Capítulo 20
Menos Casimiro, todos se reían. El zagal, que tenía la cara descompuesta y el cuerpo todavía temblando, cerraba y abría los párpados de forma inconsciente y más impulsiva de lo habitual.
—Anda, ven aquí —indicó Andrés con un gesto, invitándole a que se acercara a la lumbre.
Se encontraban en el claro de un bosque de pinos, en la ladera de una colina que anunciaba la llegada próxima de las majestuosas montañas de los Pirineos. Desde hacía días, el terreno era más escarpado y los prados más verdes.
—Vaya susto te has dado, ¿eh? —exclamó José, con los ojos húmedos de la risa.
Casimiro se sentó entre Andrés y Liborio, sin atreverse a mirarlos a la cara.
Las sombras del fuego dejaban la mitad de su rostro escondido en la oscuridad.
Liborio le revolvió el pelo y le miró comprensivo antes de levantarse.
Aquella noche le tocaba a él vigilar el rebaño y era hora de acudir a su puesto.
Una de las mulas comenzó a relinchar. José y Andrés encendieron el candil de aceite que tenían junto a uno de los troncos que les servían de asiento y se acercaron hacia el animal.
Casimiro seguía quieto, contemplándose la punta de los pies.
Ahora sabía que el ruido que lo perseguía por el bosque al volver de hacer sus necesidades no era el de un depredador, sino el del Gurriato gastándole una broma.
El mayoral regresó a los pocos minutos.
—José necesita tu ayuda para sujetar a la mula —le dijo al Gurriato. Iba a marcharse con ellos, pero cambió de idea al ver al chico encogido frente al fuego—. Ahora os alcanzo.
El zagal no se movió cuando Andrés se sentó a su lado. Permanecieron un rato sin decir nada hasta que el mayoral se decidió a hablar:
—¿Estás bien? —preguntó. Casimiro pareció pensárselo un momento y después asintió—. No se lo tengas en cuenta. El Gurriato es un tunante, pero en el fondo alberga un buen corazón. Además, él tiene miedo hasta de su sombra. ¿Sabías que duerme siempre con la honda dentro de los pantalones?
Casimiro negó con la cabeza.
—Pensaba que era una bestia… que me iba a atacar.
—Estando nosotros aquí, con los mastines y la hoguera encendida, no debes tener miedo.
—Eso pensé después, mientras corría… —Casimiro tragó saliva—. Creí que era un fantasma —confesó con la voz rota, tapándose los ojos.
Andrés aguardó a que el muchacho se calmase, alzó la vista hacia el cielo tachonado de estrellas y habló con voz queda:
—Los únicos fantasmas a los que has de temer son los tuyos propios.
Casimiro lo miró sin comprender.
—Nuestros temores, las cavilaciones, los recuerdos… Con el paso de los años, esos son los espectros que más nos atormentan —añadió el mayoral tras una pausa, sin dejar de observar la bóveda celeste—. Aunque cuando uno pasa tanto tiempo en soledad, acaba por aprender a convivir con ellos.
El zagal levantó los ojos, siguiendo la mirada del mayoral, cuyas pupilas reflejaban el brillo del firmamento.
—Pero no te preocupes, muchacho, aprenderás a calmarlos. Caminar ayuda a sanar el alma y nosotros sabemos mucho de eso.
El mayoral le dedicó una sonrisa y este se la devolvió. La Vía Láctea los envolvía, extendiendo sus brazos de luz hacia los dos extremos de la bóveda astral.
—Cuando el temor me asalta, me ayuda contemplar las estrellas —explicó Andrés con serenidad—. Ellas me recuerdan dónde me hallo y trazan mi rumbo. Cuando uno sabe hacia dónde se dirige, es más llevadero seguir.
Casimiro suspiró, notando cómo el pecho se le aligeraba. Las palabras de aquel hombre, que en las últimas semanas se había tornado en lo más cercano a un padre que jamás conociera, le devolvieron la calma.
—Mira, ¿ves aquel punto de luz que brilla más que el resto? —preguntó el mayoral señalando al cielo—. Esa estrella nos indica siempre el norte. Mírala cada vez que te sientas perdido.
—¿Usted nunca tiene dudas? —quiso saber el zagal tras apreciar una inesperada melancolía en la mirada del mayoral.
—Claro que sí, Casimiro. Las dudas son compañeras inevitables.
—Siempre parece tan seguro… guiando al ganado, tomando decisiones, liderando al grupo.
—Esa es parte de mi labor. Hago lo que puedo, y los años dan aplomo. ¿Echas de menos el pueblo?
—Mucho. Aunque sé que no podía quedarme más tiempo en casa, ahora me doy cuenta de cuánto extraño a mis amigos… Y a mi madre.
—Estar lejos del hogar siempre es duro. Cuando vuelvas, habrás vivido jornadas que tus amigos ni alcanzarían a imaginar. Tu madre estará orgullosa de ti y, solo después, te tocará decidir si esta vida es la que deseas.
Guardaron silencio unos minutos. Con el crepitar de la leña, el titilar del fuego proyectaba sombras danzantes sobre sus rostros.
—¿Y qué hay de su familia? —quiso saber Casimiro.
—Pienso en ellas cada día —respondió el mayoral, sin apartar la vista de la lumbre.
—¿Y si en Francia nos pasa algo? ¿Y si no podemos regresar? —preguntó el zagal, haciendo partícipe a Andrés de sus miedos.
—No debes temer a una línea trazada por el hombre. La tierra que pisemos al pasar los Pirineos será la misma que ahora tienes bajo tus pies. Si cumplimos con nuestro deber y trabajamos como hasta ahora, todo irá bien. Incluso puede resultar que allí estemos más seguros que en nuestra patria.
Andrés se levantó para acudir en ayuda de sus compañeros y el zagal lo imitó, caminando tras él en la oscuridad. La conversación con el mayoral había apaciguado sus temores, pero algo en sus últimas palabras le dejó intranquilo.