Capítulo 23
En la actualidad
Carmen se detiene frente a la puerta de embarque y, al no encontrar asientos vacíos, opta por apoyarse en la columna más cercana.
A sus pies, una adolescente de pelo azul con unos enormes cascos sobre la cabeza está leyendo un cómic, ajena a la mirada de Carmen, a cuya memoria acuden recuerdos del pasado.
Por aquel entonces, su colección de mangas crecía al mismo ritmo que se deshacían sus amistades.
La adolescencia no fue, ni de lejos, una etapa luminosa, sino más bien un terreno árido del que solo logró rescatar aquellos libros ilustrados, venidos de la otra punta del mundo, que le servían de refugio.
Carmen terminó el instituto sin un solo amigo, pero con la convicción de que pronto podría marcharse de la casa familiar, lo que le bastaba para sentirse en paz.
Vivía con sus padres en una calle del céntrico barrio de La Latina, un lugar que ellos adoraban por su mezcla de tradición y vida bohemia.
A Carmen, sin embargo, le costaba respirar entre los turistas y las tiendas de moda alternativa que florecían en cada esquina.
Mientras el barrio se transformaba, ella sentía que se desdibujaba un poco más cada día.
«Qué suerte tienes de vivir en ese barrio», solían decir sus compañeras del curso de tripulante de cabina.
Carmen se mordía la lengua para no contar que odiaba esos cuarenta metros cuadrados de un cuarto piso sin ascensor, con vistas a una corrala en la que siempre se escuchaban voces y por la que subían todo tipo de olores.
En cuanto tuvo la oportunidad, se mudó a un apartamento compartido en las afueras.
Alquiló una habitación cerca del aeropuerto, donde al principio la despertaban los primeros aviones del día —después se acostumbró al ruido de los motores—.
Pagaba el alquiler con el sueldo de la zapatería en la que trabajaba como dependienta por las tardes.
Por las mañanas asistía a un curso que, una vez finalizado, le permitió obtener el título necesario para cumplir lo que todos creían que era el sueño de su vida: viajar.
Pero lo que Carmen buscaba no era descubrir el mundo, sino huir de él.
Más que un sueño, era una vía de escape.
«Viajar te hará libre de prejuicios y de ataduras. Te abrirá los ojos a una realidad que no es la tuya, y eso te hará crecer», le dijo su abuela cuando supo que se estaba preparando para ser tripulante de cabina.
—¡Ernesto! ¡Ernesto! —grita Carmen, levantando la mano para hacerse ver entre los pasajeros que se amontonan frente a la puerta de embarque en la que ella le está esperando.
Lleva un rato allí parada, recordando su pasado, y ahora Ernesto está a punto de marcharse. «Mierda, no lo he visto salir», se lamenta Carmen mientras corre tras él y lo ve subirse a la cinta junto con otros compañeros.
No puede dejar que se escape, no después de haber ido a preguntar a la encargada de tierra los horarios del personal, de aguantar su mirada curiosa cuando ha nombrado a Ernesto. «Qué alto es, ¿verdad?», le había dicho, guiñándole un ojo.
—¡Ernesto! —«Sí que es alto, sí», piensa al ver su pelo alborotado entre la gente.
Justo cuando llega al final de la cinta, Ernesto se da la vuelta y la ve, mitad asombrado, mitad divertido.
Segundos después, Carmen llega frente a él, agarrándose el costado, agotada y maldiciendo en voz baja.
Retoma la compostura mientras él se despide del resto de la tripulación, a los que ella también saluda con la mano, avergonzada.
—¡Qué sorpresa! ¿Cómo estás? —pregunta Ernesto, acercándose a ella para darle dos besos.
Carmen, que no responde, se limita a acercar la cara y nota el cosquilleo de la barba en ambas mejillas.
—Creo que tienes razón —suelta ella de golpe, elevando la voz más de la cuenta.
Ernesto levanta las cejas, y ella comienza a relatarle la leyenda del tesoro y el pastor que le contó su abuela.
—¡Lo sabía! —exclama emocionado Ernesto—.
Las historias populares suelen partir de algo que realmente ocurrió.
Eso quiere decir que la carta puede tener relación con el robo de las joyas y darnos pistas de donde las escondieron.
¿Recuerdas si tu abuela te habló también del libro que se menciona en la carta?
—La verdad es que no —responde Carmen.
—¿Y alguno de la misma época?
Antes de que pueda contestar, el teléfono móvil de Carmen comienza a vibrar en uno de los bolsillos de su chaqueta, lo extrae y mira disgustada la pantalla antes de contestar.
—¿Qué pasa, mamá? —pregunta alejándose unos metros de Ernesto.
—Ya hemos puesto en venta la casa del pueblo.