La sombra del mayoral Capítulo 31
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Capítulo 31

En la actualidad

Resultó que la Desideria era una mujer de unos cincuenta años, con el pelo teñido de un granate imposible y más ganas de charla que su vecina.

No tardaron en encontrar su vivienda, pues era de las pocas que permanecían abiertas, con los geranios escurriendo agua en el balcón y la ropa tendida en el corral, ondeando con desgana en el aire húmedo de la sierra.

Alicia le contó que estaban realizando una tesis sobre la arquitectura de las iglesias de la zona y fue suficiente para que la mujer no desconfiara. Explicarle que iban tras el rastro de unas joyas relacionadas con una leyenda de hace más de dos siglos le pareció menos indicado.

La iglesia de San Martín se alza en la parte baja del pueblo, modesta y silenciosa.

De origen románico, aún conserva su estructura original, a pesar de las sucesivas reformas que ha sufrido con los años.

Se añadió un atrio en el lado norte, y en el muro occidental se levanta una espadaña de dos cuerpos que recorta el cielo encapotado.

Dentro, un retablo barroco de tres calles preside el altar.

Allí, entre columnas salomónicas y dorados apagados por el tiempo, la imagen de san Martín de Tours parece contemplar a los visitantes con una serenidad antigua.

Después de dar varias vueltas dentro del templo, fotografiar cada rincón y observar de cerca la imagen del santo, se hacen una idea general de lo que hay allí dentro, pero sin encontrar nada fuera de lo común, al menos a simple vista.

Contrariadas, se despiden de la mujer y regresan al coche.

Unas tímidas gotas comienzan a caer al mismo tiempo que entran al vehículo.

—¿Qué tenemos? —pregunta Carmen, activando el limpiaparabrisas.

—La memoria del móvil llena de fotos y una iglesia menos que visitar —responde Alicia—. Ahora solo nos quedan una docena de templos en honor a san Martín en la provincia de Segovia y más de un centenar repartidos por España —continúa, soltando una carcajada.

Carmen chasquea la lengua.

—Esperaba que, en esta, al ser la más cercana al pueblo de mi abuela, encontrásemos alguna pista. Pero nada me ha llamado la atención, nada que pueda tener que ver con esa leyenda. ¿Y si fuera mentira? ¿Y si estamos perdiendo el tiempo?

Alicia se frota los ojos y suspira:

—Si es así, al menos me he echado una siesta. Y eso vale oro —dice mientras le guiña un ojo.

Carmen observa con detenimiento a su compañera de fatigas, la incansable Alicia, que hasta hace unos meses podía alargar la fiesta hasta el amanecer y trabajar al día siguiente sin perder la sonrisa.

—Pareces cansada.

—Estoy hecha una mierda, di la verdad.

—¿Quieres volver a Madrid? —pregunta Carmen, con un deje de culpa en la voz por haber arrastrado a su amiga hasta ahí.

—No, no te preocupes. Me vendrá bien cambiar de aires.

—Pues de eso vamos sobradas —añade Carmen, señalando al árbol más cercano al coche, cuyas ramas se agitan con violencia sacudidas por un viento caprichoso—. Vámonos antes de que una de esas nos atraviese el parabrisas.

Pero una intuición le hace cambiar de idea y, en su lugar, se gira hacia su amiga y le dice con la mirada: «Te escucho». O, para ser exactos: «No pienso mover el coche hasta que me cuentes qué te pasa».

Los limpiaparabrisas siguen su danza monótona, emitiendo un chirrido al final de cada vaivén.

Las gotas de lluvia resbalan por la ventanilla y bajan despacio, entrelazándose, formando caminos caprichosos.

Algunas se detienen, dudosas, parece que no supieran por dónde seguir; otras, en cambio, se precipitan con prisa hacia el borde, donde desaparecen sin dejar rastro.

—Tengo miedo de no poder con todo —susurra Alicia, aunque sin mirar a Carmen, que deja que las palabras encuentren su sitio entre el golpeteo suave de la lluvia y el murmullo lejano del viento—.

Mi hijo es lo que más quiero en el mundo, pero a veces echo de menos mi antigua vida…

Ya sabes, salir sin preocupaciones, elegir dónde comer y, sobre todo, cuándo dormir.

—Es normal. Pero también está su padre, él puede hacerse cargo, ¿no? —dice Carmen con suavidad.

Alicia asiente, aunque no parece convencida.

—Tengo una presión aquí —añade, llevándose una mano al estómago—, siento que algo me aprieta por dentro. Demasiado. —Una primera lágrima se desliza por la mejilla de su amiga mientras habla—. No me reconozco.

»Y creo que tengo miedo a no volver a ser yo. —La segunda lágrima desciende hasta la comisura del labio justo antes de que la recoja con el dorso de la mano—. Cuando pienso que he dejado de ser Alicia para ser «la mamá», me aterroriza no estar a la altura, no ser suficiente…

Las palabras se convierten en sollozos. Carmen deja de entender lo que dice su amiga porque esta ha colocado la frente sobre su hombro derecho y llora de forma desconsolada.

—Lo estás haciendo bien —susurra varias veces Carmen mientras le acaricia el pelo.

Después de varios minutos, Alicia se incorpora. Tiene los ojos enrojecidos y el rostro compungido, pero se siente más ligera.

—No soy madre y no puedo entender lo que estás pasando, pero para mí siempre seguirás siendo Alicia, mi gran amiga y la mejor comandante de todas las aerolíneas.

Ambas sonríen y se funden en un abrazo.

—¿Vamos? —propone Alicia, separándose antes de sacar del bolsillo de su abrigo un pañuelo de papel, con el que se suena los mocos de forma estrepitosa.

—¡Vamos! —contesta Carmen, que mete la primera marcha y pisa el acelerador.

Alicia coloca su móvil a la vista de Carmen, después de buscar en el GPS la siguiente iglesia de la lista.

—¿Por qué narices habrá tantas? —pregunta Carmen mientras la voz del móvil indica que gire a la derecha por la siguiente bifurcación.

—¿No recuerdas lo que nos contó Ernesto?

—Sí, que san Martín fue obispo de Tours, en Francia, hace más de mil años, y que se le atribuyen varios milagros, por eso su fama se extendió por Europa, le salieron templos como setas y bla, bla, bla.

Alicia lo confirma, sonriendo.

—En Segovia, su veneración se fortaleció por ser un santo de vida sencilla y dedicado a los más pobres. Además, como fue militar antes que obispo, también se le considera protector de los soldados. Y por aquí han sufrido muchas guerras —añade Carmen.

—¿Eso también te lo ha explicado Ernesto?

—No, de eso me habló mi abuela. El puerto de Somosierra, en aquellas montañas que ves allí, es un punto estratégico en el que siempre se han librado batallas importantes y sangrientas.

Alicia asiente, con la mirada perdida en el paisaje tras la ventanilla. Las nubes, que hacía unas horas cubrían la cima de la sierra, ahora descienden como lenguas de algodón, deslizándose con suavidad por la ladera.

—Pero seguro que ese dato también lo conoce Ernesto. ¡¿Cómo puede saber tanto?! —exclama Carmen, sin apartar la vista de la carretera.

—Desde que le conozco, se interesa por todo lo que se salga de lo común —responde Alicia, señalando a su amiga—. Aquí tienes la prueba.

Las mejillas de Carmen se tiñen de rojo al instante y aguanta la respiración, sintiendo que una incomodidad crece en su pecho.

—¿A qué te refieres? —suelta con un hilo de voz, como si intentara evitar la respuesta.

—Pues a la leyenda de tu abuela, ¿a qué si no?

Apenas han pasado cinco segundos cuando interviene de nuevo, enarcando una ceja con picardía:

—A no ser que pienses que me refería a… —Alicia rompe a reír sin control mientras Carmen se gira varias veces, mortificada—. Cariño, ¡a Ernesto le gustan los hombres!

Sus miradas se cruzan y ambas estallan en carcajadas que resuenan incluso fuera del coche.

—Carmen, ¿de verdad pensabas que estaba pillado por ti?

—Me propuso quedar. Y con este tema, pensé que…

Alicia sigue riendo, tapándose la boca.

—Por favor, no se lo cuentes a nadie nunca —pide Carmen, torciendo el gesto.

—Tranquila, me llevaré el secreto a la tumba, pero vuelve a concentrarte en la carretera, que no quiero que sea hoy. ¿Es que nunca te ha hablado de Marcos?

Haciendo memoria, Carmen se aferra al volante y pregunta:

—¿El amigo que toca en un grupo de música?

—¡Es su pareja! Llevan varios meses juntos.

—No me lo puedo creer.

La conversación continúa hasta que la voz femenina del GPS les indica que tomen la siguiente salida. Frente a ellas aparece el cartel blanco con letras negras que anuncia que han llegado al municipio de Fuentidueña.