La sombra del mayoral Capítulo 25
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Capítulo 25

En la actualidad

El pueblo tiene varias decenas de casas y apenas una veintena de habitantes.

Carmen, que lleva una hora al volante de su minúsculo coche, acciona el intermitente y gira por la estrecha carretera comarcal que da acceso a la localidad.

Unos metros más adelante, tras pasar el cartel que indica el nombre de la población, aparca en un camino de tierra próximo a la calle principal.

Apaga el motor, se pone la mochila al hombro y mira a través del espejo retrovisor.

Al no ser fin de semana, las calles están vacías y las contraventanas de las casas permanecen cerradas.

Abre la puerta y, al poner en el suelo un pie, este se desliza sobre una superficie demasiado blanda, que no coincide con la rugosidad del camino.

—Mierda —murmura al comprobar que un excremento, a todas luces reciente, rebosa a ambos extremos de su deportiva blanca.

Se acerca al murete de piedra más cercano y se apoya en él mientras mueve el pie de forma impulsiva entre la frondosa maleza que bordea el camino. Instantes después, unas orejas asoman por encima de las piedras.

—Es tuya, ¿verdad? —pregunta Carmen, señalando la suela y acercándose al animal.

Después de convencerse de que la zapatilla no volverá a ser la misma, acaricia un rato al burro, que cabecea moviendo el hocico para espantar a las moscas.

Se despide de él y camina a través de retorcidas callejuelas.

En torno a ellas se apelotonan varias construcciones de dos plantas, algunas renovadas, pero la mayoría conservan a duras penas muros de adobe y entradas desportilladas.

La casa de su abuela se encuentra al final del pueblo, alejada del núcleo y sin vecinos cercanos.

El sol calienta lo justo para que sus rayos sean solo una caricia que anuncia la próxima llegada del verano, invitando a sentirlo sobre la piel antes de que se vuelva sofocante.

Carmen pasa junto a un gato, que apenas mueve el bigote cuando ella se acerca.

Está tumbado sobre la acera, con el pelaje limpio, sabedor de que pronto tendrá que buscar la sombra.

Al llegar frente a la puerta del corral, Carmen gira la manilla y la empuja, pero está cerrada con llave.

Cuando su abuela vivía, esa puerta siempre permanecía abierta.

Observa desde allí las contraventanas de la casa.

Todas están cerradas menos una, esa que se rompió por culpa de un vendaval hace unos años y que nunca habían arreglado.

Esa por la que, según los guardias, entraron los ladrones, ya que la puerta no estaba forzada.

Rebusca dentro de la mochila las llaves que le ha dejado su madre esa misma mañana. Chirría el cerrojo de la cancela, que parece protestar por hacer su trabajo, y empuja la puerta sobre un césped que crece desordenado entre manojos de violetas.

Atraviesa el corral y respira el olor de los días interminables de verano, las tardes de carreras de bicis y las noches con bolsas de pipas.

Se fija en el hueco excavado en la piedra de la pared, sobre la puerta de la entrada y que siempre estuvo vacío.

También en la parra, que ha seguido creciendo ajena a los acontecimientos y que ahora tapa buena parte de la entrada de la cuadra.

Los recuerdos se agolpan al entrar en una casa que, aunque menos desordenada que la última vez, está más desierta. Sus padres se han llevado varios muebles para venderlos o tirarlos, en la cocina solo quedan botes de cristal vacíos y en el cuarto de baño ya no hay ningún cepillo de dientes usado.

Abre las contraventanas de cada estancia para dejar paso a la luz, pero el frío permanece anclado a las paredes y al suelo de baldosas.

La casa se ha quedado sin alma y Carmen siente un vacío que le sube desde la boca del estómago.

Se lleva la mano al vientre sin darse cuenta y se dirige hacia la biblioteca, único lugar en el que cree que puede encontrar alguna pista.