La sombra del mayoral Capítulo 11
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Capítulo 11

En la actualidad

El despertador suena sin piedad a las cinco y media de la mañana, Carmen lo apaga, se frota los ojos y se dirige dando tumbos hasta la ducha.

Al mismo tiempo que se prepara un café, intenta recordar cuál es su destino del día.

«¿Lisboa? No, eso fue la semana pasada. Tal vez sea Milán.

Sí, creo que hoy vamos a Italia y después a Ginebra…

A ver con quién me toca», reflexiona remojando una magdalena en la leche que contiene su taza con forma de cabeza de gato.

Se arregla y termina de preparar la maleta sin detenerse un segundo.

Si pierde el metro de las seis y media, tendrá problemas para llegar a la hora de firma.

Antes de salir, se mira en el espejo y tuerce el gesto.

Algo falla. Abre el bolso, del que cuelga el último llavero que se compró en Japón, y busca el pintalabios rojo.

«Deberían pagarme un plus por haber encontrado un color que va tan bien con el logo de la aerolínea», se dice mientras se pinta los labios.

Echa un último vistazo a su reflejo y cierra la puerta. Ahora sí, puede empezar el día.

No era Milán, sino Londres, Stansted.

Diluvia, aunque dentro de un aeropuerto, uno no se da cuenta del tiempo que hace, son una especie de burbujas espacio-temporales suspendidas en un paréntesis. Los límites del tiempo se diluyen y los allí presentes se limitan a esperar, en un mero trámite, entre el origen y el destino.

Para los viajeros, el aeropuerto es una gran sala de espera, salpicada de bancos incómodos, pasillos fríos, tiendas caras y maletas pesadas.

No es un sitio agradable, nadie se quiere quedar más de lo necesario.

La mayoría se enganchan a la pantalla de sus teléfonos hasta que una voz anuncia la puerta de embarque y entonces corren, esperan de nuevo, entran al avión y cuando por fin despegan, el aeropuerto no es ni siquiera un recuerdo.

Frente a Carmen, sentada en la sala de espera del personal de la aerolínea, los pasajeros van y vienen por las cintas transportadoras.

Los mira a través del cristal de una mampara y, desde el otro lado, ellos solo ven su propio reflejo.

Observa cómo una señora se atusa el pelo, una permanente de mechas rubias, dejándose llevar por la cinta.

Al otro extremo, dos niños intentan caminar en sentido contrario mientras sus padres se pierden entre los números de las puertas de embarque de la pantalla.

—Te he traído también un croissant.

Ernesto se sienta frente a ella en la mesa de la cafetería.

Trae una bandeja con dos cafés, un zumo de naranja y varios bollos .

Carmen le da las gracias y coge la taza, consciente de que necesita, y mucho, esa cafeína.

Vierte la mitad del sobre de azúcar y lo remueve con uno de los palos de madera.

Cuando vuelve la vista a la cinta transportadora, la señora de la permanente y los niños ya han desaparecido.

El resto de los miembros de la tripulación aún no han llegado —están fumando o en el baño—, pero no los esperan para comenzar el que ya es el segundo desayuno del día.

Con el primer mordisco a un croissant que sería delito vender en Francia, Carmen se recuerda a sí misma que debería comer más fruta.

Después prefiere echarle la culpa a Ernesto, que, según ella, siempre le hace comer por encima de sus posibilidades.

Aunque los comentarios de Carmen sobre su propio aspecto y la grasa que está acumulando solo consiguen divertirle.

Carmen no recuerda cuándo se conocieron, pudo ser en cualquier vuelo hacia cualquier ciudad, pero de eso hace ya bastante tiempo.

Ernesto es de esos tripulantes de cabina que sonríen incluso a través del altavoz del avión, que siempre responde con amabilidad a los pasajeros, ofrece galletas a los niños y nunca se olvida de despedirse.

—¿Qué tienes pensado hacer esta tarde? —pregunta Ernesto y, sin esperar respuesta, sigue hablando—: Yo voy al concierto del grupo de Marcos, a lo mejor te apetece venir —dice justo antes de terminarse el zumo de un trago.

Carmen disimula su asombro mientras le da otro mordisco al croissant.

¿Le acaba de proponer una cita? Mastica despacio, tomándose un tiempo para procesar la pregunta.

La azafata que hay en ella —esa que sonríe incluso cuando le reclaman un sándwich con malos modos a diez mil metros de altura— no sabe cómo reaccionar.

Hace tanto tiempo que no encuentra a nadie que le despierte algo de interés, que empieza a pensar que ha perdido la parte del alma que se ilusiona.

Ernesto, en cambio, parece cómodo, como si invitarla después del vuelo fuera lo más natural del mundo, pese a que es la primera vez que le propone un plan fuera del trabajo. Pero en la agenda de Carmen no entra la idea de ver a ese hombre a más de cien metros de las alas de un Boeing 747.

—Lo siento, no puedo —responde mientras inventa una excusa—. Estoy muy cansada y, con este tiempo de mierda, solo me apetece tumbarme bajo una manta en el sofá y leer.

—Claro, no te preocupes, otra vez será. Entiendo que necesites tiempo para ti. ¿Qué estás leyendo?

—Un libro de Julio Verne —dice Carmen sintiéndose estúpida.

Ernesto arquea las cejas.

—¿Y eso? Pensaba que solo te gustaba leer cómics —pregunta intrigado al mismo tiempo que se aparta un mechón de pelo negro que le cae sobre la frente.

—Es un libro de mi abuela. ¿Recuerdas que falleció? Me lo leía cuando era pequeña.

En ese instante, dos tripulantes se sientan junto a ellos, ocupando las sillas libres. Carmen respira aliviada y escucha de fondo la conversación que mantienen mientras mira a través de la cristalera, envidiando por un momento a aquellos que consiguen esconderse tras las apariencias.