Capítulo 9
En la actualidad
El marido de Alicia, que le abre la puerta, se interesa por la situación de Carmen en el trabajo, pero su respuesta no da para mucha conversación, así que pronto pasan a hablar del bebé.
Alicia aparece minutos después, con un carrito en el que lleva colgado un bolso a punto de explotar, y se despide de su marido, al que se le cae la baba diciendo adiós a su retoño.
Mientras esperan en el ascensor, Alicia abraza a su amiga y asegura echarla mucho de menos. Carmen siente lo mismo, aunque echa más de menos a la Alicia de antes que a la de ahora, pero eso no se lo dice.
Incluso después del embarazo, Alicia está igual que siempre, excepto por dos ojeras que bordean unos ojos maquillados.
«Apenas he podido dormir», se queja, mirándose al espejo del ascensor.
Lleva un vestido monísimo de una marca de comercio justo, de las que no explotan a los niños en India, y unos zapatos planos.
Carmen conoció a Alicia en un vuelo a Cancún.
Eran sus primeros meses en el puesto y la avisaron para cubrir una baja de última hora.
La chica pelirroja de la enorme sonrisa llamó su atención desde lejos y, mientras se acercaba, pensó que también sería tripulante de cabina, como ella.
Sin embargo, el uniforme no dejaba ninguna duda: aquella mujer tan joven era una recién titulada comandante.
Alicia Sánchez le presentó al resto de la tripulación y le preguntó, nada más llegar, si era su primera vez en el Caribe.
Cuando el avión aterrizó, llevaban más de doce horas trabajando y tenían menos de dieciocho para descubrir playas paradisiacas, visitar ruinas de antiguas civilizaciones y salir de fiesta.
Sin embargo, Carmen se quedó dormida nada más pisar la habitación del hotel.
Al despertar, tenía un mensaje de la compañía: por causas técnicas, el aparato no podía volver a volar hasta dentro de diez horas.
Cinco minutos más tarde, Alicia llamó a la puerta de su habitación, con un cóctel en cada mano y un «bienvenida a Cancún, guapa».
Carmen la siguió hasta una playa de aguas color turquesa y arena blanca sobre la cual habían construido un chiringuito de madera que atraía a locales y turistas.
Bebieron, rieron, comieron y bailaron hasta que sus piernas dijeron basta y sus ojos se cerraron observando el amanecer, sobre el vaivén de una hamaca.
Varias horas después, un tipo despertó a Carmen, preocupado por si su amiga necesitaba ayuda.
Alicia vomitaba a pocos metros de distancia, sobre la impoluta arena de la playa, a los pies de una palmera.
Con la ayuda del señor, pidieron un taxi hasta el hotel donde solo tuvieron tiempo de recoger sus maletas y de correr detrás del resto de la tripulación, que se pasaron todo el vuelo echándoles miradas reprobatorias.
Carmen, que pensó que iba a desmayarse varias veces en pleno vuelo y que tuvo que encerrarse en el baño otras tantas, nunca ha vuelto a llegar tan tarde a un aeropuerto ni a tener tanta resaca.
De vuelta a Madrid, intercambiaron los números de teléfono y desde entonces se han visto más en la tierra que en el aire.
Aunque con Alicia siempre hay que tener la cabeza un poco en las nubes, porque para ella cualquier día es perfecto para tomar una piña colada bajo una palmera, no importa si tus pies están a miles de kilómetros de distancia de la arena del Caribe.