Capítulo 24
El mastín más joven, de pelaje pardo y orejas oscuras, se acercó al mayoral con la lengua fuera, salivando. Andrés lo acarició antes de ofrecerle uno de los huesos que reservaban para los perros, que el animal devoró al instante.
Descansaban en torno al fuego, sobre la pradera donde pasarían la noche.
Aunque aún no había oscurecido, el aire era más frío que en jornadas anteriores, por lo que se cubrían con las mantas, agradeciendo su calor tras la larga caminata.
La hierba, tupida y húmeda por el rocío anticipado, desprendía un aroma fresco que se mezclaba con el humo de la leña ardiendo y el olor de los animales que traía el viento desde el rebaño.
A su alrededor, las montañas se alzaban imponentes, cubiertas por un velo de niebla que descendía despacio, conforme el sol se ocultaba tras los picos.
El murmullo del arroyo cercano y el chisporroteo del fuego componían una melodía tranquila, interrumpida de vez en cuando por algún balido perezoso o el gruñido de un mastín.
Una mariposa de alas azules, quizás extraviada por el cambio repentino de temperatura, se posó sobre la montera de José justo cuando este daba un trago a la bota de vino.
—No tienes buena cara —le dijo el Gurriato, mirando con preocupación a su compañero.
—Será por el vino de este pueblo —alegó con tono guasón Liborio.
—La tabernera me aseguró que era el mejor de la casa.
Liborio hizo una mueca de asco.
—¿No habrás pedido el más barato y te has quedado con las vueltas?
—¡Que me parta un rayo ahora mismo si eso es cierto! —exclamó el Gurriato, señalando al cielo.
—Ha sido una jornada larga —zanjó el mayoral, invitando a José a que se acercara al fuego—. Solo necesita reposo.
Liborio suspiró y sacó del morral las hierbas que le había comprado al ciego.
—Calienta un poco de agua, zagal —pidió—. Vamos a preparar un remedio para José que lo dejará como nuevo.
Casimiro acercó una pequeña marmita al fuego, llenó el recipiente con agua de la bota de cuero y lo colocó sobre unas piedras junto a las brasas. Él también se sentía extenuado después de una jornada agotadora.
—¿Seguro que esas hierbas son buenas? —bromeó el Gurriato, intentando aliviar los ánimos—. A ver si lo mandas con las sirenas en vez de curarle.
—Peor sería dejarlo con tus cuentos, que marean más que la fiebre —replicó Liborio mientras trituraba con los dedos un puñado de hojas secas que olían a hinojo y a menta.
El mayoral se incorporó con lentitud y le tendió una taza de barro que llevaba en el morral. El olor de aquellas hierbas le evocaba algo más, pero no recordaba su origen.
—Dásela caliente, pero no hirviendo —indicó—. Que le temple el cuerpo por dentro.
La noche caía sobre la pradera, envolviéndolos en una calma solemne.
Las sombras de los árboles se alargaban por momentos y los mastines, echados cerca del fuego, levantaban de vez en cuando las orejas, atentos a cualquier sonido extraño.
La infusión comenzó a hervir, liberando un vapor aromático que el mayoral no conseguía reconocer.
José la aceptó agradecido, bebiendo a sorbos cortos, rodeado de sus compañeros.
Nadie habló durante un buen rato. Solo se escuchaban el crujir de la leña y el silbido suave del viento descendiendo desde las cumbres.
Andrés miró el rostro del pastor al otro lado del fuego y supo que, con el suficiente descanso, al alba estaría mejor.
La frontera estaba cerca y, con ella, el tramo más incierto del viaje.
Entonces percibió el olor del caldero humeante, que, colgado de tres barras engarzadas, el zagal removía con esmero a unos metros de distancia.
—¿Está lista la cena? —preguntó.
Casimiro no tuvo tiempo de responder. José se levantó y, sin apenas tiempo de darles la espalda, vomitó lo poco que tenía en el estómago.
—¡Madre de Dios! —exclamó el Gurriato, separándose de un salto.
Andrés y Liborio ayudaron al yuguero a sentarse, lo recostaron sobre un matorral y lo envolvieron en varias mantas. El mayoral comprobó que el joven tenía la tez blanca y la frente ardiendo.
—Más vino —pidió José, temblando.
El Gurriato le pasó la bota, pero Andrés se la quitó con desaprobación, alegando que ese no era el mejor remedio. Lo que necesitaba era reposo y las sopas de ajo que el zagal acababa de preparar.
Casimiro hizo un gesto a los pastores para que se acercaran al caldero, pues la cena ya estaba lista. Cada uno sacó la cuchara de hueso que llevaba en el morral y las introdujeron al mismo tiempo en el caldo humeante.
—Esto sabe a gloria —comentó el Gurriato, guiñándole un ojo al zagal.
Andrés, con el rostro sombrío, vertió un poco de sopa en el cuerno que usaba para beber y se lo ofreció a José, que yacía cubierto por las mantas, pálido y débil. Los pastores acabaron de rebañar el caldero mientras su compañero, sin fuerzas, ni siquiera probó la comida.
—Al menos, tómate las hierbas —insistió Liborio, vigilándolo con preocupación.
José asintió, apenas logrando sostenerlo en sus manos, y cuando los labios tocaron la primera gota, un estremecimiento recorrió a Andrés al tiempo que recordaba.
Se levantó de un salto y con la mano temblorosa lanzó el cuenco al suelo con violencia, esparciendo la infusión por la tierra como un presagio oscuro.
Un silencio helado se apoderó del grupo. Los ojos perplejos de los pastores se clavaron en los de Andrés, que respiraba con dificultad apretando los puños con furia contenida.