La sombra del mayoral Capítulo 10
12%

Capítulo 10

La luz se colaba por los ventanales, iluminando el despacho situado en la segunda planta del palacio del marqués de Torreval.

Dos tapices que ilustraban momentos distintos de una misma cacería se elevaban para cubrir paredes opuestas.

El muro del fondo lo ocupaba una chimenea, ahora apagada, y tan grande que su interior podría albergar un caballo tumbado.

Dos hombres se encontraban en torno a una mesa de roble sobre la que se dispersaban documentos manuscritos, plumas, tinteros y varias velas.

Pese a que ambos eran de la misma edad, el marqués era mucho más corpulento que el presidente de la Mesta, la casaca se ceñía a su cuerpo y le cubría a duras penas.

Tenía la tez pálida, las manos gruesas y un mentón que se confundía con los pliegues del cuello.

Frente a él, don Maximino vestía una casaca oscura que hacía juego con el color de sus ojos, cubiertos por unas pobladas cejas.

Llevaba el pelo empolvado, recogido en una coleta y rizado en las sienes.

Era la primera vez que se veían tras acompañar al veterinario francés en busca del mayoral y de las merinas.

Una orden que, si bien el presidente de la Mesta había aceptado con resignación, el marqués no estaba dispuesto a acatar, pues su futuro dependía de ello, y salvando las apariencias, pensaba actuar sin que nadie sospechara.

—¡No lo podemos permitir! —exclamó el marqués, dando un puñetazo sobre la mesa. La peluca empolvada se ladeó ligeramente a la izquierda tras el movimiento brusco del brazo. Mientras se la colocaba, su interlocutor dejó sobre el escritorio la carta recibida desde Madrid.

Don Maximino acababa de leerla en voz alta y, con cada palabra, al marqués se le iluminaban más los ojos. En la misiva, María Faustina Téllez-Girón y Pérez de Guzmán le pedía la ayuda que no había obtenido en la corte y le otorgaba una confianza que le hacía sentir aún más influyente.

—Entiendo vuestra preocupación, así como la de doña María Faustina, pero es una orden real —alegó don Maximino, levantando los hombros y dándose por vencido.

—Que me perdone su excelentísima majestad, pero su primo Luis se está aprovechando de él. Eso lo sé yo, lo sabe usted, don Maximino, y ya lo saben hasta en Flandes.

—Es una desgracia…

—¡Lo es! Si gozamos del monopolio de la producción de la lana merina es porque no hay otra que iguale su calidad. Y es nuestra, siempre lo fue. ¡Los franceses no tienen nada que alegar! ¡Ladrones! —gritó el marqués poniéndose en pie.

Don Maximino suspiró y, con la calma que le faltaba a su compañero, extrajo del bolsillo de su casaca una cajita de rapé esmaltada. La abrió, se llevó los polvos a la nariz y estornudó de forma aparatosa.

—¿Le puedo ofrecer?

El marqués asintió, se acercó el tabaco a la nariz y estornudó varias veces antes de seguir hablando:

—¿Qué pasará con nuestra exitosa feria de Medina del Campo, a la que vienen gentes de todo el mundo? ¿Y con Burgos o Laredo, cuando no haya lana con la que comerciar?

—No se ponga en lo peor, don Anselmo. Dicen que las merinas no producirán la lana con la misma calidad en Francia que en España…

—¡No podemos arriesgarnos!

—¿Qué sugiere que hagamos? Ese veterinario francés ya tiene el rebaño reunido, al mayoral y a los pastores. No veo cómo…

—¡No creía que fuese a rendirse tan fácilmente! —interrumpió el marqués, apuntando a su compañero con el dedo índice.

—Si me lo permite, el camino será durísimo, perderán muchas ovejas y…

—¡Impediré que puedan adquirir más merinas de aquí a la frontera!

—No creo que sea menester —intervino don Maximino—. Pensad en la enorme cantidad de leguas que habrán de recorrer los animales, unidas a las inclemencias del tiempo y a las enfermedades… Estoy seguro de que no quedará ni una sola oveja.

—¿Enfermedades habéis dicho?

—Sí, señor. Ahora padecemos una epidemia de peste ovina que está diezmando los rebaños —explicó don Maximino al marqués, quien se había sentado de nuevo y lo miraba con expresión abstraída.

—Creo que se me ha ocurrido una idea —dijo tras un silencio. Tenía las manos entrelazadas sobre la mesa y una media sonrisa en el rostro que provocó un escalofrío al presidente del Concejo de la Mesta.