Capítulo 1
En la actualidad
La cafetería del personal es una sala modesta y apartada del bullicio de las terminales.
Las paredes lucen carteles descoloridos de protocolos internos y horarios rotativos de vuelos.
En el ambiente se palpa cierta fatiga acumulada, esa que se respira en los turnos largos.
Un par de pantallas emiten noticias sin sonido mientras, al fondo, una máquina de vending parpadea con insistencia, como si también pidiera un descanso.
El aire acondicionado sopla con desgana, mezclando el olor a café recalentado con el trajín de maletas y voces apresuradas. Carmen y Ernesto están sentados en una mesa junto a un ventanal tras el que despegan los aviones bajo un cielo limpio.
No se ven desde hace días. Ernesto revisó la programación de Carmen y pidió encontrarse con ella antes de su primer vuelo, pues tenía algo que enseñarle. Emocionado como un niño el día de su cumpleaños, saca de su mochila un ejemplar antiguo de La pícara Justina y se lo tiende a ella con orgullo.
—Lo conseguí en el Rastro —explica mientras acaricia con reverencia el lomo del libro—. Un amigo cuya familia tiene un puesto allí me avisó. Me ha costado hacerme con él, aunque no es una primera edición.
Lo sostiene con los pulgares rozando apenas las cubiertas de cuero agrietado, y continúa hablando:
—Es precioso, ¿has visto las tapas? —Sin esperar respuesta, abre el libro con delicadeza, como quien despliega un mapa antiguo—. Mira esto —dice, señalando una inscripción en la primera hoja—. Impreso en Madrid, 1780.
Sorprendida, Carmen alza la vista.
—Pocos años antes de la carta.
Él asiente entusiasmado.
—Exacto. Aunque la primera edición es del 1605, esta se acerca más a la fecha que nos interesa.
Y no solo eso, sino que es una de las primeras en la literatura española en tener una mujer como protagonista absoluta.
Una mujer que habla en primera persona, que se burla de las normas, que viaja, engaña, sobrevive.
Carmen hojea unas páginas, cada vez más impresionada.
—¿Y crees… que esto tiene algo que ver con la carta?
—No lo sé aún. Pero si alguien, en esa época, se inspirara en una figura femenina para contar algo o esconderlo, podría haber dejado pistas en lugares como este. No hay muchas Justinas que hayan sido recordadas en la historia, y menos con voz propia.
Sigue hablando de la encuadernación, de las páginas y de las notas que alguien escribió con letra diminuta sobre ellas.
Comenta una referencia al Lazarillo y una ilustración grotesca en el margen de una página.
Pero Carmen apenas logra seguirlo. Asiente de vez en cuando, pasa las páginas sin detenerse, sin leer. Algo en ella está lejos del aeropuerto.
—¿Qué opinas? —pregunta Ernesto mirando con la frente arrugada el libro.
—No lo sé. No parece llevarnos a ningún sitio.
El móvil de Carmen vibra entonces sobre la mesa.
Ella lo mira sin intención, por inercia, pero su expresión cambia al instante.
Es un mensaje de voz de Hugo. Lo coge con ambas manos, notando cómo los latidos se le concentran en el pecho.
Ernesto, sin decir nada, esboza una sonrisa y desvía la mirada.
Carmen conecta un auricular y la voz del veterinario aparece al otro lado, distorsionada por un ruido de fondo, supone que un tractor o algún vehículo lejano.
—Perdona por no haberte llamado antes —dice—, pero cuando regresé a casa la otra noche me avisaron de que una yegua se había puesto de parto. Se complicó y desde entonces no he parado. Espero que estés bien y que podamos volver a vernos pronto.
»Ah, se me olvidaba… He estado dándole vueltas a lo que me contaste de la carta de tu abuela.
Sabía que me sonaba de algo esa ciudad, Rambouillet.
Y ya he caído por qué. Es una granja donde tienen uno de los mejores rebaños de ovejas merinas, lo estudiamos en la Facultad de Veterinaria.
Estuve revisando algunas publicaciones recientes y encontré algo que tal vez te interese: se descubrió hace unos meses, en los archivos de la granja, un documento que igual tiene que ver con lo que me contaste.
El mensaje termina y Carmen ve que hay un archivo adjunto, así que lo abre. Cuando aparece en la pantalla la imagen de un manuscrito, ella levanta la vista hacia Ernesto y sus ojos lo dicen todo.