Capítulo 12
Pese a que el mes de junio era más caluroso de lo que esperaban, los hombres y sus animales avanzaban a buen ritmo, atravesando paisajes que se parecían a los de su tierra y que pronto se volverían áridos.
La sierra de sabinas había dejado paso a la maleza de los montes y las ovejas se tenían que contentar con la hierba seca o los zarzales, en los que era imposible encontrar algún brote.
A lo lejos se divisaba la antigua ciudad amurallada de El Burgo de Osma y el campo abierto que tendrían que atravesar para llegar a Logroño.
—¡Sooo! —gritó José a las dos mulas que iban más rápido, separándose del resto.
Se paró, dio un mordisco al trozo de pan que llevaba en el morral y bebió un trago de la bota de vino.
A su espalda, el polvo que levantaban las ovejas estaba suspendido en el aire, en una nube grisácea que envolvía sin cesar el avance de los pastores.
El mayoral, que se asomó desde lo alto de una colina, traía buena cara, así que los demás imaginaron que había encontrado un lugar para pasar la noche.
—¡Hay un chozo un poco más arriba! —informó Andrés alzando la voz para que le oyeran.
El joven Casimiro, que apenas había pegado ojo las primeras noches a la intemperie, miró agradecido al cielo. Los demás, aunque no lo hicieran notar, también se alegraban. Pese a llevar años de trashumancia a sus espaldas, nadie llegaba nunca a acostumbrarse a dormir bajo la lluvia y el frío.
Una carreta cargada de vellones de lana los adelantó en ese momento. Según las indicaciones de los lugareños con los que hablaron por última vez, el lavadero debía de encontrarse cerca.
—Mira, ahí van los dineros de los señores —dijo el Gurriato, señalando el carro repleto de madejas de lana bien enrolladas—. Y las desgracias de los pastores.
—¿Y adónde la llevan? —preguntó Casimiro mientras cerraba con fuerza los párpados de forma inconsciente, en ese gesto que le caracterizaba.
—A Burgos, y de allí a los puertos del norte, para venderla fuera del reino. Y nosotros, a cambio, ganamos un jornal que apenas alcanza para el pan. ¡Canallas! —gruñó antes de escupir con rabia al suelo.
—Tente la lengua, Gurriato —le advirtió Liborio—. Por menos he visto a más de uno acabar en la horca.
—¡Pues que vengan a por mí! Y si en el camino me llevo a unos cuantos por delante, mejor aún.
—Vamos, no le metas esas ideas en la cabeza al muchacho —intervino Andrés, que acababa de alcanzarlos—. Está aquí para aprender el oficio, no para odiarlo.
—Por eso mismo —replicó el Gurriato, sin apartar la vista de la carreta, que ya se perdía en el polvo del camino—. Que aprenda pronto lo áspera e injusta que es la vida.
—Las cosas están cambiando. Leí hace unas semanas en la Gaceta que van a elaborar una constitución…
—¡Pamplinas! —bufó el Gurriato—. No me creo nada de esos señoritos de letras. Todos están untados.
—Me inquieta más que no seamos más de cuatro los que sabemos leer y escribir en el pueblo —dijo el mayoral.
—¿Y usted cómo aprendió? —preguntó Casimiro con voz tímida, alzándose apenas entre los hombres, que le sacaban más de una cabeza.
—Quedé huérfano muy niño —respondió Andrés, con la mirada ida—.
Mi hermano mayor buscó casa donde servir, pero a mí allí no me querían, pues aún no era de gran ayuda.
Tuve la suerte de que un monje se apiadó de mí y me llevó al convento de Santo Tomé.
Él me enseñó todo lo que sé. Después se marchó a otro pueblo y no me quedó otra que echarme al campo como zagal, igual que tú ahora.
—¿Cree que podría enseñarme? —se atrevió a decir el muchacho.
—Tal vez cuando volvamos…
—¡Déjate de letras, zagal! —saltó el Gurriato, cortando el momento—. Aprende mejor a empuñar un arma, que te será de más provecho con los tiempos que corren. —Hizo ademán de disparar con los dedos hacia la cabeza del muchacho y soltó una carcajada seca.
—Anda, ven acá y ayúdame a montar el redil —le ordenó Andrés—. Avisad a José de que haremos noche aquí, traed a las ovejas y a los perros. Casimiro, ocúpate del chozo, que esta noche quisiera cenar caliente.
Los brazos más fornidos eran los del Gurriato, viejo compañero de Andrés en las largas jornada hasta tierras extremeñas. Era además un hombre recio, fiel a su palabra, curtido en fatigas y sinsabores.
Liborio, el Chato, era el más bajo del grupo.
Aunque de cabello castaño, lucía una barba rojiza y una nariz tan aplastada como su apodo.
También él hacía cada año la trashumancia con Andrés y las más de mil ovejas que cuidaban.
Tenía buena mano con el ganado y aceptó sin reparos la idea de cruzar a Francia.
«Lo único que tienen estos dos en común es que ninguno posee familia», pensó Andrés mientras los miraba trabajar, hombro con hombro, bajo la luz cada vez más tenue del atardecer.
Anochecía cuando remataron la majada. Afianzaron con recias sogas las estacas y, ayudados por los mastines, encerraron el rebaño.
A un lado, José sujetó las mulas y palpó los cascos para cerciorarse de que la jornada no los hubiera lastimado.
Descargó las provisiones, se sacudió el polvo y se encaminó al chozo.
José, al que le había sido más difícil decidirse a participar en aquella trashumancia, solo aceptó porque las malas lenguas murmuraban que se había acostado con la hija del herrero.
Aunque era bien sabido que sus ojos verdes y su labia traían alborotadas a las mozas del pueblo, él negaba el desliz, pero las amenazas del furioso herrero le obligaron a poner leguas de por medio.
Dentro del humilde chozo de piedra cubierto de paja, Casimiro se afanaba en un caldero con sopas de ajo.
El mayoral reparó en sus canillas flacas y llenas de arañazos: unos causados por zarzas y cardos del camino, otros por sus propias uñas, con las que se rascaba a causa de las pulgas que compartía con los animales.
No había sido sencillo convencer a monsieur Hilaire de que aceptara al zagal. El francés no pensaba admitir aprendiz en un viaje tan largo ni tan importante, pero Andrés sabía que aquel muchacho, pálido como la cera, no sobreviviría al invierno si no le daba oficio.
Cuando todos se cobijaron en el chozo, el mayoral salió sin decir palabra.
Caminó unos pasos entre los chaparros, se arrodilló y cavó un hoyo con las manos.
Sacó de la faja una bolsita de cuero, la ocultó bajo tierra y cubrió el hueco con tres piedras dispuestas en un triángulo invertido.
Después de eso, regresó al calor de la lumbre.
—Tenemos buena posada, es casi mejor que la venta Juanilla —resolló el Gurriato al verlo entrar.
—Dirás «tenéis» —le corrigió Andrés—, te toca hacer guardia.
—¡Mala suerte la mía, otra noche al raso!
El Gurriato se quitó la montera y la arrojó al suelo, dejando al descubierto su cráneo rapado.
Los demás rieron a coro deseándole buena suerte bajo el cielo cuajado de estrellas.
Las bromas se prolongaron hasta bien entrada la noche, sin que ninguno reparara en los ojos que, desde la negra arboleda, los acechaban con paciencia, aguardando a que el resplandor de la hoguera se extinguiera.