Capítulo 13
En la actualidad
El norte, el sur, el este o el oeste no son verdades absolutas.
Son apenas una idea, una dirección prestada por la mente para no perderse del todo.
Lo que para uno es el sur, para otro puede ser el norte.
Lo que algunos llaman oriente, para otros es occidente, todo depende de dónde estés de pie y de hacia dónde estés mirando.
Nos pasamos la existencia empeñados en trazar fronteras, dibujando líneas invisibles, levantando muros, dividiendo pueblos, separando tierras, marcando diferencias.
Sin querer darnos cuenta de que esas líneas, esos márgenes y esos nombres rotundos no existen fuera de nuestra propia cabeza.
Solo es una forma de poner orden a lo que nunca lo tuvo.
Todo está a punto en el avión, pero llevan más de media hora esperando a que los pasajeros embarquen por culpa de un problema con la pasarela.
Una vez agotados los temas de conversación, Carmen se acerca al compartimento de equipajes de la tripulación, saca el libro de Julio Verne de la maleta y se sienta en una butaca de la cuarta fila.
Apenas ha tenido tiempo de abrirlo cuando por el pasillo aparece Ernesto con una sonrisa enorme en la cara.
Al contrario que para el noventa y nueve por ciento de la población, los retrasos parecen no tener efecto en su estado de ánimo.
«Debería mirárselo», piensa Carmen a la vez que le saluda y él se sienta a su lado.
Sus casi dos metros de estatura consiguen que el avión parezca aún más pequeño de lo que en realidad es. Las rodillas se encajan contra el asiento de delante mientras se desabrocha la chaqueta del uniforme y se gira hacia Carmen, que nota un agradable olor a perfume.
—¿Qué tal el concierto? —pregunta ella, recordando la última vez que se vieron.
—Una pasada. Ojalá puedas venir la próxima vez —contesta él, apoyándose en el respaldo del asiento.
Se pasa una mano por el pelo, revolviéndoselo aún más.
A Carmen le parece que no lo ha visto usar un peine en su vida.
Varios mechones negros le caen juguetones sobre la frente—.
Creo que esto es tuyo. —Le entrega a Carmen un papel amarillento.
Ella lo mira desconcertada—. He visto cómo se te caía cuando has venido al asiento.
—¡Ah! Es de mi abuela —le explica—. Lo encontré dentro de su libro.
—¡Qué curioso! Parece antiguo, ¿sabes lo que significa? —pregunta Ernesto, escrutando las letras.
Carmen sacude la cabeza.
—Podría ser una vieja factura —contesta, aunque poco convencida.
—Tiene más pinta de carta. Mira, esto parece ser una fecha… Y hay una firma aquí abajo —explica Ernesto, acariciándose la sombra de la barba que le puebla la barbilla.
—¿Te refieres a ese borrón? —se burla Carmen.
—Parece que está escrita en castellano antiguo —sostiene él, ignorando el comentario al mismo tiempo que examina con detenimiento el papel.
Carmen se queda en silencio. ¿Para qué iba a tener su abuela una carta escrita hace cientos de años dentro de un libro?
—Aunque la tinta está deteriorada, creo que se podría descifrar —insiste Ernesto, que parece interesado con el enigma—. ¿Te importa que me la quede para echarle un vistazo con más calma?
Pero ella no tiene tiempo de responder. Reciben el aviso de que los pasajeros están listos para embarcar, Ernesto se levanta, se guarda el papel en el bolsillo del pantalón, se alisa la chaqueta del uniforme y se dirige hacia la cabina. Comienza el embarque.