La sombra del mayoral Capítulo 43
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Capítulo 43

Casimiro se llevó la mano al estómago para acallar las tripas que le rugían desde hacía horas. Abrió el morral y, por tercera vez, comprobó que no le quedaba ni una sola migaja del pan repartido a primera hora de la mañana.

Apretó los párpados de forma inconsciente y recordó la última vez que comió carne: fue la caldereta que prepararon con una de las ovejas que los bandidos habían matado.

De eso hacía ya casi dos meses. «Ojalá pudiera comer un buen guiso ahora», pensó mientras contemplaba a una merina gorda que caminaba delante de él.

Sus tripas protestaron de nuevo, justo cuando lo invadió un sentimiento de culpa.

Después de tantos meses de camino, había cogido cariño a sus ovejas.

Faltaban pocas leguas para llegar a Rambouillet, o al menos eso les había asegurado el mayoral, que llevaba ya varios días racionando las provisiones.

Tras Burdeos, habían atravesado las regiones de El Périgord, Lemosín, la Sologne y la Beauce.

Los paisajes se repetían entre acacias y viñedos.

Casimiro nunca había visto unas tierras tan fértiles ni tan colmadas de agua.

Los campos y los bosques se extendían sobre llanuras verdes, plagadas de flores, pájaros, roedores y otros animales que corrían a esconderse a su paso.

Terminado el incidente con los ladrones, el camino por tierras francesas fue tranquilo, los mastines se recuperaron a los pocos días y el rebaño volvió a avanzar al ritmo previsto.

Andrés ordenó la última parada en la falda de una colina.

Si había entendido bien las explicaciones del lugareño con el que se acababan de cruzar, apenas les quedaban unas horas para llegar a Rambouillet.

Se tumbaron a descansar aprovechando los rayos de un sol cada vez más escaso.

Todos, excepto Liborio, que a unos metros de distancia recogía pajitas y las cortaba con esmero.

—¿Qué haces? —preguntó Casimiro, incorporándose para observar mejor.

—¿No has reparado en la Morena?

El chico buscó a la oveja que llamaban así por tener la cabeza algo más oscura que las demás. No tardó en dar con ella.

—Venid —pidió al zagal y a José.

Los pastores se aproximaron al animal, que apenas ofreció resistencia cuando José la sujetó entre sus piernas, siguiendo las indicaciones de Liborio.

Le dio la vuelta, tirando con fuerza de una de las patas traseras, y después tuvo cuidado de que no apoyara ni las patas ni la cabeza en el suelo, para evitar que pudiera girarse y ponerse en pie.

—Fíjate bien en el ojo derecho —dijo el experimentado pastor.

El zagal observó la nube blanca que lo cubría.

—Tenemos que empajar —explicó al mismo tiempo que introducía por la garganta de la merina una paja, insertándola con precisión en uno de los dos orificios que se encontraban en el paladar del animal.

Había calculado la longitud exacta que necesitaba para alcanzar el lagrimal del ojo afectado y así extraer la fina lámina blanquecina.

Una vez terminada la delicada operación, los hombres se tumbaron a descansar junto al Gurriato, que había contemplado la escena divertido, con una brizna de hierba entre los dientes.

Casimiro, en cambio, se alejó en dirección a la colina.

No le apetecía escuchar los comentarios sarcásticos del pastor.

Además, tenía el estómago revuelto. Desde lo alto divisó a Andrés, que caminaba hacia la cima para examinar el camino que aún les quedaba por recorrer.

El mayoral tenía la mano en la frente a modo de visera y escrutaba el horizonte con los ojos entrecerrados.

Al ver acercarse a Casimiro, señaló un punto en la distancia y sonrió.

Frágiles columnas de humo se elevaban desde los tejados de las edificaciones construidas junto a un inmenso bosque.

A poca distancia de la población, las almenas de un majestuoso palacio se alzaban en la lejanía.

Ambos se miraron con los ojos vidriosos.

—Hemos llegado —suspiró Andrés.

Lo que el mayoral no imaginaba era que, para él, la aventura acababa de comenzar.