La sombra del mayoral Capítulo 38
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Capítulo 38

Andrés se despertó sobresaltado. El corazón le palpitaba con fuerza y las manos le temblaban, empapadas en sudor.

Miró a su alrededor. Liborio, José y Casimiro dormían a pierna suelta, envueltos en un coro de ronquidos.

Más allá, el Gurriato montaba guardia junto a la hoguera, sentado sobre un tronco de roble caído.

El mayoral se incorporó sin hacer ruido y se acercó al pastor que vigilaba a las ovejas.

Estaba inclinado sobre un cuerno de vaca en el que tallaba varias líneas con paciencia.

Andrés observó cómo tomaba un poco de tierra oscura con la yema de los dedos y la frotaba con esmero sobre las incisiones para que quedaran marcadas.

—¿Otra vez los malos sueños? —preguntó sin alzar la vista, al notar la presencia del mayoral.

Andrés tomó asiento a su lado.

—Ha sido una jornada larga y llevamos muchas leguas de camino —dijo en voz baja.

El Gurriato señaló con la barbilla sus pies hinchados, bajo la luz temblorosa de la lumbre.

Se había quitado las albarcas y los peales, esa tela de saco que enrollaba en los pies antes de calzarse para protegerse del frío.

Durante unos minutos, continuó su tarea, hasta que, satisfecho con el resultado, guardó el cuerno en el morral y miró a Andrés.

Las luces y sombras provocadas por las llamas se movían como traviesas criaturas sobre los rostros de los dos pastores.

—¿Lo imaginabas así? —preguntó el mayoral.

—¿A qué se refiere?

—A Francia.

El Gurriato reflexionó unos segundos antes de responder:

—Mmm… Aparte de los viñedos, que por aquí hay muchos, no veo diferencia. Solo que las mujeres son más feas.

Andrés soltó una carcajada.

Se habían instalado para pasar la noche a los pies de un bosque de castaños y robles, cerca de un molino, en algún lugar indefinido de la región de las Landas. La noche era agradable y estrellada, con un viento cálido del sur que los acompañaba desde hacía varios días.

Después de las penalidades sufridas durante la travesía de los Pirineos nevados, el camino volvía a ser benigno.

El clima se había vuelto apacible, los pastos eran verdes y abundantes, y las ovejas avanzaban con buen ritmo.

Salvo por algún cambio de herradura en las mulas, la cura de heridas en las patas de varias ovejas y un par de tormentas de verano, los pastores no encontraron mayores contratiempos en el país vecino.

Cada vez que atravesaban un pueblo, grupos de curiosos los rodeaban y los niños los acompañaban dando brincos. Andrés aprovechaba esos momentos para entablar conversación con los locales, al principio por señas y poco después con las palabras que iba memorizando.

Liborio, el Gurriato, José y Casimiro se reían de aquella forma de hablar y preferían no mezclarse con esas gentes porque habían escuchado decir que les podían contagiar la peste o incluso la rabia.

Sin embargo, los pastores de aquel país no eran muy distintos de los de su pueblo, con el cayado, la zamarra y el mismo rostro apaleado por la vida.

—Es que como las segovianas… —murmuró el Gurriato mientras se calzaba.

Andrés escuchó entonces un gruñido y agudizó el oído, pero no pudo apreciar nada más.

—¿Dónde están los perros? —preguntó al no distinguirlos entre las sombras.

—Se fueron a ese lado del redil a morder los huesos —indicó el Gurriato, que se incorporó y se alejó tranquilo hacia la espesura del bosque.

Era extraño que ninguno de los tres mastines estuviese a la vista, pero resultaba imposible desconfiar de los perros.

Para ellos las merinas no eran una responsabilidad ni una carga, sino su verdadera familia.

Se habían criado entre ovejas desde cachorros, aprendiendo a distinguir sus olores, a comprender los balidos, a moverse al ritmo pausado del rebaño.

Sabían cuándo una oveja se extraviaba, cuándo enfermaba, cuándo tenía miedo.

Dormían junto a ellas, las rodeaban al caer la noche y eran los primeros en percibir cualquier amenaza, por leve que fuera, aunque llegara con el viento.

No necesitaban órdenes. Su instinto era el de proteger, y su fidelidad no era hacia los hombres, sino hacia las lanudas criaturas que caminaban junto a ellos día tras día, entre polvo, lluvia o nieve.

Si alguna moría, los mastines olisqueaban el cuerpo con la gravedad de quien ha perdido a un igual, a un miembro de la manada.

Ladraban al cielo, inquietos, como si supieran que faltaba una pieza en el engranaje del rebaño.

El vínculo que los unía a las ovejas era antiguo, silencioso e inquebrantable.

En su mundo no existía otra lealtad más pura.

Terminaba de hacer sus necesidades tras uno de los robles que bordeaban el claro, cuando el Gurriato escuchó un ruido seco, como de ramas quebrándose, que le hizo contener la respiración. Se incorporó con cautela y asomó la cabeza entre el follaje, guiado por el reflejo anaranjado de la lumbre.

El vello de la nuca se le erizó al instante. No tuvo tiempo de gritar ni de correr hacia el campamento. Apenas pudo dar un paso antes de congelarse: en cuestión de segundos, cinco sombras salieron de entre los árboles y rodearon al mayoral, que acababa de alzarse para añadir un tronco al fuego.

Todo ocurrió en un silencio aterrador. Como lobos al acecho, los hombres se movían con decisión y sigilo. Llevaban los rostros semicubiertos y uno de ellos portaba una navaja larga como un brazo. Andrés apenas tuvo tiempo de volverse cuando una bota lo empujó de rodillas.

El Gurriato retrocedió y contuvo el aliento. Debía actuar, pero no sabía cómo.