La sombra del mayoral Capítulo 22
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Capítulo 22

Una masa polvorienta y compacta ascendía el puerto, con parsimonia, bajo la atenta vigilancia de los tres mastines, que parecían no conocer el cansancio. Los canes aguzaban el oído, olfateaban el aire en busca de señales y marcaban el camino con la constancia propia de su instinto.

La vereda, empinada y pedregosa, exigía tanto esfuerzo a las mulas que, lastradas por la carga, parecían resbalar hacia atrás con cada paso.

José, con el cayado en una mano y la vara de haya en la otra, no cejaba en su empeño de hacerlas avanzar, alentándolas con voz firme y golpeteos medidos.

Divisó a lo lejos cómo los primeros animales coronaban el puerto y pensó que aquella noche las mulas bien merecían un descanso reparador.

Las ovejas avanzaban parándose aquí y allá, agachando el hocico de vez en cuando para atrapar un brote verde, entre el sonido intermitente de los cencerros. El primero en llegar a la cima fue el Gurriato, que iba guiando a los carneros. Cuando Andrés lo alcanzó, lo encontró pensativo.

—¿Hemos llegado? —preguntó.

—Eso parece.

El Gurriato asintió con una media sonrisa cargada de melancolía.

—Cuando era niño, mi abuela me contaba historias terribles de brujas que se encontraban al otro lado de estos montes.

El mayoral hundió el cayado en la tierra que pisaban y observó la línea quebrada de montañas que se recortaba frente a ellos.

Después de tantas leguas recorridas, desde aquella altura se distinguía con claridad la frontera natural con el país vecino.

Cerró los ojos y se dejó envolver por la brisa que ascendía entre los riscos.

Le pareció templada, casi salobre, como si trajese consigo un eco lejano del océano.

Los demás se reunieron junto a ellos con el corazón aún desbocado por la pendiente y la emoción de ver aquello de lo que solo habían escuchado hablar a comerciantes y peregrinos.

Tras las frondosas colinas que se extendían bajo sus pies, un camino serpenteaba en dirección al último pueblo de la península.

—¿Y el mar? —preguntó Casimiro, llevándose la mano a la frente a modo de visera y entrecerrando los ojos varias veces sin darse cuenta.

—El mar… —comenzó el mayoral, pero no tuvo ocasión de terminar, pues el Gurriato se le adelantó.

—¿No lo ves, zagal? Allí, a lo lejos, en el horizonte. Es aquella mancha azulada.

Casimiro forzó la vista, entornando los párpados, y acabó asintiendo con convicción, aunque sin certeza, mientras los demás contenían la risa.

—¡Mirad! Aquello debe de ser un barco —añadió el Gurriato, que señaló un punto indefinido en la lejanía.

Los demás se volvieron en esa dirección, dejándose llevar por la fantasía, e imaginaron grandes velas hinchadas por el viento y un navío cruzando el horizonte con rumbo incierto.

—Tal vez sea una sirena —dijo José, guiñándole un ojo a Casimiro.

—¿Qué es una sirena? —preguntó el zagal.

—Una mujer con cola de pez —aclaró Liborio—. Hay leyendas antiguas que hablan de ellas…

—¿No creerás en su existencia? —intervino el Gurriato, escéptico.

—Hay marineros que aseguran haberlas visto.

—Me lo temía. A Liborio le cuentas que esta no es una merina, sino una mora encantada, y se lo cree —dijo el Gurriato mientras recogía unas flores silvestres amarillas y las colocaba sobre la cabeza de una oveja cercana.

Todos rieron al unísono, incluso Liborio.

—Creo que no soy el único —replicó, dándole una palmada a Casimiro, que acababa de comprender la broma.

Volvieron a reír y a contemplar las vistas hasta que los mastines comenzaron a mostrar inquietud y las ovejas, obedeciendo su instinto, iniciaron el descenso hacia el pueblo que aguardaba al fondo del valle.

La bajada resultó más llevadera que la subida.

Mientras el Gurriato silbaba la melodía que solían tocar los dulzaineros durante las fiestas del pueblo y José hablaba animadamente con Andrés, Liborio se agachaba de vez en cuando para recoger plantas.

Las flores salpicaban de alegría los prados que los rodeaban y la hierba tenía un verdor tan intenso que Casimiro creyó por un instante que había vuelto la primavera.

Atravesaron varios bosques de hayas y abedules, agradeciendo sus sombras y viendo cómo sus troncos centenarios, cubiertos de líquenes, se alzaban retorcidos hacia el cielo.

En pocas horas, y tras compartir algunos trozos de pan de los que guardaban en el morral, los hombres y el ganado llegaron con alivio a las primeras casas del pueblo. Estaban en Roncesvalles.