La sombra del mayoral Capítulo 7
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Capítulo 7

En la actualidad

«Maldito dolor de cabeza», piensa Carmen mientras se esfuerza en evitar que la maleta de ruedas haga más ruido al deslizarse sobre la acera y provoque la explosión de alguna parte de su cerebro.

Accede al portal del edificio sin prestar atención al coche negro que hay aparcado a pocos metros de su puerta.

Deseando no encontrarse a ningún vecino, sube al ascensor para bajarse en el quinto, abre la puerta de la izquierda y accede a su nuevo apartamento.

La persiana de la habitación sigue bajada y no se molesta en levantarla.

Se quita el uniforme y se mete en la ducha, sin fijarse en el reflejo que le devuelve el espejo.

Después del baño, Carmen se dirige a la cocina, abre la nevera y saca un yogur de vainilla que lleva tres días caducado.

En cuanto termina de comer, se mete en la cama y, antes de apagar la luz de la mesilla, activa la alarma a las dos de la tarde.

Diez segundos después, ya está dormida, cubierta hasta las cejas por una fina sábana de color blanco y motivos japoneses. Son las siete de la mañana.

El sonido atronador del móvil la despierta de un extraño sueño en el que un gato hace malabares con ovillos de colores y del que, dos segundos después de abrir los ojos, ya no se acuerda.

Consigue atrapar el teléfono después de varios manotazos al aire y comprueba que no es la alarma, sino una llamada.

Intenta leer el nombre que aparece en pantalla, pero no lo consigue, es como si sus párpados estuvieran pegados con superglue. Finalmente, pulsa el botón verde y respira con alivio al dejar de escuchar la chirriante melodía.

Es Alicia.

Carmen contesta con una especie de gruñido incompresible.

—¡No me digas que estabas durmiendo! ¡Cuánto lo siento!

—exclama una voz cantarina al otro lado del teléfono—.

¿No llegaste ayer? ¡Ah, claro! Ahora caigo, que hoy es miércoles y no jueves, por eso en la farmacia todavía no habían traído la leche bío del peque.

No sé en qué día vivo… Ya sabes, estoy en otro mundo, de verdad que lo siento.

—No importa, ya me iba a levantar —logra decir Carmen tras aclararse la garganta, esperando que al menos sean las doce.

—Te quería proponer un paseo esta tarde por el Retiro. Hace mucho que no nos vemos y con este tiempo tan estupendo apetece salir. Si quieres, sobre las cinco, cuando el peque se despierte de la siesta.

Y todo esto lo suelta casi sin respirar.

—Vale —asiente Carmen, con el mismo entusiasmo que cuando le piden que haga la declaración de la renta.

—¡Genial! ¡Qué bien! Luego nos vemos, vente a casa y vamos juntas. ¿Vale?

Y cuelga, dejando en el aire lo que Carmen interpreta como el sonido de su «irritante vida perfecta».

Al levantarse de la cama y dirigirse al baño, se tropieza con la maleta, que sigue en medio de la habitación, tal cual la dejó unas horas antes.

Solo consigue abrir los ojos tras lavarse la cara varias veces con el grifo de agua fría abierto al estilo cataratas del Niágara.

Ahora sí, se fija en el espejo, que le devuelve la imagen de un rostro pálido, de ojos claros hinchados y pelo oscuro enmarañado.

«Al menos, ya no me duele la cabeza», piensa al comprobar, en su reloj de pulsera, que solo son las once menos veinte de la mañana.

El sol entra de lleno en el salón, con una luz blanca y cálida que la reconforta.

Se acerca a la ventana, cierra los ojos y se deja acariciar por los rayos de esa estrella que está a más de ciento cincuenta millones de kilómetros de la Tierra, pero que a veces se siente más próxima que algunas personas.

Solo al abrir los ojos se da cuenta del desorden que reina en aquel salón minimalista.

Las cajas se amontonan, aún sin abrir y apiladas de cualquier forma, desde hace varias semanas.

Se acerca al sofá y coloca los tres cojines alineados, escondiendo varias prendas de ropa y una bolsa de tela debajo de uno de ellos.

Satisfecha, se da media vuelta y se acerca a la minicadena, un viejo aparato heredado de los anteriores inquilinos y al que de vez en cuando le da por meter algún CD olvidado.

Esta vez enciende la radio y suena una canción de moda, que no consigue reconocer.

Ajusta el volumen para escucharla de fondo mientras se dirige de nuevo a su habitación.

Abre la maleta y, como siempre, deja en su interior lo que necesitará dentro de dos días: bolsa de aseo, ordenador, cargadores, enchufes…

Saca la ropa sucia para cargar una lavadora y se pregunta cuánto tiempo llevará una de esas camisas guardada, que parece tener muchos más pliegues que sus compañeras, pero quién dijo que llevar uniforme fuera algo fácil.

Antes de desaparecer, echa un último vistazo a su compañera de viaje, parece que un barman la hubiera agitado tipo coctelera.

«Si el caos dirige al universo, mi equipaje es solo una minúscula parte más», se dice mientras se encoje de hombros.

Pone la lavadora en marcha, vuelve al salón y se tumba en el sofá; aún le quedan seis horas hasta su cita con Alicia.

Observa las cajas que la rodean y siente una punzada de remordimiento, tan diminuta que está a punto de desaparecer, pero esta vez, y sin que sirva de precedente, Carmen decide hacerle caso.

Le aconsejaron escribir con rotulador grueso el contenido de cada paquete antes de la mudanza, pero a ella le pareció una pérdida de tiempo, pues, de todas formas, tendría que vaciarlos todos.

Escoge uno, abre las solapas y aparece una chaqueta vaquera que deposita de un tirón en el suelo.

Sus ojos regresan al interior de la caja y entonces lo ve: el libro que se llevó a escondidas y que con el jaleo de la mudanza había olvidado.

Lo abre y se lo acerca a la nariz, intentando recuperar el olor de la casa de su abuela en otros tiempos, pero ningún recuerdo viene a su mente. Lo lleva hasta la habitación y contempla las cinco cajas repletas de cómics y mangas que piden ver la luz.

«¿Le hacéis un hueco a Julio Verne?». La respuesta queda en el aire. Imaginando la negativa de Naruto, se gira sobre sí misma y tira el libro dentro de la maleta. Tal vez en su próximo viaje haga una visita al centro de la Tierra.