Capítulo 14
Los primeros en olerlos fueron los perros, que con sus gruñidos despertaron inmediatamente al Gurriato.
El pastor se incorporó de un brinco, antes incluso de abrir los párpados. Se restregó los ojos con ambas manos, cogió el cayado y acudió a la llamada de los mastines en la oscuridad.
Lo que vio al llegar no le gustó nada. Los tres bultos de pelo oscuro que defendían a las ovejas se mezclaban entre aullidos con otros cuatro que intentaban acceder al redil.
Uno de ellos ya lo había conseguido y se abalanzaba contra las ovejas, que corrían y balaban despavoridas, atrapadas en su propio infierno.
El Gurriato alzó la vara y lanzó gritos que apenas se escuchaban en el bullicio que le rodeaba.
Pese a la defensa de los mastines, los lobos habían atravesado las cuerdas y acorralaban a los animales, cuya blancura destacaba a la luz de la luna.
Sin pensárselo dos veces, el pastor también entró al redil, con los lobos hincando el diente y los perros atacándoles.
Andrés y los suyos llegaron cuando las fieras ya emprendían la retirada. Vieron sus sombras desaparecer entre los matorrales, huyendo por donde habían venido, ligeras y silenciosas.
El mayoral se acercó al Gurriato, que aún jadeaba, presa de la cólera y de la impotencia, y apoyó una mano sobre el hombro del pastor.
—No ha sido culpa tuya —dijo intentando templar el ánimo de su compañero.
Habían tenido suerte, aunque amarga, pues, gracias al pronto auxilio del pastor y al coraje de los mastines —cuyas heridas eran por fortuna leves—, solo tres ovejas estaban malheridas. Desgarradas, sangrando sin remedio, no sobrevivirían hasta el amanecer.
—Lo mejor será librarlas del padecimiento —murmuró el Gurriato, sacando del morral la navaja que llevaba siempre consigo.
El zagal contempló la escena con el rostro lívido, conteniendo el aliento mientras el pastor, con manos firmes, les cortaba el cuello una a una. Los balidos menguaron hasta extinguirse y la noche volvió a llenarse de silencio.
—¡Qué desdicha! —se lamentó José, rompiendo el mutismo con un suspiro.
—¿Y si fuese mal de ojo? —aventuró Liborio, el Chato, desde más atrás, santiguándose de forma mecánica.
—¿A qué te refieres? —preguntó José.
—Os advertí que no era de buen agüero partir en martes —respondió Liborio, sombrío.
—¿Ya estás otra vez con tus necedades y patrañas de vieja? —saltó irritado el Gurriato.
Andrés alzó la mano para imponer silencio.
—Ya habrá tiempo de lamentarse —dijo con gravedad—. A descansar, que mañana hemos de reparar este desaguisado.
Antes de entrar al chozo, levantó la vista al firmamento, donde el lucero del alba permanecía aún encendido, como si se negara a ceder su puesto al nuevo día.