantenía suspendida unos segundos en el frío de la habitación.

Liborio y José roncaban en sus respectivos catres, ajenos a lo que estaba pasando.

Dormir en aquellos camastros era mucho mejor que en el suelo o en las majadas de Extremadura, pero Casimiro no podía dejar de pensar en la última vez que murió un cordero recién nacido.

La imagen se repetía en su cabeza una y otra vez: primero aprendió a desollar al animal y después tuvo que cubrir con esa piel a uno de los corderos que había sido rechazado por la madre, para que la merina que acababa de perder al suyo lo aceptase.

El Gurriato volvió a la cama poco antes del amanecer, mientras que Andrés se quedó cuidando del ganado hasta que las primeras luces del alba despuntaron.

Un sol tímido iluminó las praderas y el bosque de Rambouillet, en lo que se preveía como otro día gélido.

Bourgeois pasó por las cuadras para comprobar el estado de las merinas.

Sabía que la paridera duraría todavía varias semanas y que eran los meses de más trabajo para los pastores.

En cuanto vio al mayoral, lo saludó con afecto y este le puso al corriente de lo sucedido.

Andrés estaba satisfecho, parecía que la oveja había aceptado como suyo al otro cordero.

Sin embargo, pese a sus esfuerzos, temía que los animales no soportaran aquel invierno, más húmedo y frío que el clima del sur al que estaban acostumbrados.

Además, la integración de los pastores con los franceses era inexistente.

Sus hombres vivían aislados y los locales no querían saber nada de aquellos extranjeros.

Tan solo él, tal y como se lo pidió Gilbert, transmitía su saber a Bourgeois y a sus ayudantes.

El francés fijó la vista en los ojos preocupados del mayoral, marcados por profundas ojeras. Sabía que la situación no pintaba bien para los españoles, de quienes solo había recibido miradas de desdén.

—He de terminar unas diligencias en Rambouillet. ¿Tendríais a bien acompañarme? —preguntó, con tono amable, tratando de animar al mayoral—. Hoy es día de mercado y podréis admirar los ejemplares tan notables que allí traen. Y quizá os convenga despejaros un poco del olor del heno.

Andrés asintió, aunque sin estar del todo convencido, pero algo en su interior le impulsó a no rechazar la invitación de su nuevo amigo.