La sombra del mayoral Capítulo 16
20%

Capítulo 16

El mayoral contemplaba cómo, con aire cansado, Casimiro removía con un cucharón las migas para el desayuno. Él tampoco pudo pegar ojo después del incidente, tenía demasiadas preocupaciones como para caer en los brazos de Morfeo.

Mientras los pastores rodeaban el caldero humeante, Andrés salió con paso sereno del chozo.

Se dirigió al lugar donde, la noche anterior, había dispuesto las tres piedras en forma de triángulo invertido, se arrodilló sobre la tierra aún húmeda del amanecer y, con las manos desnudas, escarbó.

Los dedos se le cubrieron pronto de barro oscuro hasta que dio con la pequeña bolsa de cuero.

La sacudió, comprobó que seguía cerrada y la guardó en el morral, pegada a su cuerpo.

Cuando regresó junto a los hombres, ninguno formuló pregunta alguna al verle con las uñas ennegrecidas y el rostro ausente. En pocos minutos, rebañaron el fondo del caldero, donde quedaban los últimos restos de pan empapado en grasa y torreznos.

Con los primeros rayos de sol tiñendo las lomas, se pusieron en marcha, con las bestias cargadas y el rebaño avanzando bajo la vigilancia de los perros.

—Esas ovejas se nos están saliendo de la cañada. Llama a los mastines, que las encarrilen de nuevo —pidió Andrés.

El Gurriato silbó fuerte, con los dedos en la boca, y los perros acudieron de inmediato, ladrando y corriendo en dirección al rebaño desmandado. Acto seguido, rebuscó en su zurrón y sacó un trozo de cuero curtido, de forma triangular, sujeto a una cuerda larga enrollada.

—Toma, zagal —dijo al tendérselo a Casimiro—. Prueba con la honda. Las ovejas huirán en cuanto la piedra silbe por el aire, así que apunta bien.

El chico parpadeó varias veces, tragó saliva y aceptó el arma pastoril con gesto decidido, aunque algo torpe.

—Mira —explicó el Gurriato mientras le mostraba una piedra redonda, del tamaño justo—, no hace falta mucha fuerza, solo darle unas vueltas con el brazo y… ¡soltar!

El muchacho giró la honda con ímpetu y soltó el extremo con nerviosismo. La piedra salió disparada en dirección contraria a la que pretendían, volando con fuerza hacia donde avanzaban las mulas.

—¡Que nos matáis! —se oyó gritar a José desde la distancia, que señaló enfadado el lugar donde el proyectil había caído, a un palmo de las patas de uno de los animales.

El Gurriato estalló en una sonora carcajada mientras Casimiro enrojecía como una granada madura.

—No está mal, mozo —comentó entre risas—. Tienes buen brazo, pero procura no apuntar a la cabeza de nadie la próxima vez.

Casimiro asintió y le devolvió la honda. El pastor se la colgó de la cintura, sujetándola con el cordón de los calzones, aún divertido.

—Aprovechemos para beber —indicó el mayoral cuando el río se interpuso en su camino—. El agua no estará tan clara después de pasar por el lavadero.

Liborio sacó del zurrón el cuerno de vaca, que él mismo había decorado, y se lo ofreció a sus compañeros. Mientras aplacaban la sed, divisaron los tejados rojizos de la ciudad de El Burgo de Osma, que ya se distinguía al final del valle.

El ganado continuó la marcha y, al llegar a la altura de las primeras edificaciones, Andrés se separó de sus compañeros. Dejó atrás la cañada, cruzó por un puente de piedra y atravesó la puerta principal de la muralla.

Creyó tener suerte cuando comprobó que era día de mercado y la plaza del pueblo se encontraba abarrotada de comerciantes y ganaderos de la zona.

Entre ellos, encontraría alguno que le pudiera vender tres merinas para cubrir las bajas.

Pero ninguno estuvo dispuesto a hacer negocios con él, pese a que el mayoral ofrecía un precio justo por los animales.

Desanimado, sin más tiempo del que disponer, regresó a la cañada real en busca de sus compañeros.

El lavadero se encontraba a pocas leguas de distancia y decidió probar suerte. Varias construcciones de adobe, de un solo piso, se asentaban sobre la vaguada. Al exterior, una decena de mujeres se arrodillaban en el cauce del río, frotando una y otra vez sobre rugosas tablas de lavar.

Identificó la cuadra de esquileo gracias al balido de las ovejas que se encontraban dentro. El ajetreo era visible: los hombres transportaban sin descanso la lana, la enrollaban y cargaban los carros de vellones.

—Alabado sea Dios —saludó el mayoral al entrar en el edificio.

—Por siempre sea alabado —contestaron los esquiladores.

Uno de ellos desató a la oveja que tenía entre las piernas, guardó las tijeras en la vaina de cuero que pendía de su cinto y se acercó con paso resuelto.

—¡Andrés! ¿Qué te trae por estas tierras y en esta época del año?

El mayoral reconoció al hombre que tenía delante: se trataba de un viejo camarada de la trashumancia, con quien había compartido noches al raso, heladas en los huesos y jornadas de hambre. Hacía años que no lo veía, pues, según le habían contado, ya no bajaba a Extremadura con los rebaños.

Andrés le explicó su situación, el ataque de los lobos y el viaje que tenía que hacer a Francia. Los ojos de su antiguo compañero se abrían cada vez más.

—Espera un momento —dijo el esquilador, tomándole del brazo y bajando la voz—. Será mejor que hablemos allá afuera.

Andrés lo siguió hasta la puerta, y de allí caminaron entre las zarzas secas y los álamos hasta alcanzar un recodo sombreado. A pocos metros, las aguas descendían con ímpetu, estrellándose contra las piedras con estruendo.

—¿Puedo saber qué razón hay para tanto sigilo? —preguntó el mayoral, que lanzó una mirada de soslayo hacia las casas de labor junto al lavadero.

—No me fío de esos —respondió el esquilador, señalando con el mentón la nave del esquileo—. Aquí, con este bramar de agua, no hay oídos que nos alcancen.

—Necesito comprar tres merinas. Las mejores que tengas.

El esquilador soltó una carcajada breve, aunque sin alegría.

—Bien sabes que ya no sirvo a ningún amo.

—Tengo entendido que te hiciste con un rebaño propio.

—Tan escaso es que apenas me da para cinco quesos al año —repuso el hombre con una mueca torcida, como quien se burla de su propia suerte.

—¿Merinas?

—Algunas —admitió el esquilador, sin apartar la vista del cauce.

—Pagaré bien.

—No es cuestión de dineros.

—¿Pues de qué?

—Ya sabes cómo son los pueblos —dijo el hombre, bajando aún más la voz—. La gente murmura. Se comenta que no conviene tratar con el mayoral que parte hacia Francia, dicen que es un traidor. —Andrés abrió la boca, pero no halló palabras de inmediato—. Cuentan que la orden viene de arriba.

—Eso no puede ser —replicó al fin el mayoral—. He sido encomendado por su majestad el rey. Más arriba solo está Dios, y dudo que se haya aparecido a estas gentes.

Resignado, el esquilador se encogió de hombros.

—Ahora comprendo por qué en el mercado nadie quiso venderme sus merinas.

—De todos modos, es cosa de asombro saber que eres ese mayoral del que tanto se cuchichea.

—Tú ya no sirves a ningún amo. Eres hombre libre, dueño de tus actos —argumentó Andrés mientras extraía del morral una bolsa de cuero que tendió al otro con gesto contenido.

El esquilador la tomó con cautela, la abrió y no pudo reprimir un sobresalto al ver el brillo de las monedas en su interior.

—Esto ha de quedar entre tú y yo —añadió Andrés.

—Veamos qué se puede hacer —declaró el esquilador, que fue contando los reales, uno a uno, bajo el rumor incesante del río.