Capítulo 35
En la actualidad
Parece que al hombre le han dado cuerda, porque desde hace un buen rato rememora su infancia con Carmen y Alicia como audiencia.
Mientras habla de aquellos días en los que se entretenía cortando la cola a las lagartijas y matando pájaros con el tirachinas, se les acerca un joven, acompañado de un perro de pelaje canela.
—Antonio, le están esperando en la plaza para echar la partida —dice al anciano.
—Pues que esperen, Hugo. No creo que tengan mucho más que hacer. Estoy ayudando a estas mozas, que buscaban la iglesia de San Martín.
El chico les dedica una sonrisa amable mientras sujeta con fuerza la larga correa del perro.
—Me temo que poco vais a encontrar aquí de la iglesia.
Ellas asienten al mismo tiempo que los cuatro echan a andar por el camino de regreso al pueblo.
El anciano avanza despacio, apoyando el peso de su cuerpo en la garrota, y Alicia se coloca a su lado temiendo que en cualquier momento se deslice ladera abajo.
Sin embargo, el hombre conoce aquel camino como la palma de su mano y la que sí resbala por culpa del fango es Carmen.
Su pie izquierdo se desplaza hacia un lado y, antes de que pueda reaccionar, pierde el equilibrio.
En un abrir y cerrar de ojos, se encuentra con el culo y las manos hundidos en el barro.
El joven se apresura a ayudarla a levantarse. Carmen, entre risas nerviosas, maldice y se disculpa por llenarle también las manos de barro.
—¿Estás bien? —pregunta Hugo.
—Sí —responde ella mientras se limpia las palmas pringosas en los vaqueros. Siente dolor en el coxis, pero prefiere no mencionarlo, esperando que se le pase pronto.
—Esas botas que lleváis ahora los jóvenes las carga el diablo —apunta el anciano, que calza unas viejas zapatillas desgastadas.
Se ponen en marcha de nuevo mientras el perro, ahora suelto, corretea con la lengua fuera.
—Resulta increíble que se llevaran la iglesia piedra a piedra hasta Nueva York y que nadie lo impidiera —comenta Carmen, intentando pasar página sobre su absurdo culetazo.
—No se valora lo que se tiene hasta que se pierde —añade el dueño del perro—. ¿Sois de por aquí?
Carmen niega con la cabeza.
—Estamos haciendo un estudio sobre el románico de las ermitas de la zona —se oye decir a Alicia, que camina unos pasos más atrás, junto al señor Antonio, y les suelta el mismo discurso que a la señora que les abrió la puerta de la primera iglesia.
—¿Y tú? —pregunta Carmen, calculando que deben de tener más o menos la misma edad.
—Vivo aquí con Nero, este grandullón —contesta, señalando al perro.
—¿De verdad? ¿Pero cuántos habitantes tiene el pueblo?
—Aparte del señor Antonio y de mí, censados hay unos ciento cincuenta, pero en realidad vivimos aquí todo el año menos de cien personas.
—Carmen se queda con la boca abierta mientras el chico, divertido por la expresión de la joven, continúa hablando—: Entre gallinas, gatos y conejos, somos unos cuantos más, pero imagino que esos no cuentan —añade con tono burlón.
La joven contempla las manos de Hugo. Parecen ásperas, acostumbradas al trabajo a la intemperie. A través del chubasquero, todavía salpicado con algunas gotas de lluvia, se intuye un torso fuerte y definido.
—¿A qué te dedicas? —pregunta curiosa.
—Soy veterinario —contesta Hugo con una sonrisa, como si esperara la pregunta.
—¿Y qué se hace en un pueblo como este los días de lluvia? Además de echar la partida, claro —pregunta Carmen mientras mira al anciano, que avanza charlando junto a su amiga, a unos metros de distancia.
—Supongo que, para alguien de ciudad, no se hace nada productivo.
Carmen pone cara de no entender, así que Hugo intenta explicarse mejor:
—Nos han hecho creer que mirar escaparates iluminados es más valioso que contemplar un cielo estrellado, o bien que el ruido caótico del tráfico vale más que el murmullo de un río o el canto de los grillos en verano —razona acariciando a Nero, que se mantiene ahora a su lado—.
¿De verdad necesitamos la ciudad para sobrevivir?
Al contrario, creo que estamos olvidando lo que significa realmente vivir.
Carmen no dice nada. Siente que, por primera vez en mucho tiempo, alguien ha puesto en voz alta algo que ella misma había pensado en más de una ocasión. El perro, ajeno a la profundidad de la conversación, se sacude las gotas del lomo con un movimiento brusco.
—Nunca lo había visto así. A veces tengo la sensación de ir demasiado rápido, de no saber ni a dónde. Quizá debería venir más a menudo —confiesa Carmen divisando los tejados irregulares del pueblo bajo el cielo encapotado.
—Aunque no todo es maravilloso —aclara Hugo—. En los pueblos también hay soledad y oscuridad.
Carmen lo mira de reojo.
—¿Oscuridad?
—Sí. Los inviernos son duros. Puedo pasar una semana entera sin cruzarme con nadie. A las seis de la tarde, ya es de noche y todo se apaga. Las calles están vacías, las ventanas cerradas… En la ciudad, al menos, puedes ver otras caras y escuchar otros ruidos. Sentir que el mundo sigue girando.
—Debe de ser difícil.
—Supongo que sí —responde Hugo tocando la rasta solitaria que le cuelga de la nuca, como un vestigio de juventud rebelde—.
Pero aprendes a verlo diferente cuando llevas un tiempo aquí.
La forma en que cambia la luz, el olor de la tierra después de la lluvia o el canto de los pájaros hacen que merezca la pena.
Continúan el paseo hacia el pueblo, charlando hasta llegar a la plaza. Allí, varios hombres y mujeres de la edad del señor Antonio los observan llegar con curiosidad, sentados sobre un rústico banco de piedra.
Antonio no tarda en desaparecer tras las tiras de plástico de una cortina ajada por el tiempo, sobre cuyo dintel aún se distingue un letrero que reza: «Estanco».
Alicia responde a las preguntas de los allí presentes y escucha los relatos de la que parece ser su historia predilecta: la del día en que los americanos se llevaron la mitad de su iglesia.
Mientras tanto, percibe de reojo cómo Carmen y Hugo continúan hablando, ajenos a la tormenta que se avecina.
El cielo vuelve a rugir sobre sus cabezas, en un gruñido profundo que precede a la lluvia que empieza a caer.
Hugo se coloca la capucha con un gesto rápido, sonríe —ya con las gafas sembradas de gotas— y se despide antes de perderse, junto a su perro, entre las callejas.
Los demás corren a refugiarse bajo los soportales de la plaza, intercambiando despedidas apresuradas con las jóvenes, que también se marchan esquivando los charcos.
Un automóvil negro se desliza junto a ellas justo cuando están abriendo las puertas del coche de Carmen.
A través de los cristales velados por la lluvia, se adivinan dos figuras en el interior: apenas siluetas borrosas, inmóviles.
Carmen siente un escalofrío. Hay algo en ese coche que le resulta familiar.
Pero la sensación se disuelve en cuanto cierra la puerta y el mundo exterior queda fuera, silenciado por las gotas golpeando el techo.
Una vez dentro, aún con la respiración entrecortada, Alicia la mira divertida.
—¿Qué te parece el hippie ?
Carmen hace un gesto de indiferencia mientras se toca el pelo mojado.
—Venga, si hasta he visto cómo te daba su número de teléfono.
—Eso es porque también le gusta la historia del arte y me va a pasar algunos títulos de libros sobre el románico en la zona —explica Carmen.
—No es mala excusa para ligar…
—Déjalo, Alicia, hoy no quiero más sorpresas.
—Pues ya verás cuando sepas lo que me han contado el señor Antonio y la gente del pueblo mientras tonteabas —sonríe Alicia.