La sombra del mayoral Capítulo 19
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Capítulo 19

En la actualidad

Un pasajero está entrando de espaldas al avión. Carmen tiene ganas de preguntarle si cuando sube en un coche también es así, o tal vez haciendo el pino, pero se muerde la lengua y se limita a sonreír. El ser humano y la superstición irán siempre de la mano.

«¿Me permite ver su billete, por favor? Gracias. Fila veintidós, asiento D, la butaca del pasillo a su derecha. Buen viaje», y así cientos de veces.

En la fila quince, Carmen ve cómo una compañera ayuda a un hombre que se afana por incrustar su maleta en el compartimento de equipajes. A veces tiene la impresión de que los pasajeros creen que al entrar en un avión los centímetros dejan de medir lo mismo.

Comienza el despegue y Carmen se sienta. Está tan cansada que podría dormirse de pie frente al asiento de algún pasajero de primera clase, esperando a que decida qué tipo de frutos secos prefiere.

—¿Estás bien? —La voz de una compañera la sobresalta.

—Sí, lo siento. —Carmen se lleva la mano a la frente mientras la otra tripulante de cabina la mira desde lo alto de sus tacones. Acaban de estabilizarse en el aire y, por lo que parece, ha pasado todo el despegue en las nubes.

—Ayúdame con esto —le pide para comenzar el servicio de a bordo.

Carmen se desabrocha el cinturón de seguridad y se pone a trabajar. Solo podrá descansar horas después, cuando llegue al hotel, en su particular día de la marmota. Cada noche es el mismo tipo de habitación, aunque la puerta tenga un número distinto y las cortinas sean de otro color.

Al terminar la jornada, un bus los traslada del aeropuerto al hotel. Tras degustar la cena, un sándwich frío, pues hace horas que los restaurantes cerraron, se pone el pijama y se tumba sobre la cama.

Durante un rato, ha encendido la tele en busca de compañía.

Antes se solía quedar embobada mirando algún programa absurdo amenizado por rostros de dientes perfectos y cuerpos operados, pero ya ni siquiera eso la distrae.

Ahora las camas le resultan cada vez más frías; las puertas, cada vez más pesadas; los desayunos, más insípidos; y las conversaciones, más aburridas.

Mira el móvil y comprueba que Alicia no le ha devuelto la última llamada, así que imagina que estará demasiado ocupada.

Siente el tacto áspero de las sábanas en su piel, que han sido lavadas y relavadas después de arropar los sueños de cientos de vidas. Trozos de tela impersonales, pero cómplices de noches en vela, de disputas, de sexo, de caricias o de miedos, en la primera, la última o una noche cualquiera.

Se levanta al baño y, de vuelta a la cama, observa las perchas desnudas del armario y la maleta en el suelo cubierta de ropa revuelta. Entre los pliegues de un pantalón, sobresale el libro de Julio Verne, iluminado por la lámpara de la mesilla.

La última vez que lo leyó no dejó ningún marcapáginas, así que lo abre por una página cualquiera y se sumerge en la historia.

El profesor Lidenbrock acaba de descubrir que el extraño texto estaba escrito al revés.

Una vez resuelto el enigma y descifrado el mensaje, pide a un atónito Axel que prepare las maletas para emprender su maravilloso viaje.

Los párpados se le cierran justo antes de escuchar el murmullo de una pareja atravesando el pasillo —el primer ruido en horas—.

Los pensamientos viajan de un lugar a otro sin previo aviso, como hojas arrastradas por el viento: el bebé de Alicia, sus manitas redondas, los enormes ojos atentos, el cabello rubio que apenas le cubre la cabeza.

Los padres de Carmen sonríen desde dentro de un marco dorado, el día de su boda.

Luego, el pueblo. Aquellos veranos de infancia en los que jugaba con niñas de su edad mientras cuidaban entre todas al hermano pequeño de alguna.

Los abuelos, sentados en un banco frente al portón de la casa vieja, rodeados de otros señores de mirada lenta, boinas encajadas y arrugas profundas como surcos.

Un pastor se acerca por el camino, seguido por un rebaño de ovejas, y del morral saca un objeto brillante como el sol del mediodía.

Y de pronto, los libros. Los de la estantería de su abuela, esparcidos por el suelo como si alguien hubiera querido romper el orden de una vida.

Todo se mezcla, sin lógica ni orden, pero con una claridad que asusta. Abre los ojos y sacude la cabeza. Ahora recuerda.