La sombra del mayoral Capítulo 38
100%

Capítulo 38

«Un año puede ser mucho tiempo si pensamos en un niño que crece o en una fruta que madura, pero la percepción es distinta si lo que nos indica su paso es el agua que corre por el caño de una fuente».

Eso es lo que pensó Andrés cuando se agachó para beber del manantial en Sigueruelo y sintió en la garganta el agua tan fría como siempre.

Sin embargo, no podía negar que los últimos doce meses le habían cambiado.

Se pasó la mano húmeda por la frente y cogió el cayado.

Un rebaño de merinas pastaba a su alrededor.

Andrés seguía haciendo lo único que sabía: cuidar y guiar a su rebaño.

Porque sí, ese era su propio rebaño, aunque todavía, algunas mañanas, le costara creerlo al levantarse.

Con el pago que recibió de monsieur Gilbert, además de comprar tierras y ganado propio, el mayoral mandó construir una casa, la más grande del pueblo, con piedras recién salidas de la cantera y no solo de adobe, como era costumbre.

Al regresar, su mujer y sus hijas lo recibieron con los brazos abiertos y una montaña de besos.

Las niñas estaban más altas; su mujer, aún más fuerte.

Nunca le habló de Inés, aunque a veces ella lo sorprendía con la mirada perdida y sospechaba que no le había contado todo, pero nunca se atrevió a preguntar.

Como aquel día, dos años después, cuando Andrés llegó emocionado con la Gaceta de Madrid bajo el brazo.

Le señaló con el dedo una frase escueta, que leyó en voz alta, sobre la agitación social que se vivía en París.

Unas letras impresas que su mujer no comprendió, pero que —sin saberlo— marcaban el inicio de un cambio que haría temblar los cimientos del Viejo Continente.

Liborio, José y Pedro el Gurriato seguían trabajando para él, con un sueldo que les permitía vivir sin pasar penurias.

Tardaron más en llegar a casa de lo esperado, pues decidieron dar un rodeo hasta llegar a la cañada real soriana occidental, pasando por la riojana por si acaso les seguían.

Pero nadie más les molestó durante el camino ni lo harían ahora que estaban en Sigueruelo.

Andrés escribió una carta al veterinario francés para contarle lo sucedido.

Cuando estuvo al tanto, Gilbert habló con el rey de Francia y este con su primo Carlos III, quien envió un emisario hasta Sigueruelo para asegurarles que jamás volverían a ser molestados.

Por supuesto, el mayoral también escribió a Inés. Recordando aquella conversación que mantuvieron en el bosque, le confió —de forma que nadie más pudiera entenderlo— el lugar exacto donde había escondido el collar. Sabía que solo ella podía conservarlo sin levantar sospechas.

Entregó la joya al sacerdote que fue su maestro en el convento de Santo Tomé del Puerto, un hombre humilde y sensato ya entrado en años.

Tras escuchar la confesión de Andrés, el cura aceptó guardar el collar en la iglesia donde ahora oficiaba: San Martín de Fuentidueña. Pero Andrés no lo escondió todo.

Comprobó que al collar le faltaban algunas de las cuentas: las mismas que la boticaria había decidido guardar. Cuando lo entendió, decidió hacer lo mismo, separando unas cuantas piedras más para asegurarse de que a la familia de Casimiro no le faltara de nada.

—Disculpe, don Andrés.

El mayoral escuchó una vocecilla y se giró sorprendido.

—Era hoy, ¿verdad? —preguntó una niña de pelo moreno, con una paja de tomillo en la boca y un libro en la mano.

Andrés se llevó una mano a la frente.

—Es verdad… ¡Qué cabeza tengo, se me había olvidado! —El mayoral silbó a los mastines, que reagruparon a las ovejas más cerca de ellos—. Ven, sentémonos aquí —dijo a la recién llegada, señalando el saliente de una roca a la sombra de una enorme sabina.

—¿Cree que pronto sabré leer y escribir? —quiso saber ilusionada la niña.

—No tengo ninguna duda de que así será —sonrió Andrés.

Sentía una dicha serena al cumplir la promesa que le hizo a Casimiro, aunque ya no estuviera con él: enseñar a los niños del pueblo, donde nunca hubo escuela.

Dedicaba todo el tiempo que le permitía su nueva vida —libre ya de la trashumancia— a enseñar a leer y escribir a sus hijas, que lo miraban con una mezcla de admiración y alegría.

Incluso su mujer, siempre tan práctica, había empezado a interesarse también por las letras.

El mayoral abrió el libro por la primera página y fue mostrando con paciencia el sonido que producía cada letra, las sílabas y, por último, las palabras, así hasta formar frases completas.

Era uno de los volúmenes que había comprado en Segovia, en la tienda de un librero, para repartir entre los jóvenes.

—Llévalo siempre contigo —indicó a la chiquilla, devolviéndole el ejemplar cuando finalizaron—. Y cada vez que puedas, vuelve a releer lo que hemos visto.

La niña sonrió, feliz, y se alejó corriendo hacia el pueblo, donde su madre ya la esperaba con el balde al hombro camino del lavadero. Andrés la siguió con la mirada hasta que escuchó pasos detrás de él.

—A este ritmo, vas a tener que enseñarme a mí también —declaró el Gurriato, señalando a la niña que corría con el libro apretado contra el pecho.

—No sé si en esa cabeza tuya queda sitio para letras —bromeó Andrés, que se incorporó y le dio una palmada en el hombro.

El Gurriato bajó la mirada un instante antes de levantarla de nuevo, más seria.

—He preparado una cruz para el cementerio de la iglesia. Para Casimiro —musitó con la voz quebrada—. Su madre quiere tener un sitio donde ir a rezarle.

Andrés asintió despacio. No hablaban del tema ya, pero todos lo llevaban dentro. El Gurriato, quizá más que nadie, había sentido la pérdida y, desde su muerte, algo en él se había apagado.

Pero el mundo no se detenía: había animales que cuidar, niños a los que enseñar, campos que labrar.

Y así, con el dolor a cuestas, seguían adelante.

Porque no podía ser de otra forma. La vida en el campo era sacrificada y el trabajo de pastor exigía entrega constante.

Las largas jornadas bajo el sol abrasador o el frío mordiente, la soledad de las montañas…

Todo formaba parte de una rutina implacable.

Y a pesar de las penas y las pérdidas, había una fuerza silenciosa que los impulsaba a seguir: la certeza de que cada amanecer traía consigo una nueva oportunidad para ver brillar el sol.

En medio de tanta dureza, aún quedaba lugar para la esperanza, para el recuerdo y para la promesa de días mejores.

FIN