Capítulo 36
Los primeros copos cayeron antes del anochecer y con tanta intensidad que, en apenas unos minutos, el paisaje se cubrió por un manto blanco. Los animales se acurrucaban entre ellos, dándose calor, y los pastores dentro del chozo se aproximaban, hasta casi quemarse, al fuego de la lumbre.
—Este año se han adelantado las primeras nieves —se quejó Andrés, mirando preocupado a las ovejas, que no podrían comer hierba y balaban inquietas tras las redes de esparto.
—¿Mal de ojo? —sugirió Liborio.
—Ya está el otro con las absurdas supersticiones —replicó cabreado el Gurriato, así que Andrés intervino para hacerlos callar. No tenía ganas de disputas.
Se fueron a dormir con las ropas mojadas, sobre lechos improvisados de paja entre cuatro paredes de piedra húmeda.
El techo del chozo, compuesto de ramas, barro y musgo, crujía con el peso de la nieve acumulada.
Cada vez que el viento silbaba, las rendijas dejaban pasar ráfagas de aire helado que apagaban el calor de las brasas y les arrancaban temblores involuntarios.
—Los días son duros —murmuró Casimiro, con la voz entrecortada por el frío, mientras le castañeaban los dientes—, pero las noches… son aún peor.
Tenía los labios amoratados y las manos enrojecidas.
Había rezado todas las oraciones que su madre le había enseñado de niño: el padrenuestro, el credo, el avemaría…
Incluso repitió la letanía de los santos, por si servía de algo.
Cada noche le pedía a Dios lo mismo: que les permitiera llegar sanos y salvos a Francia, que las ovejas resistieran el camino, que a ninguno se lo llevara el hielo o el hambre.
—Ya pasará, muchacho —lo animó Liborio—. Ninguna nevada dura toda la vida.
El zagal asintió en la oscuridad, aunque nadie podía verle. Andrés alimentaba el fuego raquítico del hogar, lanzando astillas poco a poco para no gastar la leña. Observaba las llamas danzar en la penumbra y pensaba en las palabras de su compañero.
A la mañana siguiente, un rayo de sol que se filtraba por el hueco del techo que funcionaba como respiradero, despertó a Casimiro.
Lo primero que notó fue la humedad de la manta con la que se cubría y que tardaría semanas en secarse.
En el exterior, la nieve lo cubría todo.
El aire seguía helado, pero la luz dorada anunciaba una tregua.
Al salir, se unió al resto de los pastores, que llevaban ya un buen rato en pie.
Lo esperaban con gesto grave y le mostraron, sin necesidad de palabras, los cuerpos rígidos de varias ovejas y un carnero.
Habían sucumbido al frío durante la noche, pese a los esfuerzos por resguardarlos.
Se pusieron en marcha con dificultad, pues las pezuñas de los animales resbalaban en los tramos helados o se hundían en la nieve blanda.
Con los pies encharcados y la ropa pegada al cuerpo por la humedad, Casimiro había perdido la sensibilidad en los dedos y avanzaba con la sensación constante de que en cualquier momento iba a caer.
Uno de los mastines se acercó a él y le lamió las manos que hace rato habían dejado de poder sujetar el cayado.
Al mismo tiempo que avanzaban descendiendo en altura, el clima se volvía más favorable. El sol hacía brillar la nieve sobre el suelo y cada copo reflejaba la luz como si de diminutos cristales se tratase, creando un resplandor deslumbrante.
El sonido de sus pies hundiéndose en la nieve dio paso al del goteo incesante del deshielo que caía desde las hojas de los árboles. Los pájaros volvieron a cantar cuando, al final del valle, llegaron a Saint-Jean-Pied-de-Port y se instalaron en una pradera verde para pernoctar.
«Detesto las noches sin luna», pensó el zagal tras tropezar varias veces con las piedras al regresar de hacer sus necesidades. Junto al fuego, cuatro hombres derrotados por el cansancio cenaban la carne de una de las ovejas que no sobrevivió al frío.
—Se llamaba Castaña —dijo Liborio, rebañando un hueso antes de lanzarlo a los perros—. Una lástima.
Casimiro cerró los ojos con fuerza varias veces.
—¿Qué tienes en la vista, zagal? —preguntó el Gurriato, señalándole la cara—. Me pones nervioso con eso. ¿Tienes algo metido desde que salimos de Villacastín o es que te da por parpadear así cuando estás pensando tonterías?
—Me pasa desde que murió mi padre —respondió Casimiro, bajando la mirada.
El Gurriato chasqueó la lengua, incómodo, y escupió hacia un lado.
—Déjale en paz, Pedro —pidió Andrés, que solo usaba su nombre de pila cuando quería que entendiera que hablaba en serio. Con un gruñido, el pastor se removió en su manta y acató la orden.
El fuego crepitaba frente a ellos. Aunque ya no había nieve, el frío seguía calando los huesos. Casimiro, temblando, se acercó un poco más a las brasas y estiró las manos con los dedos tensos, amoratados.
—A veces veo la cara de mi padre —confesó en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Cuando cierro los ojos…, está ahí. Mirándome.
Liborio, que masticaba un trozo de pan duro, tragó y lo miró de reojo.
—Eso no es malo, muchacho. Mientras lo veas, es que no se ha ido del todo.
—No lo digo por eso —murmuró Casimiro—. Es que a veces no sé si me mira porque está orgulloso… o porque se avergüenza.
Andrés suspiró sin apartar la vista del fuego.
Nadie habló ni se movió durante un buen rato.
Solo los perros, medio dormidos, giraban de vez en cuando la cabeza, siguiendo algún crujido lejano, mientras las llamas de la hoguera iluminaban a los pastores, perdidos en la niebla de sus propios fantasmas.