Capítulo 27
En la actualidad
Entre los estantes de libros apilados, Carmen lleva más de una hora buscando algún cuaderno o anotación que haga referencia a lo que aparece en la carta, pero no encuentra nada que esté relacionado.
Antes de ir al pueblo, mantuvo una conversación con su madre que le hace pensar que puede estar en la casa de su abuela, pero no logra dar con ello.
—¿Y para qué dices que quieres volver? Lo que hemos dejado ya no tiene valor —le había preguntado su madre horas antes.
—Busco un libro antiguo del que me habló la abuela —mintió Carmen—. ¿Te suena verlo en su estantería?
Su madre enarcó las cejas.
—La verdad es que no. Aunque, ahora que lo dices, hace años, cuando hicimos la reforma, aparecieron unos escritos viejísimos.
—¿Dónde? —se interesó Carmen.
—Estaban dentro de un arcón de madera. —Carmen quiso saber más sobre aquel hallazgo, pero su madre siguió hablando, sin darle oportunidad de preguntar más—: A saber la de años que llevaba eso ahí, sería de algún antepasado.
Tu abuela decía que se trataba de documentos importantes, ya sabes cómo era.
Pero si quieres ir al pueblo, allá tú. Te vendrá bien el aire del campo, que te pasas el día metida en esos aviones —dijo antes de pasar a comentar la palidez del rostro de Carmen y su piel poco cuidada—. Tal vez con un poco de colorete…
La conversación terminó mal, como siempre. Y Carmen acabó marchándose antes de que su padre tuviera tiempo de volver de comprar el pan.
Ahora, después de revisar los últimos cajones de la cómoda y los de las mesillas de noche, Carmen se da por vencida y, tras cerrar las contraventanas, sale de la casa.
Se asegura de echar el cerrojo de la puerta y, ensimismada, recorre el jardín en dirección a la entrada.
Por eso no la ve al principio, por eso y porque el tamaño de la señora podría ser el de una niña de once años.
—Asunto raro lo del robo —dice, provocando el sobresalto de una Carmen que, hasta ahora, aparte de sus pisadas, el único sonido que había escuchado en el pueblo era el canto de los pájaros.
La anciana tiene el rostro arrugado y la mirada acuosa de los que han visto demasiado. Está sentada al otro lado de la calle, sobre un banco de piedra, a la sombra de un viejo roble.
—Muy raro —repite, negando con la cabeza.
Carmen atranca la puerta del jardín, se acerca a la mujer para saludarla y no tarda en reconocerla. Es una vecina del pueblo que, para Carmen, no ha cambiado nada en los últimos veinte años.
—Tu eres la nieta, ¿verdad? —pregunta, y vuelve a negar, esta vez acompañando el movimiento con la garrota que sostiene en sus manos arrugadas.
Carmen se sienta junto a ella. Desde allí se puede ver a lo lejos el antiguo lavadero y, por encima de los tejados, el inmenso chopo de la plaza de la iglesia.
—Mi madre dice que no se llevaron nada —afirma Carmen.
—¿Es cierto que van a vender la casa?
—Sí —responde, sin atreverse a mirar aquel rostro surcado por el tiempo.
—A tu madre nunca le gustó el pueblo. Es una pena, una casa tan antigua y con tanta historia…
Carmen espera que continúe, pero la anciana deja de hablar, con expresión ausente, y durante unos minutos solo se escucha el canto de dos mirlos que revolotean entre las ramas del roble.
—Es una lástima —dice al fin Carmen, lo que parece sacar a la señora de su ensoñación.
—Pero tú no eres así, ¿verdad? Recuerdo cuando jugabas en el corral, parece que fue ayer…
—Ambas se miran, sonríen y la mujer continúa, sin perder el hilo—: Lo que más te gustaba eran las adivinanzas, ¿lo recuerdas?
Como aquella vez que estuviste buscando quién era el ladrón de las magdalenas y fuiste preguntando a todo el pueblo, desde el panadero hasta las vecinas que barrían en la puerta de sus casas.
Permanecen haciéndose compañía, hundidas cada una en sus pensamientos, hasta que Carmen recuerda que tiene un trabajo que atender en Madrid. Se despide con dos besos, se incorpora y se le ocurre una última pregunta cuando está a punto de marcharse:
—Disculpe, ¿le suena que mi abuela le hablara de una carta procedente de Francia?
La anciana dedica unos segundos a pensar y finalmente niega con un gesto.
—Un primo vivió en Francia mucho tiempo, pero falleció hará unos tres años. Aparte de él, no me suena nadie más. —Carmen asiente, decepcionada por la respuesta—. Aquí ya solo quedamos cuatro gatos, hija —suspira—, y dentro de poco solo quedarán los santos de la iglesia.
Carmen se despide de nuevo y se dirige hacia el coche, prestando atención a donde poner los pies. Se sienta al volante, gira la llave en el contacto y mira al frente mientras el motor ruge despacio. Pero no avanza, porque su mente se ha quedado junto a la anciana del banco.
—¡Pues claro! —Da una palmada al aire.
Nerviosa, saca el móvil de la mochila y comprueba que no tiene cobertura.
Apaga el motor y, con el teléfono en la mano, sale corriendo del coche en dirección a la parte alta del pueblo.
Allí, cuando la primera raya se dibuja en la pantalla, envía un mensaje con dos destinatarios, Alicia y Ernesto: «Creo que tenemos una pista».