Capítulo 33
En la actualidad
Cuando Carmen detiene el motor, ya ha dejado de llover, pero las gotas aún se acumulan en cualquier superficie, creando minúsculos espejos que reflejan el cielo ennegrecido.
—¿Tu abuela era religiosa? —pregunta Alicia en cuanto sale del coche.
—No, que yo sepa —responde Carmen—. Aunque, como todas las abuelas que nacieron en los cuarenta y crecieron en la dictadura, solía ir a misa los domingos.
La localidad se encuentra a la sombra de una colina, a cuyos pies fluye el caudaloso río Duratón, flanqueado por una larga hilera de chopos.
Los vestigios de lo que alguna vez fue una imponente muralla se erigen en lo alto del pueblo, testigos de una grandeza ahora olvidada, consumida por las zarzas y el paso del tiempo.
Las dos amigas atraviesan el pueblo, cuyas calles no cuentan con más de un centenar de casas, y se dirigen hacia las murallas.
Al llegar al punto exacto señalado por el GPS, se topan con un cementerio que parece haberse apoderado del terreno.
Ante ellas, las ruinas de lo que antes debió de ser una construcción de importancia se elevan con muros altos que todavía resisten el paso del tiempo, pero que ya no son más que ecos de lo que alguna vez fue.
—¿Subir toda la cuesta para esto? —se indigna Carmen acercándose a las ruinas sobre la ladera fangosa y, por un momento, se siente agradecida de haber traído las viejas botas de montaña para la expedición.
Alicia no tiene tanta suerte: sus zapatillas de deporte están ya cubiertas de barro, aunque no parece importarle. Se dedica a inspeccionar el terreno, buscando un templo que, según las indicaciones, debería de estar a solo unos pasos.
Un hombre, encorvado por los años y apoyándose en una garrota, aparece caminando despacio hacia ellas.
—Disculpe —interviene Alicia cuando llega a su altura—, estamos buscando la iglesia de San Martín. ¿Sabe dónde se sitúa?
El anciano señala las piedras que tienen delante y ellas se miran sin comprender.
—Eso es lo que queda de ella, lo que nos dejaron después de llevársela a Nueva York —explica el hombre.
—¡¿A Nueva York?! —exclama Alicia.
«Perfecto, justo le vamos a preguntar a un anciano que ha perdido el norte», piensa Carmen.
—¿Nos está gastando una broma? —pregunta incrédula.
—Te lo juro por mi madre, que en paz descanse —contesta, acompañando sus palabras con un golpe de garrota—.
Los americanos vinieron y se la llevaron.
Todo por cuatro perras, pero, claro, en aquella época había mucha necesidad.
—El hombre señala el muro que aún queda en pie—.
La desmontaron piedra por piedra, que después metían en cajas y se llevaban en camiones hasta el puerto de Bilbao.
Yo era un crío por aquel entonces, pero ya trabajaba para el molinero.
Y cada vez que pasaba por aquí, con los burros cargados de harina, veía a los obreros en plena faena.
Alicia saca el móvil del bolsillo y, después de teclear algo, le muestra la pantalla a Carmen: el ábside de la iglesia de San Martín se halla en el Museo Metropolitano de Nueva York, a unos seis mil kilómetros de distancia de Fuentidueña.