La sombra del mayoral Capítulo 42
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Capítulo 42

Aún con la respiración entrecortada por el esfuerzo, el Gurriato acababa de reunirse con sus compañeros, que intentaban asimilar lo sucedido.

Frente a ellos, tres hombres yacían maniatados junto a un roble —dos seguían inconscientes—.

Cerca del redil, cuatro ovejas muertas formaban una estampa desoladora.

Casimiro los llamó entre las sombras:

—¡Venid! ¡Deprisa! Los mastines… —la voz se le quebró antes de terminar la frase.

Andrés y Liborio echaron a correr en su dirección con el corazón desbocado. Al llegar, se los encontraron tumbados en el suelo, junto a restos de huesos y gimiendo con la lengua fuera.

—Trae el candil. Necesitamos luz —ordenó Andrés al zagal.

Este regresó corriendo y, cuando alumbraron el cuerpo de los perros, comprobaron con horror que tenían los ojos enrojecidos, las pupilas dilatadas y un temblor constante en las patas.

—Veneno —confirmó Andrés en voz alta lo que los demás ya intuían.

—¡Esos malnacidos! —gritó Liborio con rabia, apretando los puños.

—Tenemos que hacerles vomitar cuanto antes…

Andrés rebuscó en su morral y sacó el remedio que le había entregado la boticaria, lo abrió y vertió unas gotas en la garganta de cada mastín.

Los pastores lo observaban conteniendo la respiración.

A los pocos segundos, los animales convulsionaron y jadeando con fuerza, empezaron a expulsar el contenido del estómago.

—Aguantad… —murmuró Andrés sujetando a uno de ellos.

Encendieron una hoguera cerca de los perros y el zagal se quedó a su lado, acariciándoles con manos temblorosas. Los animales, aún débiles, se dejaban hacer sin protestar.

Mientras tanto, los demás se ocuparon de los cuerpos de las cuatro ovejas degolladas.

La sangre seca en sus cuellos dejaba claro que habían muerto bajo el filo cobarde de una navaja.

No podían permitirse el lujo de dejar perder tanta carne, las despellejaron y colgaron los cuartos más limpios en ramas altas, lejos de la humedad y los insectos.

Aunque la rabia se les notaba en cada movimiento, no desperdiciaron ni un bocado.

El zagal no vio cómo se las llevaban. Estaba demasiado pendiente de los mastines, vigilando cada respiración.

Pero cuando las ovejas volvieron a agruparse, al día siguiente, supo con exactitud cuáles faltaban.

Después de dos meses de camino con el rebaño, las conocía a todas: por una mancha en la oreja, la forma del hocico, una torcedura en la pezuña o su forma particular de balar o caminar.

A todas les habían puesto nombre durante aquellas jornadas interminables.

Amanecía cuando el mayoral y los pastores se acercaron al árbol donde seguían atados los bandidos. Los liberaron uno a uno, sin dejar de amenazarlos con las navajas. Los hombres se marcharon con los músculos entumecidos y el rostro visiblemente exhausto.

—¡Y no volváis a atacar a un pastor! —gritó el Gurriato, despidiéndolos con la mano mientras imitaba la escena de Liborio la noche anterior—. ¡O ya sabéis lo que os pasará!

Los demás lo secundaron entre carcajadas, aliviando la tensión acumulada durante la noche.

—Mi padre me lo enseñó siendo yo mozo, cuando unos bandoleros nos asaltaron yendo a Extremadura —explicó Liborio—. Casi me muero del susto al verle perder la razón, pero dio resultado. El miedo puede ser tu aliado… y, a veces, tu mejor arma.

Todos felicitaron al pastor, entre elogios y palmadas en la espalda. Entonces Liborio, con una ceja levantada, se volvió hacia el Gurriato:

—Aunque no hubiera resultado tan bien sin la ayuda de este. ¿Dónde carajo te hallabas?

El Gurriato señaló un roble de ramas gruesas que se alzaba a unos metros del campamento.

—Cogí varias piedras y me subí sin hacer ruido. Desde allí observé y esperé hasta que lancé la primera con la honda.

—¡Vaya puntería! —exclamó José, aplaudiendo.

—¡Jamás vi tirador igual! —celebró Andrés.

—Ya no me burlaré de que no la sueltes ni para dormir —dijo Liborio.

Y volvieron a reír mientras los primeros rayos del sol borraban las gotas de rocío del campo.