La sombra del mayoral Capítulo 26
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Capítulo 26

El hospital para peregrinos formaba parte del mismo conjunto arquitectónico que la Real Colegiata de Santa María de Roncesvalles, una imponente construcción de piedra gris, de tres plantas, coronada por un tejado de pizarra a dos aguas del que sobresalían estrechas ventanas ojivales.

Andrés y el Gurriato sujetaban por los hombros a José, que apenas se sostenía en pie, con el rostro cetrino y los párpados a medio cerrar.

Lo habían llevado hasta la colegiata a lomos de una de las mulas, que ahora resoplaba inquieta, atada junto a un muro de piedra.

Dejaron la iglesia a un lado y accedieron por una oscura puerta de madera a la botica, donde, según les habían indicado, se encontraba el médico.

—Alabado sea Dios —saludó el mayoral mientras entraban y la vista se acostumbraba al cambio de luz.

Las paredes de la sala estaban cubiertas por estanterías repletas de frascos que contenían todo tipo de plantas secas, ungüentos y sustancias de tonalidades diversas.

Destacaba en el centro una mesa robusta de madera, sobre la que se alineaban utensilios de cobre y vidrio, preparados para la elaboración de medicamentos.

Andrés miró a su alrededor en busca de alguien que pudiera atenderlos, pero no recibió respuesta.

La única persona presente era una mujer que parecía absorta, vertiendo con sumo cuidado un líquido amarillento desde un alambique hacia un cuenco de porcelana, apoyado a su vez sobre una balanza de precisión.

Durante unos segundos, solo se oyó la respiración entrecortada de José, que se mantenía en pie con dificultad, sostenido ahora por el Gurriato. Andrés dio un paso adelante y habló de nuevo:

—Disculpe las molestias, señora, pero estamos buscando al médico.

—Lo tiene delante —respondió la mujer sin apartar la vista del preparado, que comenzaba ahora a remover con una espátula de mango de hueso.

Se hizo un silencio denso, incómodo. Andrés carraspeó con fuerza antes de recomponer sus palabras.

—Pero eso no puede ser —balbuceó—. Nosotros buscamos…

—¿A un hombre? —interrumpió la mujer, esta vez alzando la vista. Sus ojos se clavaron en los del mayoral—. Pues aquí no lo van a encontrar. Si eso les supone un problema, pueden darse media vuelta y marcharse por donde han venido.

Andrés y el Gurriato intercambiaron una mirada cargada de incertidumbre. Cuando preguntaron por el hospital de peregrinos, nadie les advirtió de aquello.

—¿Es usted curandera? —preguntó Andrés.

—Mi hermano era el médico del hospital, pero me temo que está indispuesto desde hace bastante tiempo —respondió ella con frialdad—. Así que ahora me encargo yo.

—Pero una mujer no puede ser médico —afirmó el Gurriato.

—Ni boticaria —añadió Andrés, aún atónito.

La mujer los observó unos segundos, fijó la vista en el enfermo y, sin perder la calma, habló con una serenidad que solo podía nacer de la costumbre. Aquella no era la primera vez que se enfrentaba a hombres escépticos.

—Su amigo necesita reposo. Si lo siguen teniendo en pie, acabará por desplomarse, y no me gustaría que rompiera ninguno de mis frascos de vidrio.

¿Ven esa puerta a la izquierda? Es la sala de curas.

Acuéstenlo sobre el camastro. Iré cuando termine aquí.

—Bajó la vista y volvió a centrarse en el ungüento que preparaba, dando a entender que no había espacio en su mente para más discusiones inútiles.

Andrés hizo un gesto al Gurriato y, entre ambos, ayudaron a José a atravesar el umbral. Una vez dentro, lo recostaron sobre el catre, pues sus miembros estaban ya demasiado flojos para sostenerse.

—No tenemos otra opción —murmuró Andrés, observando a su compañero con gravedad—. José necesita ayuda.

—Una cosa es ser curandera, pero ¿esto? —farfulló el Gurriato, apuntando hacia la botica con un movimiento seco de la cabeza—. ¿Y la forma en la que le habló a usted? Esa bruja necesita aprender lo que es el decoro y las buenas formas.

El mayoral se le quedó mirando, sin molestarse en disimular su desagrado.

—Será mejor que vuelvas con el rebaño —ordenó—. Yo cuidaré de José.

El Gurriato asintió, más por alivio que por obediencia, y salió de la estancia murmurando aún entre dientes.

Andrés se sentó en una banqueta de madera junto al camastro y arropó el cuerpo de su compañero con una manta.

En el aire flotaba un olor a hierbas y alcohol, en un silencio solo roto por el tañer lejano de las campanas de la colegiata.