Capítulo 3
En la actualidad
Mi estimada Inés:
Escribo estas líneas, como os prometí, apenas regresado a tierras de Castilla. Gracias sean dadas al Altísimo, he vuelto a casa sano y salvo, aunque con el dolor de que no pude traer de vuelta a todos conmigo.
El camino ha sido largo y, en ocasiones, incierto, mas he podido poner en lugar seguro aquello que hubiera sido nuestro yugo. Solo a vos confío, con esta carta, su paradero.
El lugar en el que se halla aquello que san Martín custodia está escrito entre las páginas del libro que tuve el honor de recibir de vuestras manos.
Siempre vuestro…
Ernesto se levanta de golpe, arrastrando la silla con un chirrido metálico que provoca que varias personas vuelvan la cabeza hacia él. Los ojos le brillan de emoción.
—¡Madre mía! ¡Fue escrita en el pueblo de tu abuela y lleva la misma fecha que la carta que encontraste!
El personal de tierra que está en la mesa de al lado —dos mujeres con el uniforme azul marino y chalecos reflectantes todavía puestos— lo observan con sorpresa. Carmen lo sigue con la mirada. Sus dedos tamborilean sobre el vaso de zumo a medio beber.
—Cálmate, ¿quieres? —le pide, mirando de reojo a las mujeres.
Ernesto no parece escucharla, pero se detiene junto a la mesa, apoya las palmas sobre el borde y se inclina hacia ella.
—¿Dónde estaba este documento, Carmen?
—Según lo que he podido traducir, pertenece a una tesis doctoral publicada el año pasado, por una estudiante de Veterinaria. Al parecer, lo encontró mientras investigaba en los antiguos archivos de la Bergerie Nationale de Francia —explica ella, mirando su teléfono.
—Es la respuesta a la carta que encontraste en casa de tu abuela.
—Podría ser, pero ¿qué hacía un hombre de Sigueruelo tan lejos de su casa en aquella época?
—Mira —señala Ernesto, que se ha vuelto a sentar y ha sacado también su teléfono móvil para buscar información—, parece ser que en Rambouillet tenían el mejor rebaño de ovejas merinas del mundo. Y fue gracias a los ejemplares que se llevaron de España.
—Algo me comentó Hugo en su mensaje —dice Carmen.
—Acabo de encontrar un libro sobre el tema, cuyo prólogo fue escrito por el mismísimo presidente de la República Francesa —añade emocionado.
—Vale, muy bien. Se llevaron unas cuantas ovejas, pero eso no nos ayuda a encontrar las supuestas joyas robadas.
Ambos se quedan en silencio unos segundos mientras Ernesto le pide a Carmen su móvil para releer el documento manuscrito, cuyo texto se ha conservado mejor que el de la carta encontrada por Carmen.
—Vuelve a nombrar a san Martín —murmura él tras levantar la vista, fijando los ojos en algún punto más allá de su mesa.
—Por ese lado ya buscamos, te recuerdo, y sin éxito.
—Tiene que haber algo más —afirma Ernesto, removiendo el café con energía, como si buscara respuestas en el fondo de la taza.
Carmen comprueba la hora y se levanta de la mesa. Se han entretenido demasiado y ya deberían estar preparando el vuelo.
—¡Espera! —exclama Ernesto, casi tropezando con la silla al incorporarse—. ¡Enséñame la carta otra vez!
—No tenemos tiempo, nos están esperando —responde Carmen, mirando nerviosa hacia la sala de embarque—. Los compañeros de tierra estarán a punto de llamar a los pasajeros.
—Lo sé, pero esto es importante —insiste él, dando un paso hacia ella—. Solo un momento, te lo prometo.
Carmen duda, consciente de las miradas curiosas de otros empleados que también apuran sus desayunos en la cafetería del personal. Finalmente, accede y le muestra de nuevo la imagen en su móvil. Ernesto se inclina sobre la pantalla y la examina con detenimiento, hasta que su rostro se ilumina.
—¡Ja! ¡Hay números!
—¿Cómo? —pregunta Carmen.
—Aquí, mira —exclama, señalando el borde inferior de la foto. Ella entorna los ojos y ve una diminuta fila de cifras casi borradas por el tiempo, separadas por guiones y apenas perceptibles—. Ahora solo tenemos que descifrarlo.
Ernesto cierra el libro de La pícara Justina, que aún está abierto sobre la mesa, lo guarda en su maleta de mano y sale corriendo detrás de su compañera.