Capítulo 41
En la actualidad
Carmen está a punto de irse a casa cuando Alicia aparece en la sala del personal de tierra.
Han pasado varias semanas desde su aventura y no han coincidido desde entonces.
El tiempo, que para su compañera se escurre entre toma y toma, para Carmen parece marcado por un reloj de pared que se ha quedado sin cuerda.
—Alicia, ¡qué alegría verte por aquí!
—He pasado a saludar, tenía ganas de veros.
—Pero ¡qué grande está! ¿Cuánto tiempo tiene? —pregunta una de las compañeras, que también se acerca.
Alicia lleva a su bebé en una especie de bolsa de varias telas que se enrollan alrededor del torso, dejando asomar una cabecita despeinada entre ellas.
Un remolino de gente se forma a su alrededor, entre carantoñas y ruiditos absurdos.
Alicia, que parece recién salida de la peluquería, agradece aquí y allí los gestos de cariño.
«¿Cuándo vuelves? Se te echa de menos. Aprovecha ahora que puedes, que luego se hacen grandes y ya no es igual. Mira el hijo de la jefa qué disgustos le da. ¿Y te has enterado de la última? Se han divorciado, sí, pero se veía venir…».
Carmen se siente empujada por una muchedumbre que, como una marea, la balancea expulsándola hacia fuera.
Termina por quedarse en un extremo, donde las cabezas y los murmullos ya no la dejan ver ni oír nada interesante, y decide salir de allí sin despedirse.
Las reuniones multitudinarias nunca fueron lo suyo.
«Puedo quedar con Alicia en cualquier otro momento», se autoconvence mientras sale del aeropuerto.
De camino hacia el metro, se deja llevar por las numerosas cintas transportadoras —le duelen demasiado los pies como para dar un paso más—.
Y aunque de vez en cuando se forma detrás de ella un tapón de pasajeros con maletas pesadas que no la pueden adelantar, ella los ignora por completo.
Fingiendo que no se da cuenta, Carmen aprovecha para mirar los mensajes del móvil.
La conversación con Hugo sigue congelada en la noche del concierto, en aquel último mensaje que él le dejó antes de marcharse, después de que ella se quedara dormida en el sofá.
Lo relee por enésima vez: «Descansa. Hablamos».
Carmen le escribió por la mañana para darle las gracias por acompañarla, pero por su parte no hubo más.
Ni un «¿cómo estás?» al día siguiente. Ni un emoji perdido que permitiera leer entre líneas. Solo un hueco.
Vuelve a bloquear la pantalla. No sabe si siente rabia, tristeza o ese cansancio que se instala cuando las cosas no suceden como una espera.
Después revisa la programación del próximo mes, que le acaba de llegar a la aplicación.
Comprueba sus días off , las imaginarias, los días francos y los que le toca trabajar.
Un rápido vistazo a los madrugones y los destinos.
Las «Noches en» —es decir, fuera de casa—, son tres esta vez: una en Fiumicino y dos en Nueva York.
Además, unos días libres a final de mes.
Tendrá tiempo de terminar la mudanza, pero también de alejarse de Madrid.
«¿Tal vez unos días en la playa? Pero ¿con quién?
», se pregunta mientras accede al vagón del metro.
Alicia no podrá dejar a su bebé para tomarse unos cócteles en un chiringuito de la Costa Brava con ella rodeadas de alemanes colorados.
Un chaval de unos dieciséis años se sienta frente a ella.
Mantiene la vista enterrada en la pantalla del móvil, cascos cubriéndole las orejas y una gorra de los Yankees encajada hasta las cejas.
Carmen lo observa como si intentara descifrar algo oculto tras esa fachada adolescente, pero el chico no se inmuta.
Está sumergido en su propio universo, ajeno a lo que lo rodea, tal vez atrapado en las fotos de algún colega, en un mensaje sin respuesta de la chica que le gusta o en un juego absurdo de explotar burbujas de colores.
No escucha. No ve. No está. Es una cápsula andante de aislamiento voluntario, una señal más de un mundo donde nadie se mira.
Donde el silencio está lleno de bits y notificaciones, pero vacío de miradas.
Mientras se arrebuja en su chaqueta, Carmen siente cómo el aire acondicionado del metro le eriza la piel. Al otro lado, el chico sigue moviendo los dedos, ajeno a lo demás. «Yo no sé a dónde voy. Y él, no está aquí. Y así va el mundo, cada uno en su nada particular».
Se levanta en la siguiente parada y lo mira por última vez.
Él no levanta la vista. Ni siquiera nota que alguien se ha ido.
Carmen se siente entonces como un fantasma, una sombra que se esfuma entre dos estaciones.
Después de varias escaleras mecánicas, sube a la superficie y atraviesa la calle aprovechando que el semáforo está en verde.
Desciende la calle que desemboca en su portal y busca las llaves.
En la acera de enfrente sigue aparcado el mismo coche negro desde hace varios días, pero Carmen no se fija en ello, sino que abre la puerta y mira su reloj. Tiene once horas y treinta y cinco minutos hasta el próximo vuelo.