Capítulo 8
Un gran número de curiosos rodeaba a los pastores y a sus pertenencias, que estaban repartidas sobre catorce mulas de carga. Los tres mastines se movían inquietos alrededor del redil en el que aguardaban más de trescientas ovejas y casi cincuenta carneros.
La noche anterior, el mayoral y los cuatro pastores habían llegado a Villacastín para ultimar los preparativos. Desde allí, empezarían caminando por la cañada real soriana en dirección a Francia.
—Monsieur Hilaire, todo está dispuesto —informó Andrés, acercándose al veterinario mientras se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.
François Hilaire sacó un reloj de cadena del bolsillo de su casaca y consultó la hora.
—Excelente. Tal y como se había concertado; sois tan cumplido en vuestro oficio como me dijeron.
Andrés asintió complacido mientras su interlocutor le tendía el saquito de cuero que llevaba en una mano.
—Aquí tenéis el dinero que os hará falta para el viaje, en reales y en libras para Francia.
El mayoral se lo guardó de forma inmediata en el morral, el bolso de cuero que llevaban siempre los pastores.
—También necesitaréis esto —añadió Hilaire, ofreciéndole la bolsa de tela que sostenía en la otra mano.
Andrés la abrió y extrajo el contenido de su interior. Se trataba de una pluma, un tintero y un cuadernillo con cubiertas de cuero.
—Os he anotado mi dirección, además de las postas y las ventas a las que podéis acudir en caso de necesidad.
Son de fiar y quedan cerca de la cañada o a pocas leguas de ella.
—Andrés observó la lista que se encontraba en la primera página mientras el veterinario continuaba la explicación—.
No olvidéis escribirme una vez al mes, podéis contratar un correo en cualquiera de las ventas.
Como sabéis, regresaré a París en pocas semanas.
Era temprano, pero los todavía tímidos rayos del sol anunciaban una jornada de junio calurosa.
El veterinario se quitó la casaca, quedándose en mangas de camisa, y siguió al mayoral, que se dirigía a grandes zancadas hacia el redil.
Los dos eran hombres altos y sus cabezas sobresalían por encima de los allí presentes.
Los cuatro pastores, que esperaban atentos a la llamada del mayoral, inclinaron la cabeza al ver llegar al veterinario.
—Señores, os deseo buen viaje —declaró el francés, de forma solemne, al acercarse a ellos.
—¡Esperen! —se escuchó a lo lejos, y entre la multitud apareció un hombre con el rostro colorado, vestido con sotana y alzacuello—. ¡No se vayan todavía! —gritó mientras se aproximaba con un recipiente de plata y un hisopo.
—¿Y a ese quién le dio vela en este entierro? —susurró uno de los pastores, haciendo reír a los demás.
—Soy el párroco de Villacastín —acertó a explicar el hombre, con la voz entrecortada. Los kilos de más se apelmazaban bajo la sotana, subiendo y bajando de forma frenética al ritmo de su respiración.
François Hilaire se presentó de forma educada y agradeció su presencia mientras el cura se recomponía.
—En el nombre del Señor, sed bien hallados. Sabe Dios que mi intención era llegar antes, pero, ya ven, uno se entretiene aquí y allá… Era menester venir a bendecir un viaje tan señalado como este, para que cuente con la protección del Altísimo.
Los hombres formaron un corro en torno al cura, que rezó tres padrenuestros mientras esparcía gotas de agua bendita.
Los pastores, al igual que los curiosos que tenían detrás, movían los labios con la cabeza inclinada.
El murmullo, semejante al del zumbido de una colmena, se prolongó durante algunos minutos.
Una vez terminadas las oraciones, el veterinario agradeció de nuevo al cura su presencia y se alejó charlando de forma animada con él.
Andrés alzó la voz para indicar a sus cuatro acompañantes que se pusieran en marcha, al mismo tiempo que los mastines, al barruntar la inmediata partida, ladraban dando saltos de alegría.
José fue el primero en partir, movilizando a las mulas cargadas de provisiones, que se abrieron paso entre la gente. Liborio, al que llamaban el Chato, abrió el redil, del que fueron saliendo las agitadas ovejas.
Pedro el Gurriato se situó al frente de la comitiva junto con los carneros conductores, detrás de los cuales seguía el rebaño. Era un pastor experimentado, de brazos fuertes y vigorosos, que desde joven tapaba su calvicie con la montera.
Mientras tanto, Casimiro, el zagal, iba de un lado a otro con el cayado, ayudando a poner en la buena dirección al rebaño.
Tenía la piel clara y el rostro plagado de pecas.
De vez en cuando, de forma inconsciente, cerraba los ojos y apretaba tan fuerte los párpados que se convertían en una fina línea en su rostro.
Varios niños corrían al lado de la comitiva riendo y jugando, las mujeres se asomaban a los balcones o a los portones de sus casas para verlos pasar. Unos y otros los saludaban mientras los pastores respondían alzando el brazo.
El mayoral, tras comprobar que todo estaba en orden, se puso a la cabeza de la marcha.
Al salir del pueblo, los pastores bromeaban unos con otros, recordando a las mozas que les habían sonreído con descaro.
Andrés los dejó divertirse, consciente de que la crudeza del camino apagaría pronto aquellas sonrisas.