Capítulo 39
En la actualidad
El sonido del bajo le atraviesa el pecho incluso antes de cruzar la puerta. Carmen llega al concierto acompañada por Hugo, que la observa con una sonrisa serena mientras avanzan entre la gente. La sala está a medio llenar, pero la música ya se cuela por todos los rincones.
Antes de entrar, ambos han tenido tiempo de ponerse al día, de charlar delante de unas raciones en el bar favorito de Carmen, un restaurante gallego en el que sirven tapas como las de antes y en el que ya conoce por su nombre a los camareros.
El tiempo pasaba tan rápido que ninguno de los dos se ha dado cuenta de la hora, hasta que Carmen ha recibido un mensaje de su amigo: el concierto estaba empezando.
Nada más entrar en la sala, Ernesto los ve y se acerca sonriente.
—¡Qué bien acompañada te veo, Carmen! —le dice, alzando las cejas con intención. Se saludan con un par de besos antes de que las palabras sobren, porque la música se impone y los arrastra. Ernesto desaparece entre la gente y ellos se mezclan con la multitud.
Carmen no suele beber, pero esta noche hay algo distinto y decide invitar a su acompañante a varias cervezas.
Tal vez sea el calor de tantos cuerpos juntos, el alcohol que sube despacio o la manera en que Hugo la mira.
La música los mece, y ellos se dejan llevar.
Sus cuerpos están cada vez más próximos, sus manos se rozan y, en algún momento, sin saber cómo, están besándose.
Ella se siente torpe, le parece que el recuerdo de besar se le ha oxidado mientras la noche avanza a trompicones.
Percibe que el suelo bajo sus pies pierde firmeza; en lugar de caminar, se desliza, mecida en un sueño espeso.
Todo a su alrededor se desplaza con lentitud, la realidad se afloja en los bordes.
El concierto termina con un último acorde que se suspende en el aire y se resiste a abandonar el escenario.
Al unísono, una ola de aplausos estalla desde el público y recorre la sala como un relámpago cálido.
Carmen agita las manos aún vibrando, la piel erizada y la emoción en el cuerpo.
Los músicos, sonrientes, se acercan al borde del escenario y saludan con gestos desenfadados.
Las luces se encienden lentamente, devolviendo al público a la realidad con una claridad incómoda.
La magia se disuelve, pero queda una estela: rostros encendidos, conversaciones entrecortadas, gente que aún no quiere irse.
Carmen intercambia una mirada con Hugo y se deja arrastrar por el lento avance hacia la salida.
A su lado, él no parece tener prisa. Le ofrece un brazo para que se apoye y ella acepta, agradecida.
Fuera, el aliento cálido del asfalto les golpea la cara y Carmen se tambalea.
—¿Estás bien? —pregunta él.
—Algo mareada —admite ella, pestañeando.
El taxi no tarda en llegar. Dentro, el coche se convierte en un refugio, pero la cabeza le da vueltas.
El silencio entre ellos no es incómodo, solo denso.
Carmen apoya la frente en el cristal de la ventanilla.
Las luces de la ciudad se estiran como hilos dorados que se cruzan, se enredan, desaparecen.
Se concentra en su respiración, siguiendo el ritmo del pecho, de los latidos que se le han subido a la garganta.
Cuando el taxi se detiene, Carmen siente que el estómago se le revuelve. Intenta respirar hondo, pero el mundo se balancea demasiado rápido.
—Vamos —dice él, rodeándola con un brazo mientras la ayuda a bajar.
Frente al portal, Carmen rebusca torpemente en el bolso, hasta dar con las llaves.
Suben al ascensor y al llegar al quinto, Hugo le abre la puerta de la casa.
Es ahí cuando, nada más poner un pie en el salón, Carmen corre al baño, se arrodilla frente al inodoro y el cuerpo le estalla hacia fuera.
Vacía lo que la noche le ha metido dentro.
Sale del baño roja de vergüenza, con el pelo pegado a la frente.
—Dios mío, qué desastre… —murmura Carmen.
—No pasa nada —responde Hugo, acercándole un vaso de agua que acaba de llenar en la cocina—. De verdad, me paso el día analizando vómitos y mierdas de animales.
Carmen suelta una risa débil.
—Espero que no me estés comparando con una cabra.
—No pretendía, pero no te imaginas la enorme similitud que tenemos con los otros mamíferos.
Ella se deja caer en el sofá, todavía temblorosa, y se arropa con una manta que estaba encima de una de las cajas.
—No veo muchos libros de historia del arte, pero cómics tienes para llenar una biblioteca —comenta Hugo, fijándose en los lomos de los libros que hay en la estantería y sobre el sofá.
Carmen asiente, toma un sorbo de agua y observa el libro de Julio Verne que sacó de la maleta tras el último vuelo y dejó junto a otros pendientes de colocar en un rincón.
Entonces comienza a hablar, como si el mareo también hubiera aflojado las palabras.
Primero le explica la historia de la carta encontrada en casa de su abuela, después le cuenta la leyenda y por último, el motivo real que la llevó a Fuentidueña.