Capítulo 28
La mujer, que llevaba el cabello castaño recogido en un moño sujeto con alfileres, se movía con determinación por la sala de curas, como quien conoce cada rincón y cada objeto de memoria.
Entró a la estancia secándose las manos en un delantal blanco, que contrastaba con el tejido oscuro de la falda, y se aproximó con plena concentración a su único paciente, ignorando la presencia de Andrés.
Lo primero que hizo al acercarse a José —tendido en el camastro y medio inconsciente— fue examinar su rostro.
Levantó los párpados, inspeccionó el interior de la boca y palpó la mandíbula.
Se inclinó sobre él, examinando los oídos y pasando los dedos por la frente, la nuca y el pecho.
Le tomó el pulso, lo auscultó con la palma en el estómago y, tras un momento de evaluación silenciosa, clavó los ojos en los de Andrés.
—Intoxicación moderada, por estramonio o belladona. ¿Podrá permitirse costear el tratamiento? —preguntó sin adornos.
Andrés asintió, sorprendido por la precisión del diagnóstico, y sacó del morral la bolsa de cuero, que colocó sobre la mesa.
Sin perder un segundo, la mujer se giró y desapareció tras la puerta que conectaba con la botica. Volvió minutos después con un frasco de porcelana entre las manos. Andrés frunció el ceño cuando la vio acercarse al camastro y colocar el frasco en los labios resecos de José.
—No se preocupe —dijo ella—. Esto lo va a despertar.
Apenas hubo terminado la frase, José se arqueó de forma violenta y con los ojos abiertos de par en par, empezó a toser con fuerza.
—¡¿Pero qué le ha dado?! —exclamó Andrés.
—Ayúdeme a incorporarlo… Y luego apártese.
El mayoral obedeció sin protestar. Tomó a José por los hombros y lo sostuvo mientras ella le sujetaba la cabeza y le colocaba un paño bajo la mandíbula. El joven pastor siguió tosiendo hasta que de la garganta brotó un sonido gutural y una bocanada amarga que cayó sobre el paño.
—Ya está —susurró la mujer con tono más suave—. Necesitaba expulsarlo todo.
Andrés respiró aliviado, aunque no lograba apartar la vista de la mujer que, con manos seguras, volvía a ser dueña absoluta de la situación.
Cuando pareció quedarse vacío, José comenzó a temblar y la boticaria lo ayudó a recostarse de nuevo en el camastro.
—Tráigame una de aquellas mantas —pidió al mayoral.
Él obedeció de inmediato y cubrieron al joven, que ya mostraba algo más de color en las mejillas, aunque seguía tiritando y ausente. Permaneció así largo rato, hasta que el temblor cesó y cayó en un sueño profundo.
Andrés se pasó el dorso de la mano por la frente; no se había dado cuenta de que estaba sudando. Se quedó inmóvil, de pie junto al catre, concentrado en cada respiración de José, mientras la boticaria recogía el cubo, el paño sucio y el frasco de porcelana.
—Se pondrá bien —afirmó ella al fin y, por primera vez, sonrió.
Aquel gesto, leve pero sincero, le iluminó el rostro. Tenía los dientes pequeños, algo separados, y al sonreír se le formaban dos graciosos hoyuelos en las mejillas.
—Gracias, señora —acertó a decir Andrés, inclinando la cabeza con respeto.
—Puede llamarme Marta —indicó ella mientras contaba unas monedas de la bolsa que Andrés le había entregado—. No son ustedes peregrinos, ¿verdad?
—Somos pastores. Yo soy el mayoral, Andrés Gil.
—Así que pastores… —murmuró Marta, como si aquella palabra no cuadrara con el dinero que acababa de recibir. Guardó las monedas justas y le devolvió la bolsa. Luego miró de nuevo a José, que dormía con el rostro relajado—. ¿Y por qué alguien querría envenenar a este pobre diablo?
Andrés no contestó. Bajó la mirada y, sin darse cuenta, se llevó la mano al hombro acariciando con los dedos la piel rugosa de una vieja cicatriz. Llevaba toda la noche preguntándose lo mismo. Pero en su interior, quizá, ya temía conocer la respuesta.