Capítulo 30
José seguía recuperándose, gracias a los cuidados constantes de Marta y los ungüentos que ella le preparaba con precisión.
Mientras tanto, los pastores aprovecharon la estancia en Roncesvalles para reponer fuerzas, arreglar herraduras o relacionarse con locales y peregrinos que cruzaban el puerto.
Andrés incluso se tomó el tiempo de escribir una carta a monsieur Hilaire, el veterinario francés, para informarle de lo sucedido y del estado del rebaño.
—Cuentan que al hermano de la boticaria le gusta más el vino que hacer sangrías y preparar emplastes medicinales —comentó el Gurriato una mañana mientras él y Andrés lavaban sus ropas en el río.
A lo lejos se escuchaba el balar de las ovejas, resguardadas tras las redes de esparto. Como el mayoral no respondía, el Gurriato insistió:
—¡Qué suerte la de este pueblo! Un médico borracho y la malnacida gobernando la botica.
—Ha curado a José —dijo sin alzar la voz Andrés.
—Eso dice usted, pero yo aún no lo he visto ponerse en pie.
—Ten paciencia. Ha estado muy enfermo.
El Gurriato dejó de frotar la camisa que tenía sumergida en el agua, la escurrió con fuerza y la tendió al sol sobre un matorral cercano. Se frotó las manos luego, tratando de que volvieran a entrar en calor.
—Hay rumores sobre eso —murmuró.
—¿A qué te refieres? —preguntó Andrés sin mirarlo.
—José estaba cansado, sí, todos lo estábamos… Pero se puso peor después de beber el remedio. Mucho peor.
—Ya le dije a Liborio que tirara todo lo que le compró al ciego. Estaría en mal estado.
—¿Y cómo lo supo usted? —insistió el Gurriato.
Andrés guardó silencio. En su mente apareció una imagen fugaz: un rostro desfigurado, una noche lejana, un aroma amargo y penetrante que parecía adherirse a la piel. Se llevó la mano al hombro y sintió como una náusea le ascendía desde la boca del estómago.
—Fue una intuición —contestó antes de incorporarse, con la ropa mojada en los brazos, y se dirigió en dirección opuesta al río, buscando otro lugar donde colgarla al sol.
—Algo me dice que en Francia estaremos más seguros —murmuró el Gurriato, que lo siguió con la mirada y escupió al suelo.
Andrés no pudo evitar recordar las palabras que le había dicho su amigo en el esquileo mientras se alejaba. Rumores… rumores de un traidor que cruzaba con las merinas al otro lado de la frontera.