La sombra del mayoral Capítulo 37
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Capítulo 37

En la actualidad

Carmen lleva el móvil en el bolsillo de los vaqueros con el volumen al máximo, por si acaso suena.

Hoy en su programación le toca una imaginaria, esas doce horas de guardia en las que los tripulantes de cabina deben estar disponibles.

Si le llega un aviso, tiene que llegar a la sala de firmas del aeropuerto en menos de una hora para coger el vuelo.

Ha pasado la mañana tumbada en el sofá, absorta en la lectura. El sol entra a ráfagas por las rendijas de las persianas, proyectando líneas doradas sobre las cajas de mudanza aún apiladas en las esquinas del salón, como si el tiempo se hubiera detenido justo después de su llegada.

El día anterior, aprovechando que el último vuelo no aterrizó demasiado tarde, se permitió un pequeño lujo: una ducha rápida, ropa cómoda y una caminata sin rumbo fijo por el centro de Madrid.

El buen tiempo, ese que parece instalarse sin pedir permiso, ya reinaba sobre la ciudad.

Las terrazas de las plazas hervían de gente, con camareros desbordados intentando abrirse paso entre risas, cañas y platos de bravas, que nunca llegaban lo bastante rápido, mientras un músico callejero tocaba la guitarra frente a la entrada del metro.

Carmen desvió sus pasos hacia Tirso de Molina y entró en su tienda de cómics favorita.

El dependiente —un tipo amable, con un piercing en la nariz y brazos tatuados hasta los nudillos— la recibió con una sonrisa y una pila de novedades bajo el brazo.

Le habló con entusiasmo de los últimos títulos recién llegados y Carmen salió de allí con dos cómics bajo el brazo.

Esos dos libros, que la retuvieron en el sofá hasta bien entrada la noche, son los mismos que ahora justifican que las cajas sigan sin abrir, esperándola en cada rincón.

Mientras coloca en el armario la ropa ya seca de la última colada, una melodía estridente la sobresalta.

Sin embargo, no están llamando desde el aeropuerto, al menos no de la central, porque el número que aparece en pantalla es el de Ernesto.

«Espero que Alicia no se lo haya contado», piensa y descuelga.

—¿Qué tal? —pregunta Ernesto—. Alicia ya me ha contado.

—Mierda —suelta Carmen, alejando el teléfono de la oreja.

—¿Pasa algo?

Carmen ofrece a Ernesto una explicación al malentendido sobre ella, él y su pareja, pero lo único que consigue es atragantarse con las palabras y expresarse con frases sin sentido lógico alguno.

—No sé a lo que te refieres —se extraña su amigo al otro lado de la línea—, te llamo porque Alicia me ha explicado lo de Fuentidueña.

—¡Ah! Claro, la leyenda, sí —responde aliviada—. Ya sabes, en los pueblos mucho son habladurías. Resulta que algunos piensan que los americanos no solo llegaron a su pueblo por el valor histórico del ábside románico de la iglesia de San Martín, sino que creen que allí había algo más.

—¿Un tesoro?

—Eso es. Pero yo no le daría credibilidad. Imagínate, en 1957, en plena dictadura, que vinieran unos hombres desde el otro lado del mundo era algo extraordinario y eso dio que hablar. Ahora cada uno lo cuenta a su manera y así se fueron creando las leyendas.

—La verdad es que resulta curioso que se llevaran el ábside y lo reconstruyeran en Manhattan —reconoce Ernesto.

—¿No te irás a creer tú también lo del tesoro?

—No me fio nada de los norteamericanos —contesta divertido—, por eso siempre te dejo los vuelos a Estados Unidos.

—Ambos sabemos que te mueres porque te den ese destino, pero siento decirte que este año es mío —ríe Carmen.

—Ya llegará mi momento… Volviendo al tema de san Martín, creo que toda leyenda tiene en sus orígenes una pequeña parte de verdad.

—En este caso, Ernesto, me cuesta creerlo. Además, Alicia tuvo la sensación de que en el pueblo siguen dolidos por esa venta poco transparente, que prometía mucho, pero que no los sacó de la miseria.

—¿No puede ser la misma leyenda de la que habló tu abuela?

—Nunca lo sabremos.

—Aun así, tenemos que seguir buscando por las iglesias de la zona hasta que demos con algún indicio.

Carmen niega con la cabeza. No tiene ninguna gana de seguir jugando a ser Indiana Jones mientras las cajas aún invaden cada rincón de su casa.

—Pero antes —continúa Ernesto—, si te apetece, puedes venir al próximo concierto de Marcos. Mañana tocan en una sala del centro.

—Claro —responde más tranquila que la última vez, ahora que todo parece haberse aclarado en su cabeza—. Allí estaré.

Apenas ha colgado cuando la pantalla del móvil se ilumina con un nuevo mensaje. El corazón le da un brinco al ver el nombre.

«Mañana voy a Madrid. ¿Nos vemos?».