La sombra del mayoral Capítulo 34
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Capítulo 34

José llegó por su propio pie a la pradera en la que pastaban las ovejas.

El primero en verlo fue Casimiro, que se abalanzó sobre él y le contó, mientras caminaban hacia el chozo, las anécdotas vividas durante aquellos días de espera.

Los demás le recibieron con abrazos y palabras de asombro, pues su buena cara nada tenía que ver con la del José moribundo que se llevaron al hospital una semana antes.

El yuguero reconoció no acordarse de nada durante los primeros días, excepto del dolor insoportable de estómago.

Aprovechando que debía acudir al pueblo para pagar el último día de arrendamiento al dueño de las tierras que ocupaban, Andrés decidió acercarse también al hospital de peregrinos a despedirse de la boticaria.

Al entrar en el edificio, anunció su llegada en voz alta, pero no obtuvo respuesta.

Avanzó hacia la sala de curas y, cuando los ojos se le acostumbraron a la penumbra, distinguió una silueta sentada sobre una de las camas.

Se aproximó con cautela, temiendo interrumpir algo, pero el hombre lo recibió con una sonrisa desdentada.

Estaba delgado y su piel tenía un tono amarillento enfermizo.

Reposaban junto a la cama varias pertenencias, que Andrés identificó enseguida como el equipaje de un peregrino: un morral parecido al suyo, una manta enrollada y una bolsa de tela que contenía varios utensilios.

El mayoral se quitó la montera y lo saludó con cortesía. El enfermo permaneció sentado y habló con un marcado acento francés:

—Espero que Dios no me llame antes de llegar a Santiago —dijo con mirada triste el hombre—. ¿Usted también hace la peregrinación al santo?

—No, yo voy al norte de Francia.

—Mal asunto —replicó, señalando hacia la ventana—. Ese cielo trae mal tiempo, será mejor que aguarde a que pase.

—No podemos esperar—sostuvo Andrés, observando las nubes grises que se desplazaban con velocidad—. Saldremos mañana. Tenemos que llegar a Rambouillet antes de que llegue el invierno.

—Amigo, en los Pirineos puede ser invierno en cualquier época del año.

Andrés lo sabía, así como los pastores… y los animales que los acompañaban. Las ovejas, desde esa misma mañana, barruntaban la tormenta. Se amontonaban nerviosas, dando tumbos y chocaban unas con otras.

Liborio se lo explicó al zagal la noche anterior durante la puesta de sol.

«Demasiado roja», había dicho. Y negando con la cabeza, añadió: «Vaca sollá, pronto mojá» .

Por eso decidieron salir al día siguiente de los Pirineos, el tiempo sería más benigno en zonas más bajas.

Además, tenían que llegar a su destino antes de la paridera.

Miró al peregrino y se preguntó cómo podría caminar en ese estado las leguas que lo separaban de Santiago de Compostela. Pensó en José y en su lenta recuperación. Ellos también tendrían que continuar con su particular peregrinaje.

—¿Qué hace usted aquí? —La voz de Marta retumbó bajo el techo ovalado de la sala.

La mujer entró cargada con dos cubos de agua humeante, uno en cada mano. Avanzaba despacio, procurando no derramar ni una gota. Andrés se apresuró a ayudar, pero ella lo rechazó con un movimiento de cabeza y continuó hasta depositar el agua a los pies de la cama del enfermo.

—Venía a darle las gracias —intervino el mayoral, estrujando la montera entre las manos—. Hace vuestra merced muy buen oficio.

La boticaria sonrió y, de nuevo, dos hoyuelos se le dibujaron en el rostro.

—Dígame si hay algo que podamos hacer por usted antes de partir —añadió.

Ella suspiró de forma teatral y clavó la mirada en los ojos de Andrés.

—¿Puede usted pedirme en matrimonio, llevarme a la capital y sacarme de este pueblucho plagado de enfermos?

El mayoral dio un paso atrás, confundido.

—Oh… No, yo… no pretendía…

Marta volvió a reír.

—Todos iguales. Mucho agradecer y, luego, si te he visto, no me acuerdo. Adiós muy buenas, hasta la vista y se acabó. ¿O no es así, señor? —preguntó al peregrino.

El hombre asintió divertido. Andrés balbuceó palabras inconexas mientras ella se aproximaba más de la cuenta.

—Lo que necesito —señaló la boticaria en voz baja— es que valoren mi labor igual que lo harían con mi hermano o con cualquier hombre. ¿Puede ayudarme con eso, don Andrés?

—Me temo que no.

—Váyase entonces —declaró Marta, girándose hacia el cubo de agua como si ya no le importara.

Andrés se despidió de ambos y se dirigió hacia la puerta. Cuando cruzaba el umbral, escuchó la voz de Marta:

—¡Espere!

El mayoral se volvió sorprendido. Ella se acercó, cogió uno de los tarros de la botica y vertió unas gotas del líquido amarillento que contenía dentro de un frasco de cristal. Lo tapó con un corcho y se lo tendió al mayoral.

—¿Qué es esto? —preguntó él.

—Por si vuelve a pasar. Una simple gota os hará vomitar.

Andrés sonrió agradecido.