Capítulo 17
En la actualidad
Nada más llegar, Carmen avisa a Ernesto de que Alicia se unirá a ellos. A él no parece molestarle. Los tres se conocen desde hace tiempo, de vuelos, escalas y cafés rápidos en aeropuertos con nombres que ya se confunden.
Alicia, con su recién estrenada maternidad a cuestas, aparece hablando por teléfono y los deja unos minutos esperando en la puerta.
Carmen mantiene la mirada clavada en sus propias zapatillas, sin atreverse a levantar la vista.
Fuera del trabajo, nunca lleva los labios pintados, el pelo recogido ni tacones. Eso forma parte del uniforme.
Él también está distinto: camiseta, vaqueros, gesto relajado…
No parece el mismo. Carmen se pregunta si sería capaz de reconocerlo por la calle, entre la multitud.
Ahora es uno más entre un millón. Uno cualquiera, si no fuera porque ese cualquiera está mirando el menú de la puerta y le pregunta si le gustan los calamares.
Cuando por fin Alicia cuelga el teléfono, entran al bar y se ponen al día.
Aunque han tenido suerte de pillar una de las mesas del fondo, el local está a rebosar y Carmen tiene problemas para escuchar con claridad lo que dicen sus compañeros.
Ernesto deja el palillo en el plato de las croquetas y se limpia con una servilleta de «gracias por su visita».
También hay sobre la mesa dos cervezas, un Aquarius y una ración de bravas.
Según les cuenta Alicia, la maternidad es lo más bonito del mundo, pero también lo más cansado, y se excusa diciendo que no podrá quedarse mucho porque su bebé la espera y está muerta de sueño.
Aun así, Carmen le agradece con la mirada que haya acudido a la cita.
Con ella en la mesa, se siente tranquila.
Después de quejarse de todo y de nada, la conversación deriva hacia el libro de Julio Verne y la enigmática carta descubierta en su interior. No era una excusa para quedar, sino que Ernesto está realmente interesado.
Carmen se sorprende a sí misma sintiendo una punzada de decepción al pensarlo, aunque no sabe muy bien qué esperaba, si es que esperaba algo. Alicia, en cambio, quiere compartir el entusiasmo de Ernesto y no para de lanzar preguntas entre sorbo y sorbo:
—¿Podría ser un secreto de tu abuela?
—O que lo haya escrito una vecina hace unos cuantos años —responde Carmen, quitándole importancia con la mano.
—Tú siempre tan positiva —ríe Alicia.
—Pues yo creo que es algo más —afirma Ernesto después de dar un trago a su cerveza.
—Ah, ¿sí? —se interesa Alicia.
—He descifrado lo que parece una fecha. Aquí —explica señalando la parte superior del texto—.
Tras hacer una búsqueda en internet, el año coincide con la desaparición de unas joyas de las dependencias de la reina en el palacio de Rambouillet, una ciudad cercana a París, que precisamente se nombra en la carta.
—Continúa —pide Alicia mordiéndose las uñas.
—Al parecer, durante años, se buscó al ladrón, incluso después de que le cortaran la cabeza a su propietaria —añade Ernesto pasándose el filo de la palma de la mano derecha por el cuello, de un lado al otro—. Pero las joyas nunca aparecieron.
—¿Y eran valiosas?
—Muchísimo.
—No veo la relación con lo que aquí está escrito —comenta Carmen contrariada—. Además, ni siquiera se entiende bien, la tinta está prácticamente borrada y las frases no están completas. No sé cómo has podido llegar a esa conclusión.
Ernesto suspira y toma la carta que guarda dentro de un grueso plástico transparente.
—Dejadme que os la lea…
Mi muy estimado amigo:
No podéis imaginar la emoción que han causado vuestras letras en Rambouillet. El corazón me latía como en la espera de una visita querida. Y vuestras palabras han sido, sin duda, las más deseadas.
Me alegra sobremanera saber que os halláis de regreso en vuestra tierra y que aquello que casi os costó la vida se encuentra bajo la custodia de San Martín. Vuestro gesto os honra.
Sabed que mi biblioteca cuenta ya con un nuevo ejemplar de La pícara Justina.
En estas tierras todo permanece como siempre, mas presiento que se avecinan cambios de gran importancia.
Siempre vuestra, os estimo y recuerdo con el corazón rendido.
Al levantar la vista de la carta, Ernesto añade:
—El nombre de la firma no consigo descifrarlo, pero la fecha que aparece en el encabezado estoy casi seguro de que es 1787.
Las dos mujeres se miran sin comprender.
—¿No lo veis? —se extraña Ernesto.
—¿Qué se supone que tenemos que ver?
—¡Tal vez tiene algo que ver con las joyas robadas! Es mucha casualidad que hable de Rambouillet. Tal vez por eso nunca las encontraron, porque se las trajeron a España.
Carmen resopla antes de tomar la palabra.
—Y si eso fuera cierto —continúa Carmen—, ¿cómo vamos a saber dónde las escondieron? Ni siquiera entendemos la mitad de lo que está escrito.
—¿Tu abuela nunca te habló de esta carta? —pregunta Ernesto.
El recuerdo de su abuela aparece, rodeada de libros, siempre dispuesta a compartirlos con ella.
—No, pero le encantaba leer. Solía decir que debemos conocer la historia para no cometer los mismos errores del pasado.
Es verdad que me contaba cuentos basados en viejas leyendas, la mayor parte seguramente inventadas.
Pero no creo que tenga especial importancia, además de que en los últimos años había empezado a perder la cabeza.
Ernesto y Alicia comprenden que Carmen no está dispuesta a hurgar más y acaban cambiando de tema.
Se toman la última ronda hablando de bebés, de biberones, de noches en vela y primeras palabras.
El rostro de Alicia se ilumina cuando habla de su hijo y Carmen la escucha con ternura, aunque hay algo en su sonrisa que se queda un poco lejos, que parece no llegar del todo.
Se despiden con un abrazo largo y prometen volver a verse, pero esta vez lejos de un avión, sin horarios ni maletas.
Carmen se aleja calle abajo, con la carta guardada en el bolso y los pensamientos anclados en su abuela.
Hay algo que no termina de entender, pero que late, fuerte y constante, viniendo desde muy atrás, desde el lugar donde habitan las palabras que no se olvidan.