Capítulo 29
En la actualidad
Alicia, sentada en el asiento del copiloto, ha cerrado los ojos nada más salir de Madrid y su respiración acompasada indica que está sumida en un profundo sueño.
Carmen aparca el coche junto a la iglesia y, cuando sale, cierra la puerta despacio para no despertar a su amiga.
«La noche ha sido dura», le había confesado nada más recogerla en el portal de su casa mientras señalaba dos marcadas ojeras.
Carmen ha conducido en silencio todo el trayecto, pensando en cómo organizar esta búsqueda disparatada.
Sus amigos se emocionaron tras leer los mensajes en los que ella compartía la idea de que san Martín podría ser el guardián de las joyas, pues en la carta se mencionaba a este santo.
«Si lo que dices es cierto, tendremos que buscar iglesias», había sugerido Ernesto.
La primera parada está a menos de cinco kilómetros del pueblo de su abuela, por lo que llegar hasta allí no ha supuesto ninguna dificultad.
El camino le resulta familiar, aunque algo en el aire anuncia que el día no será tranquilo.
En el cielo, unos nubarrones densos se agrupan sobre la sierra, oscureciendo el horizonte como si quisieran impedir la entrada de la primavera.
Carmen rodea el templo y se detiene frente a la puerta de madera, que permanece entreabierta.
Un cartel anuncia que la misa se celebra a las once, así que aún falta más de media hora para que lleguen los feligreses.
Está a punto de entrar cuando una mujer abre el portón desde dentro, sale y lo cierra tras ella.
La señora, de mediana edad, mira de arriba abajo a Carmen varias veces. Después se guarda unas gruesas llaves en la mano derecha y con la otra se estira las solapas de la chaqueta, revueltas por el viento.
—¿Qué quiere? —pregunta al fin—. La iglesia está cerrada.
—¿No hay misa? —balbucea Carmen, señalando el cartel detrás de la coronilla de su interlocutora.
—No, ya dijo el cura el otro día que no puede venir esta semana ni la que viene. Ya sabe, como tiene tantos pueblos… Puede probar en otro que sea más grande.
—Yo es que solo quería ver la iglesia.
La mujer la examina de nuevo, esta vez la frente arrugada, como una niña que se debate entre compartir o no su muñeca favorita en medio del parque.
—Tendrá que pedir la llave —dice sin moverse.
—¿La que tiene usted en la mano?
La señora asiente con un movimiento de barbilla y señala un punto impreciso en la lejanía, una de esas casas encaramadas en lo alto de la cuesta, todas iguales bajo la misma luz apagada. Podría ser cualquiera. O ninguna.
—Ya sabe, tiene que pedírsela a la Desideria.
Acto seguido, se guarda las llaves en el bolsillo de la chaqueta y se aleja, dejando a Carmen plantada como un pasmarote delante de la iglesia.
—Tiene mala pinta —se queja una voz a su espalda.
Alicia se acerca con el pelo revuelto y señalando las nubes oscuras que se aproximan desde el norte.
—No sabes cuánto.