Capítulo 2
Gilbert fue el primero en acercarse a ellos.
Sonriente y orgulloso, estrechó la mano del mayoral con efusividad y luego fue saludando uno a uno a los pastores.
El veterinario francés rebosaba de entusiasmo: la primera parte de la misión había concluido con éxito.
Solo un carnero y dieciséis ovejas fallecieron durante la travesía.
Un verdadero logro, si se tenía en cuenta la distancia recorrida, las nieves de los Pirineos y los peligros del camino.
A su paso por las calles empedradas de Rambouillet, los vecinos salían a observar el cortejo. Los miraban con una mezcla de curiosidad, respeto y asombro: hombres curtidos, cubiertos de polvo, rodeados por el murmullo constante del rebaño.
El pueblo, compuesto en su mayoría por sirvientes, guardias y trabajadores al servicio del palacio, vibraba con una vida silenciosa y ordenada.
Todo giraba en torno al corazón de piedra que dominaba el paisaje y que los esperaba imponente en lo alto de una colina.
Los pastores avanzaban despacio, atentos a la vez que cansados.
No hablaban, pero compartían la misma sensación: habían llegado.
A poca distancia de las almenas de piedra y los tejados de pizarra, se encontraba el edificio que el rey de Francia había mandado construir para su llegada: la Bergerie Nationale.
La mejor granja del país, ante la cual se arremolinaban animales, aldeanos y curiosos por igual, atraídos por la llegada del rebaño y sus guardianes.
Gilbert se adelantó y pidió que abrieran las enormes puertas de acceso, fabricadas de robusta madera reforzada con hierro forjado.
Sobre el dintel, coronando la entrada, una losa de mármol blanco estaba grabada con un verso de Virgilio, que parecía controlar el paso de quienes entraban: « Curat oves, oviumque magistros» .
—¿Qué significa? —preguntó Andrés.
—«Cuida del rebaño y de sus pastores» —tradujo el veterinario, que se llevó la mano al pecho.
Se trataba de un total de seis edificios de piedra, de una y dos plantas, situados en torno a un patio rectangular en el que dispusieron a las merinas de forma provisional, cercadas por un redil.
Una vez que dejaron a los animales —mulas, mastines, ovejas y carneros— a buen recaudo, Andrés miró maravillado a su alrededor.
Aquello no tenía nada que ver con las casas de adobe de su pueblo.
Los muros de piedra, recién pintados de un amarillo cálido, reflejaban con intensidad la luz del día, creando un brillo dorado sobre la fachada.
Los tejados, empinados y cubiertos de pizarra oscura, estaban sembrados de pequeñas ventanas que asomaban desde las buhardillas, como ojos curiosos que vigilaban el recinto.
Al otro lado del patio, frente a las dos construcciones principales que flanqueaban la entrada, se disponían dos imponentes edificios con puertas de acceso que medían más de tres metros de altura para permitir el paso de carros muy voluminosos.
Pero lo que más llamaba la atención era el edificio circular situado al fondo.
Su forma redondeada destacaba entre las líneas rectas de las demás construcciones, y su única puerta, diminuta y elevada a casi dos metros del suelo, se alcanzaba por una escalinata estrecha e inclinada.
Andrés, que nunca había visto nada parecido, se quedó observándo con curiosidad, preguntándose cuál sería su función dentro de aquella enorme granja.
Gilbert, que se encontraba conversando con otro hombre, lo sacó de su asombro al pedirle que se acercara.
—Señor Gil, le presento al que será aquí su persona de confianza, el señor François Bourgeois. Es el gerente de esta granja. —Ambos se quitaron el sombrero en señal de saludo—. Mi trabajo en la Escuela Veterinaria de Alfort no me permite quedarme con ustedes, pero pasaré por aquí a menudo.
El señor Bourgeois era un hombre menudo, en torno a la cuarentena, que vestía de forma exquisita con chaleco, calzones y casaca de terciopelo. El pelo canoso, casi blanco, lo llevaba recogido en una coleta, rizado a la altura de las sienes.
—Pueden contar conmigo para lo que necesiten, mi alojamiento se encuentra en el edificio principal —dijo el hombre, colocándose de nuevo el sombrero—.
Hemos dispuesto sus pertenencias en la estancia donde dormirán.
La pieza dispone de una chimenea y seis catres.
Imagino que desearán reposo después de tan largo camino.
Andrés asintió satisfecho y pidió a los pastores que los siguieran. Entre Gilbert y el mayoral, traducían las explicaciones de Bourgeois, quien les mostraba lo que sería su nuevo hogar durante el próximo año, ajenos a la silueta que los observaba desde una de las ventanas.