La sombra del mayoral Capítulo 32
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Capítulo 32

Don Anselmo Ramos, marqués de Torreval, paseaba por los jardines del palacio junto a don Maximino de las Heras, presidente del Honrado Concejo de la Mesta.

Ninguno de los dos tenía buena cara. Acababan de recibir, por paloma mensajera, la noticia de que Andrés Gil había logrado alcanzar la frontera con su rebaño de merinas.

El marqués se rascaba la papada con una mano mientras con la otra golpeaba el suelo con su bastón como si quisiera atravesarlo.

Don Maximino, tras leer por última vez la breve nota, la guardó en uno de los bolsillos de la chupa ligera que vestía y se apartó unos pasos, temeroso de que el bastón terminara incrustado en uno de sus zapatos de cuero.

—¡No puede ser! —explotó don Anselmo, cuyo rostro había adquirido el color de los tomates del huerto del palacio.

—Si me permite, señor, aún hay tiempo de que…

—¡No! Esos desgraciados avanzan como una plaga.

—Dicen los que entienden que este otoño será frío y provocará muchas heladas —aseguró don Maximino.

—Son de la sierra y están acostumbrados a las inclemencias del tiempo. La nieve no los detendrá.

—Piense que en el norte hace todavía más frío, no lo tendrán fácil.

—No será suficiente —zanjó el marqués, que dio un bastonazo al rosal que tenía delante, provocando una lluvia de pétalos rojos.

El presidente de la Mesta, mientras esperaba a que don Anselmo se calmara, sacó una cajita de tabaco del bolsillo. Se acercó los polvos a la nariz y estornudó varias veces antes de ofrecérsela al marqués. Este lo imitó y ambos retomaron el paseo sin cruzar palabra.

A unos metros de distancia, saliendo de la capilla del palacio, se toparon con un hombre menudo y calvo, vestido con sotana.

—Ave María Purísima —saludaron ambos, inclinando la cabeza y quitándose el sombrero al llegar a su altura.

—Sin pecado concebida. ¿Algo os preocupa? —preguntó el cura, observando el rostro congestionado del marqués.

—Así es, reverendo.

—Roguemos al Señor que interceda por vuestras excelencias.

—Alabado sea —replicó don Maximino, santiguándose.

Creyendo terminado el encuentro, el párroco avanzó para alejarse, pero se encontró de pronto con el bastón del marqués cortándole el paso. A don Anselmo le había cambiado el semblante y un brillo repentino iluminaba sus pupilas.

—Tal vez Dios aún esté de nuestra parte —anunció con una sonrisa sesgada—. Me acabo de acordar de que usted tiene conocidos en Francia, ¿no es así? —El cura asintió, mirando de reojo al bastón que aún tenía frente a las narices—. Quisiera pedirle que escriba a ese comerciante francés…

—¿Se refiere vuestra merced al que estuvo aquí hará cosa de un año?

—¡Sí, ese mismo! —exclamó el marqués, bajando al fin el bastón—. Recuerdo que estuvo tratando negocios, y si me permite, no del todo limpios.

—Es cierto que algunos asuntos inevitables no son del agrado de Dios, pero para eso están las penitencias —añadió el párroco con una mueca.

—De eso nos ocuparemos cuando llegue el momento —afirmó el marqués—. Por ahora, despache a un hombre para que haga saber a su contacto en Francia lo siguiente: que necesito de sus servicios para un negocio de gran importancia y por el que será generosamente recompensado.

Los hombres se despidieron del cura y retomaron el paseo. El marqués levantó la mano izquierda y se besó el anillo que llevaba en el dedo meñique.

—Juro por mis antepasados que no darán un paso más con tranquilidad.

—¿A qué se refiere, don Anselmo?

—Mi querido Maximino, ¿todavía no sabe que las tierras de Francia pueden ser más peligrosas que las de España?