Capítulo 18
La venta se hallaba a tiro de piedra del valle donde pastaban las ovejas y descansaban los pastores. Era una edificación de dos alturas, con una chimenea que ahumaba el techo del comedor y dos largas mesas de bancos corridos toscamente tallados.
—Son dos reales —dijo la ventera señalando el vaso medio vacío.
—Necesito también que se haga llegar esta carta —pidió Andrés, que depositó en la mesa otras dos monedas y el sobre cerrado con sello de lacre que había comprado al entrar.
La mujer lo tomó con desgana, se guardó las monedas en la faltriquera y se dio media vuelta, arrastrando los zuecos sobre el suelo de piedra.
Aunque habían pasado varios días desde el ataque de los lobos y el rechazo de los ganaderos de la zona, era la primera ocasión que Andrés tenía para informar a Hilaire de lo sucedido.
El mayoral dio un último trago, dejó el vaso sobre la mesa y salió de la posada.
Cuando llegó al encuentro de su rebaño, las ovejas pastaban con calma y los pastores aprovechaban para descansar entre las retamas.
El Gurriato dormitaba sobre un montón de paja que había dispuesto para la ocasión, el zagal contemplaba como José reparaba la herradura de una de las mulas y Liborio se entretenía fabricando el badajo de madera para un cencerro.
Al mismo tiempo que Andrés, un ciego acompañado de su lazarillo apareció por el lado opuesto del camino. Los mastines ladraron al sentir su presencia, pero el mayoral les hizo callar con un gesto.
—Señores —saludó el ciego al llegar a la altura del grupo, descubriéndose el sombrero con respeto—. Soy hacedor de nóminas. ¿Les interesaría que les ofreciera mis servicios?
—Se lo agradezco, pero no es necesario —respondió Andrés con cortesía.
—Como gusten —replicó el hombre, que se volvió a colocar el sombrero y golpeó con su bastón el suelo antes de proseguir su camino.
El mayoral observó al lazarillo que acompañaba al ciego. El niño, de rostro sucio, no habría cumplido aún los diez años.
—¡Espere! —exclamó Liborio, dirigiéndose a Andrés—. Creo que una nómina nos puede venir bien… en un viaje tan largo. Ya sabe, para alejar el mal de ojo y las enfermedades.
El Gurriato soltó una carcajada desde su improvisado lecho y se giró, dándoles la espalda.
—Mal no nos puede hacer —añadió José, que observaba la escena con interés junto a Casimiro.
—Está bien —aceptó resignado el mayoral.
El lazarillo se había acercado a Andrés y le tendía la palma de la mano, esperando una moneda. Cuando la recibió, se la dio a su amo, que la guardó con rapidez bajo su capa.
—Vamos al norte de Francia, señor, con un rebaño de merinas. Necesitamos que nos ayude en la travesía —pidió Liborio.
El ciego inclinó la cabeza y, tras preguntar al mayoral cuál era su nombre completo, empezó a recitar una serie de extrañas oraciones en latín, santiguándose de forma continuada.
Al mismo tiempo, su lazarillo se sentó sobre una piedra, y sacó una pluma y un tintero para escribir el nombre de Andrés sobre un pergamino.
El pliego contenía un texto que reproducía las mismas plegarias que declamaba su amo.
—Tiene que llevarla cerca, señor —murmuró el niño al terminar de escribir y entregarle la nómina.
Andrés la guardó dentro del morral y le ofreció otra moneda al muchacho, que lo miró sorprendido y la escondió con rapidez entre sus ropas.
Mientras tanto, el ciego conversaba con Liborio sobre las virtudes de unas hierbas curativas que, aseguraba, podían aliviar al portador de enfermedades y malos augurios.
—Y esta es una piedra del rayo —explicó mostrando un canto ovalado que brillaba al sol—, os protegerá de las tormentas.
Liborio no lo dudó: sacó el cuerno de vaca que usaba para beber y se lo ofreció a cambio. Un trueque que el hombre aceptó después de palpar con atención lo que le ofrecía el pastor.
—Vamos, es hora de partir —manifestó el mayoral mientras terminaban el intercambio—. Nos queda mucho camino.
El ciego y su lazarillo se despidieron con cortesía y se encaminaron hacia la venta.
—Ya no nos atacarán más lobos —aseguró con aire triunfal Liborio, guardando la piedra y las hierbas en el morral.
—Me temo que a ti los lobos ya te han saqueado —añadió el Gurriato, poniéndose en pie—. Y a plena luz del día.