La sombra del mayoral Capítulo 40
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Capítulo 40

Los llevaron junto a la hoguera después de despertarlos a patadas. Uno a uno, fueron saliendo de sus mantas, aturdidos por el sueño y el miedo. Andrés contemplaba la escena con las manos en alto, intentando mantener la calma. El rostro tenso, pero los ojos fríos y calculadores.

No tenían ninguna posibilidad de hacerles frente. Los bandidos eran cinco, uno más que ellos, y les apuntaban con navajas. Vestían ropas sucias, algunos con chaquetas militares deshilachadas, y hablaban entre dientes en un francés cerrado, salpicado de palabras que no alcanzaban a entender.

El mayoral miró de reojo hacia el bosque, hacia los árboles tras los que había desaparecido el Gurriato. ¿Seguiría allí? ¿Habría huido? ¿Estaría tratando de pedir ayuda? A esas horas, en un país extranjero, aquello era impensable. Andrés solo podía confiar en que su amigo no hiciera ninguna locura.

Casimiro, pálido como la cera, se arrimaba a sus compañeros como si buscara meterse bajo su piel.

Tiritaba, no por el frío, sino por el terror que lo embargaba.

Liborio se había quedado inmóvil, con las manos entrelazadas en el regazo y la mirada clavada en un punto indefinido de la oscuridad.

Murmuraba una oración en voz baja, como un salmo aprendido en la infancia.

Uno de los bandidos —el más bajo, de barba desaliñada y una cicatriz en la ceja— se acercó a José y le dio un empujón con el pie para obligarlo a avanzar. El mayoral se adelantó un paso.

—Déjale —dijo, en un francés rudimentario—. ¿Qué queréis?

El bandolero lo miró con desprecio, luego alzó su cuchillo señalando los morrales y Andrés entendió al instante.

—Quieren comida. Y dinero —susurró para los demás—. Todo lo que tengamos.

Sacaron despacio lo poco que llevaban encima: pan duro, un trozo de tocino envuelto en tela, algunas monedas de cobre. Nada que pudiera satisfacer a aquellos hombres.

El que parecía el cabecilla, pues vestía una casaca de cuero ajada y un cinturón ancho del que colgaban varias navajas, les sonrió con una mueca desdentada y mandó a dos de sus hombres a rebuscar entre las alforjas y los escasos enseres de sus prisioneros.

—No tenemos nada más, somos simples pastores —explicó Andrés lo mejor que pudo, ayudándose de señas.

Pero lo único que recibió por respuesta fue un golpe seco en la espalda que lo hizo desplomarse de bruces. Liborio y José le ayudaron a incorporarse mientras el mayoral contraía el rostro en una mueca de dolor.

Sacaron sus pertenencias y, tras esparcirlas por el suelo, parecieron decepcionados por no encontrar algo de mayor valor.

Cuando se cansaron de rebuscar, el cabecilla señaló al redil en el que las ovejas se movían nerviosas, intuyendo el peligro.

Los dos hombres más corpulentos saltaron las cuerdas de esparto y desaparecieron en las sombras del recinto.

El primer balido de dolor, gutural y sordo, acompañado por el ruido de los cencerros y de las patas de las ovejas, hizo reaccionar a los pastores, que hasta ahora guardaban silencio.

—¿Estáis locos? —gritó Liborio.

—¿Pensáis matar a cuatrocientas ovejas? —exclamó José.

Solo obtuvieron por respuesta un segundo balido roto y desesperado.

—Dinero —pidió el cabecilla, haciendo un gesto con la mano y enseñando sus dientes podridos al escucharse otro balido.

Si les entregaba las monedas que tenían, Andrés sabía que no podrían continuar el viaje, ya que faltaban demasiadas leguas para llegar a Rambouillet. Pero aquellos hombres parecían decididos a matar todo el rebaño si no les daban lo que querían.

El mayoral se incorporó y avanzó hacia un extremo del claro.

Uno de los hombres lo siguió con cautela, sin dejar de apuntarle con la navaja, mientras el resto aguantaban la respiración.

Sus pies se pararon junto a tres piedras que él mismo había colocado horas antes, a escasos metros de la hoguera.

Estaba a punto de agacharse cuando escuchó un golpe seco.

El hombre que tenía delante se tambaleó antes de caer de espaldas contra el suelo. Andrés vio como un reguero de sangre le descendía por la frente. Desde la distancia en la que se encontraban, los demás no podían apreciar el impacto.

Lo que ocurrió después sucedió en cuestión de segundos.

Liborio se puso de pie de un salto y comenzó a recitar a pleno pulmón una oración acusadora en latín, señalando con el dedo a cada uno de los bandoleros. Giraba sobre sí mismo y ponía los ojos en blanco, como poseído por una fuerza divina o por el mismo demonio.

En el preciso momento en el que apuntó al hombre que tenían más cerca, este cayó fulminado, provocando un estruendo al caer. El golpe sacudió el aire y dejó a los demás inmóviles, como si el miedo se les hubiese agarrado a la garganta.

Los primeros en huir fueron los dos ladrones que se encontraban dentro del redil.

Desde allí habían asistido, muertos de miedo, a los sortilegios que el pastor lanzaba sobre sus compañeros.

Su jefe los increpó a gritos para que volvieran, intentando hacerse escuchar por encima de la letanía de Liborio, pero no tuvo éxito.

Andrés se acercó con paso firme al cabecilla, empuñando en actitud amenazante la navaja del primer caído, mientras José, Casimiro y Liborio se apresuraban a atar de pies y manos a los dos ladrones heridos.

Aunque también iba armado, el líder comprendió que ahora eran cuatro contra uno y que no tenía posibilidades de salir victorioso.

Con gesto resignado, dejó caer su cinturón de navajas al suelo y levantó las manos en señal de rendición.