Capítulo 21
En la actualidad
Es un día de verano, de esos que huelen a tierra caliente y a uva madura. Una lagartija se escurre rápida entre las piedras, perdiéndose detrás de un muro desgastado, la parra rebosa de racimos hinchados y el vuelo de los pájaros dibuja líneas sobre el cielo azul.
Carmen tiene siete años y está en el corral, con las rodillas sucias de tierra y un palo en la mano que ha transformado en varita mágica.
Está de vacaciones en casa de la abuela, ese rincón del mundo donde los días parecen más largos y el pan sabe distinto.
Es uno de sus momentos favoritos del año, sobre todo cuando no hay nadie más, solo ellas dos. Aunque hoy está un poco molesta.
Se ha despertado temprano, con el olor a café y a pan tostado colándose por debajo de la puerta.
Se ha levantado descalza y, aún en pijama, ha recorrido la casa con los ojos bien abiertos, esperando ver la primera pista.
A veces es una nota escrita con letra torcida; otras, una galleta bajo un cuenco o una cinta de lana anudada en un picaporte.
La abuela le deja un rastro que ella sigue con entusiasmo hasta dar con la sorpresa final: un cuento, unas pinturas, unas flores o, simplemente, una frase bonita.
Ayer tuvo que resolver varias adivinanzas y buscar entre las matas de tomates del huerto hasta dar con un cascanueces que su abuela había escondido para que, por la tarde, la ayudara a preparar una tarta de frutos secos.
El día anterior, la pista la llevó al álbum antiguo. Revisó las fotos una por una hasta encontrar aquella imagen donde su abuela la sostenía en brazos, apenas recién nacida. Al final del juego, la fotografía apareció dentro de un marco de madera, envuelto con una cinta roja.
Otro día le tocó resolver un acertijo con palabras escritas del revés. Después de leerlo en voz alta varias veces, entre risas y frustración, descubrió el escondite: una lata decorada, escondida detrás del frutero, donde la esperaban las rosquillas caseras todavía tibias.
Pero hoy, nada. Ni papelitos, ni dibujos, ni migas que formen un camino invisible. Solo el silencio de la casa, el murmullo del gallinero a lo lejos y la voz lejana de su abuela tarareando cerca de la pila.
Carmen ha salido al corral con un nudo en el estómago. No está enfadada, pero sí preocupada. Siente que su abuela se ha olvidado de algo importante, algo que para otros puede parecer una tontería, pero que para ella es un ritual sagrado.
Mueve el palo entre las hierbas secas y espanta con gesto distraído a una gallina mientras se acerca a su abuela, que está junto a la pila.
La mujer lleva un sombrero de paja calado hasta las cejas y un delantal oscuro que le cubre el ancho vestido.
Con ayuda de una paleta, remueve con fuerza el contenido de un cubo y parece que bate el mundo entero.
Carmen se aproxima.
—Mamá dice que no sabe para qué sigues haciendo jabón en casa si en el supermercado lo hay por muy poco dinero —murmura, repitiendo palabras oídas.
La abuela, sin dejar de remover, suspira.
—Este jabón es distinto, Carmen. Más especial que cualquiera de los que venden en las tiendas.
—¿Por qué?
—Porque le he dedicado mi tiempo. Y todo lo que lleva tiempo… lleva también algo de uno mismo.
Carmen ladea la cabeza sin entender.
—¿Te he contado alguna vez el cuento del pastor y el tesoro?
—pregunta la abuela, señalando con la barbilla más allá del corral.
Carmen asiente, pero eso no la detiene—: La leyenda cuenta que un pastor, tras volver de Oriente con un rebaño de ovejas bañadas en oro, escondió sus riquezas en ese monte.
Desde entonces, muchos lo han buscado, pero nadie ha conseguido encontrarlo.
—Pero eso no es verdad, abuela.
—Sí que lo es. El pastor vivió en esta misma casa.
—¿Y tú cómo lo sabes?
La abuela se detiene. La paleta queda inmóvil en la mezcla blanquecina.
—Algún día te lo enseñaré.
—Entonces…, ¿por qué no buscas ese tesoro?
La mujer se agacha y le limpia con la punta del delantal una gota de jabón que le ha salpicado en la mejilla. Sonríe y después saca un papel del bolsillo, lo que hace a la niña dar saltos de alegría.
—Porque ya tengo uno.
Y mira a su nieta como si nada en el mundo pudiera brillar más que ella.